100. La Piedad. Pepe Dámaso

A LA PIEDAD DEL PINTOR ANTONIO PADRÓN.

Pepe Dámaso

Para Chano López.

Doble piedad sin llanto del que expira cuando el final que llega 

mientras aquel que mira absorto y en silencio 

contempla y recompone el gesto que diseña el dolor de cielo negro, 

entre azul y ocre, apenas esbozado en la superficie dolorida del lienzo. 

¿Qué color, qué desgarro, qué oscura pincelada?

¿Qué grito expandido perfora la sombra? 

¿Qué temblor rompe el marco acumulando el misterio y la ternura? 

Riega el sudor de lo no roto la palidez que brotara un día 

dibujada en su rostro entristecido. 

¿Impotencia quizás de no poder dar fin a aquello que sucumbe

al llegar la muerte de improviso? 

¿Es acaso esa luz fría la que perdura entre colores? 

¿Qué expresión racial nos habla compuestos para no nacer aún 

y reflejarse en el espejo inútil, en el vacío de lo allí pintado?

Con nuestra mirada distanciada soportamos ese final terrible

de saber que la imagen material y dolorida

apenas es carne del hijo que han dejado de ser solos en la tela.

Solos ante el marco imposible que dibuja y perfila

una cruz ausente y presentida que se pierde en el blanco, 

en el pie que aguarda su andadura, 

que se difumina en la huella transparente de futuro. 

Estremecidos, apreciamos aquello que nos queda, 

lo que trasciende de la vida inacabada de lo bello.

99. Retrato de Juana. Rosi Cruz

RETRATO DE JUANA

Rosi Cruz

            Ahora la recuerdo. Su figura erguida cruzaba la plaza. De negro, encadenando lutos. En sus manos una talega. La vi salir de la echadora de cartas. Quizás quería saber si llovería y sus campos darían frutos, si sus hijos crecerían sanos, ahora que solo la tenían a ella.

            Por unos segundos nos habíamos cruzado las miradas. Seguía siendo guapa, a pesar de la huella que tantos años de trabajo y sufrimiento habían dejado en su rostro. Quiso saludar con una sonrisa pero se había quedado en el intento, quizás no recordaba cómo hacerlo. Yo sonreí y agité la mano a modo de saludo. Sus ojos, tristes, grandes, se me clavaron en el alma. Se ajustó el pañuelo bajo el sombrero y siguió su camino, con paso decidido. La seguí con la mirada, hasta que se perdió entre las calles estrechas, barridas por el viento.

            Hay tantas Juanas en estos pueblos, niñas Juanas cuidando las cabras de acá para allá, jóvenes Juanas cuidando de los hermanos pequeños y de la casa, madres Juanas estirando el poco dinero que entraba en casa para poner un plato de comida en la mesa. Pero eso fue hace tiempo…

            Hoy la he vuelto a ver, su cabello cano recogido en un moño, sin pañuelo ni sombrero. Sin luto, blusa y pantalón discreto. Charlaba en la terraza de una cafetería de la plaza, con otras mujeres. Risas y miradas de complicidad entre ellas. Una niña se acerca, la llama abuela, la abraza, le dice algo al oído, ella coge unas monedas del bolso y se las da a la vez que sonríe dándole un beso. La niña corre al puesto de helados. Ella la mira sonriente; en ese momento nuestras miradas se han cruzado, sonrío y esta vez sí me devuelve la sonrisa. Sus ojos, grandes, con algunas arrugas alrededor, han perdido el halo de tristeza, en su lugar brilla una chispa de alegría y esperanza.

98. Cena de brujas. Cristi Cruz Reyes

CENA DE BRUJAS

Cristi Cruz Reyes

            Entran en el reservado del pequeño y humilde restaurante de pueblo y una de ellas se apresura a cerrar las cortinas a pesar de que ya ha oscurecido y el mar y el cielo se han convertido en un uniforme telón de fondo de color azul marino tirando a negro. Desde el primer momento la camarera ha reparado en el curioso aspecto de las comensales. Son seis. Todas tienen un rostro anguloso, los ojos muy grandes y unos labios carnosos pintados de color rojo intenso. No podría decir que son guapas, pero sí que despiden cierto atractivo misterioso e intimidante. Y sobre todo, advierte el enorme parecido de las seis mujeres. 

La chica ha sentido una ligera incomodidad en los brazos y en la nuca mientras les recita los platos del día. La que se encuentra a su lado le dice que todas tomarán lo mismo: jareas con mojo y papas. Por el rabillo del ojo, la camarera percibe que una de las mujeres saca un jarrón de plástico de su bolso y deposita un ramo de hortensias azules en el centro de la mesa como si preparase el atrezo de una reunión peculiar. Toma nota mental de la sencilla comanda y, cuando está a punto de retirarse, la mujer que parece llevar la voz cantante le pide que no las molesten más de lo imprescindible.

            La camarera reparte los platos, coloca los cubiertos y distribuye servilletas y vasos a un ritmo exasperante porque necesita tiempo para observarlas. Mientras, las seis mujeres permanecen en silencio, erguidas y con la vista al frente. Cuatro de ellas mantienen los brazos en el regazo, una ha apoyado tímidamente una mano sobre la mesa y la que lleva la voz cantante coloca los codos sobre el mantel y junta las manos. Como si se dispusiera a rezar o a dar un discurso. Completada la tarea, la chica sabe que tendrá la próxima oportunidad de observación cuando les sirva las jareas.

            Desde la cocina, muy cercana al reservado, aguza el oído para intentar descifrar las palabras que apenas son susurros. La conversación desprende un sonido como el que producen las hojas mecidas por un viento suave…  y nada más.

            Llega el ansiado momento de servir la comida y respira hondo. A esas alturas de la cena ya ha empezado a sudar un poco y la inquietud de los brazos amenaza la estabilidad de los platos. Coge aire y entra. Entonces se da cuenta de algo curioso: ninguna lleva el pelo totalmente suelto. Dos de ellas lo sujetan con diademas de tela de colores tierra, otra, la que parece ser la jefa, lleva un pañuelo azul anudado en la parte posterior de la cabeza, otras dos lucen bonitos turbantes negros, y la última, se sujeta la melena con unas grandes pinzas de clip blancas. No puede detenerse más. El silencio de las comensales comienza a pesarle en todo el cuerpo, así que decide que el examen del atuendo habrá que dejarlo para el momento en que abandonen el local. 

            Durante casi una hora y dando gracias por la escasez de clientes, se coloca en su mirador oculto, junto a la puerta de la cocina. Se concentra, cierra los ojos, aguza los oídos de nuevo hasta que el murmullo se convierte en un sonido atronador que solo ella escucha  y solo a ella incomoda.

            Pagan la cuenta sin decir una palabra. Salen a la calle y, desde un rincón en penumbra del restaurante, la joven camarera registra los colores de unos vestidos vaporosos que les dan un toque fantasmagórico. Caminan con decisión, como si en aquel extraño encuentro hubiesen acordado llevar a cabo una importante misión. Son cuerpos envueltos en tejidos sedosos del color de la lava, de la tierra de los montes isleños, de la espuma del mar enfurecido, del azul hermoso del mismo mar en sus días de sosiego. Negros, marrones, blancos y azules que flotan en el aire hasta que desaparecen en la oscuridad de la noche, no sin antes despojarse de todos los adornos de la cabeza y liberar unas melenas negras, brillantes, poderosas.

            La camarera entra en el reservado para limpiar la mesa. Han dejado allí las flores. Las va a conservar hasta que se marchiten como recuerdo de una congregación inusual. Entonces se agacha para recoger un papel que se ha caído debajo de una de las sillas. Está doblado en dos. Lo despliega. Es una foto de un cuadro con una leyenda: Cena de brujas, 1962. A. Padrón.     

Lo guarda con mimo en el bolsillo de su delantal y se dispone a esperar. Sabe que tarde o temprano ocurrirá algo que nadie sabrá explicar y que se añadirá a las muchas historias de brujas de su tierra isleña.

97. Pintura. Carmelo González (Izan)

Pintura

LAS MUSAS, MI PLUMA Y YO

Carmelo González (Izan)

            En este momento, observo con detenimiento una pintura catalogada como abstracta del artista canario Antonio Padrón. Advierto en ella una pluma deteriorada, tinta derramada, folios arrugados sobre el escritorio, una regla medio torcida y un tintero ansioso de regalar su contenido. Y mira por dónde, las musas aprovechan mi lapsus mental para atacar mi caja de las letras indicándome que está vacía y algo tendré que hacer para que tenga contenido.

            —Es el momento de ponerse en marcha —me dicen las musas.

            —Ustedes están locas —les contesto.

            —Hace mucho tiempo que no escribes, Izan, y no te lo perdonamos. ¡¡¡Anda, anímate!!! Tienes delante de ti un maravilloso cuadro, no desperdicies esta oportunidad.

            La pluma, que oyó lo que decían las tres musas, automáticamente reaccionó diciendo:

            —Ni me mires, estoy muy enfadada contigo. Hace mucho que me tienes abandonada, no tienes excusa. Sabes lo que me gusta disfrutar de la escritura, y aquí estoy totalmente deteriorada.

            —Discúlpame por haberte abandonado durante este período —respondo conciliador.

            Entretanto, saco el tintero de una gaveta, lo destapo y me dispongo a cargar de tinta la pluma, no sin antes tomarla entre mis manos y darle todos los mimos que ella se merece. Una vez limpia, le inyecto la tinta en el receptáculo apropiado para ello. Las musas, mientras, cuchichean entre sí dándole ánimo a la pluma.

            —Es probable que ya esté cargada —digo entre dientes. Aunque no estoy completamente seguro, pues no logro ver el líquido azul en el depósito. Me entristezco, pero las musas me jalean para que siga adelante.

            —Cuidado, no me asfixies —protesta la pluma.

            —Debo confesarte algo; en este momento, desconozco el oxígeno que debo insuflarte para que recuperes tu alegría por la escritura y compartamos tantos momentos buenos como antaño. Creo que no se ha cargado. ¡¡¡Ufff!!! Es muy duro este instante, pero estoy convencido de que conseguiré hacerte revivir. Parece que está cargando —digo en voz alta.

            —¿Por qué lo sabes? —susurró la pluma.

            —¿Qué porqué lo sé? —le contesto. Porque acabas de soltar un chorro de tinta con la sacudida que te he dado. ¿Acaso no te fías de mí? —pregunto.

            —No —me contesta aún enfurruñada.

            Las musas la increpan pidiéndole paciencia.

            —Haz la prueba —me dice una de ellas.

            Me dispongo a realizar la prueba sobre un folio. Se emborrona, lo arrugo y lo dejo sobre la mesa. Así una y otra vez hasta que mi antes abandonada Mont Blanc comienza a deslizarse sobre el papel como una patinadora sobre la pista de hielo. Me mira y me sonríe. Las musas aplauden su danza académica.

            —Siento mucho esta situación —le confieso.

            —Ten presente que las musas me están presionando y no entienden como hemos estado tanto tiempo divorciados. Ellas desean que manifieste todo lo que me susurran, incluido lo que provoca la visión de un gran artista canario a través de su pintura.

            Observo mi mesa, se parece al cuadro.

96. Retrato de Carmen. Mª del Carmen Barreto

RETRATO DE CARMEN

María del Carmen Barreto Pacheco

            Aquí me tienen, posando para dejarle el cuadro a mi madre,  para que tenga un recuerdo mío. Me voy porque un pretendiente allende los mares se casa conmigo por poderes.

            Estoy triste porque mi padre ha muerto hace poco y no me gusta dejar a mi madre sola con mis hermanos. Pero, ¡somos tantos! Así seré una boca menos que alimentar. Ya les mandaré mis buenos cuartos desde Venezuela. Él me lo ha prometido.

            No es una huida. Pero sí una liberación. Mi futuro marido me ha prometido que no coseré más para gente extraña. Que seré una señora y tendré sirvienta que limpie y haga de comer para ambos. Solo tendré que darle hijos sanos y fuertes y portarme con fundamento. ¿Acaso sé portarme de otra manera? Siempre guardando las formas, prudente ante el qué dirán.

            Lo conozco desde que era niño, a mis padres le gustaba Ginés, era un chico muy trabajador. Tanto labraba la tierra como cuidaba el ganado, como  escribía  o leía cartas a los vecinos. Iba a misa todos los domingos y rezaba el rosario con su madre y los míos. ¿Seguirá creyendo en la Virgen y todos los santos? Tenía sueños. Quería ser su propio jefe. Montar una empresa de comestibles para que nunca les faltara de nada a los suyos. Creo que eso lo ha conseguido. Ha tardado muchos años y me echa de menos. Por eso se casa conmigo.

            ¿Me gustará Venezuela? ¿Cómo será el viaje? ¿Me esperará en el muelle? ¿Y si no viene?

 ¿Cumplirá con lo acordado?¿Seguirá siendo el hombre del que me enamoré? La distancia asilvestra a los hombres. Me crea la dicotomía de la flor: me querrá, no me querrá. ¿Me dará hijos o no? ¿Me colmará de parabienes o me hará una desgraciada apaleada? Conozco casos de mentira, de infidelidades, de ruina camuflada. No sé que pensar.

            Y mientras mi cerebro no para de cuestionarme, el pintor dice: —sube la cabeza, aprieta el mentón, mírame.

            Aquí estoy yo, posando y pensando. ¡Ayúdame Dios mío!

95. Autorretrato. Niria Suárez

ANTONIO PADRÓN Y LA ESTÉTICA DEL COLOR

Niria Suárez Arroyo

            La virtualidad nos alcanza, llegando a conmover como estar in situ. Trasmisión fluida  en tanto que enlaza belleza y percepción, el binomio de la estética; esa facultad sensible que nos moviliza sensorial y espiritualmente. Aunque el ser humano las lleva implícitas, el don de la trasmisión que trasciende le ha sido dado al artista, al que hace del arte un espejo que nos mira hacia adentro; el vector que relaja el semblante adusto. No todos logramos llegar al otro estimulando sensibilidades. En el caso de Antonio Padrón, no solo es el color, es una especie de atracción movilizada que remite a narrativas poéticas, a barruntos de memorias, a casa antigua, a naturaleza vivida. Anatomías deformadas en los bordes pero intactas en los rasgos; ese detalle, al menos a quien suscribe estas líneas, le obligó a detenerse y tratar de ir más allá, al origen de la imagen, al fondo narrativo, sin que el principio de unidad se rompa. Cuando la mirada virtual de paso a la vivencial, lo disfrutaremos como Dios manda. 

En Hollywood/FL, agosto 2020.

94. Campesina. Beatriz Morales Fernández.

ELLAS

Beatriz Morales Fernández

Ellas, figuras vivas 

de la tradición y del recuerdo tierno,

fijan sus ojos fríos

en la memoria colectiva.

Madres de una patria ausente,

amamantando el campo

con sus manos magulladas

tras acariciar el hambre

que se esconde bajo la mesa. 

Abuelas de mitos,

costumbres y evocaciones. 

Con las rodillas llenas de caricias

de las ramas que el viento roba

se igualan a la altura del niño 

que protegen con un beso.

Las luces de las casas viejas

iluminan el camino 

a nuevos mundos 

que pintamos con la añoranza. 

Mugen, maúllan, ladran

con la sonoridad de la palabra

en la mirada eterna

que Antonio volcó 

en el lienzo. 

Retenemos su rastro

en las montañas 

de las perspectivas 

donde coincidimos en sinergia

con la mano creadora 

y la vista adánica del receptor. 

Ellas nos miran, 

nos seguirán mirando

en la historia del margen,

en los recuerdos que contamos,

en la identidad que configura el arte

de las huellas de la atlanticidad

del alma que nos une 

hacia la misma dirección:

espacios de tierra interior,

sangre coagulada en pintura,

pasión pincelada en la mirada. 

Todo en uno: 

tu cuerpo vertido en la historia. 

93. Autorretrato. Antonio Cerpa

UN DÍA SIN OTRO DÍA

Antonio Cerpa Pérez

            Como todo lo que aprendemos en la vida (a fin de cuentas, es todo), uno ha de saberse deudor y agradecido de las fuentes en que ha bebido y que le han dado el saber, sea este poco o mucho, bueno o malo. Se celebra el centenario del nacimiento de Antonio Padrón, uno de los mayores artistas del panorama isleño desde que por estos lares se pinta algo. Y es este pintor, junto a Felo Monzón y Santiago Santana, una de mis mayores fuentes de conocimiento e inspiración en eso que se ha venido a llamar, desde que desembarco por estas orillas, como movimiento indigenista o costumbrista (sírvanse ustedes mismos la definición al gusto de sal).

            He pintado muchos cuadros, bajo la batuta de la influencia de su indigenismo geométrico mezclada con el peso de sus inmortales compañeros (Felo y Santiago).

                                                         
            ¡Gracias tocayo, gracias por tu generosidad, por todo lo que me diste!, y que esta celebración de tu centenario sirva para poner el punto sobre tu “i”, la “i” de inmortal, de los más grandes… una pena no poder echarnos una cerveza y hablar de pintura… Visítame, por favor, en mis sueños, será una agradable conversación.

Te sobrevino una muerte

¡tan inesperada!

¡tan traidora!

Te halló pintando La Piedad

que para contigo nadie tenía,

inacabada obra como tu propia vida.

Grito desgarrador de agonía,

mortal silencio que te hizo compañía.

Ya no pintarás ni llorona

ni brujas ni campesinas.

Flotan tus sufrimientos de amor

como letanía,

capaces de pausar un corazón

que en otros tiempos

rebosaba de alegría.

Olores y colores de tu existencia

plasmados en el alma mía.

La tristeza del trazo

eleva tus cometas en la lejanía.

Tus cuadros y pinceles

sin limpiar

quedan para recordar

que puede haber un día… sin otro día.

92. Paisaje con aulagas. Patricia Rojas

ADIOSES TRIANGULADOS

Patricia Rojas de Leunda

Mujer gaviota,

despídelo con el recelo

anudado al pañuelo,

los dedos danzantes

y la boca sellada de arena.

Mujer estrella,

agita la pluma

de la buena ventura

para que el mar se le haga dulce.

Mujer coral,

espéralo entre ramitas de aulagas

y el borde del vestido

calado de ventiscas.

Mujer partida

por un rayo verde y triangulado;

mitad recuerdos

mitad naufragios.

91. Mujer con jaula. Luis Fernado Fernández

MUJER CON JAULA

Fernando Fernández Fuertes

            La señorita Águeda parecía no tener edad. Siempre la recordaba igual. Alta, delgada, de tez morena, vestida de negro y callada. En realidad, más que callada ululaba como una lechuza, siempre en susurros. Todo lo decía con los ojos, dos carbones encendidos que te seguían por donde fueras y su aspereza te hacía mermar y escapar en silencio de su presencia.

            Su casa era oscura y fresca, y olía a galletas y jabón de lavanda, y a café, que siempre estaba dispuesto para invitar. En cualquier rincón siempre había un suspiro ahogado, una queja, una historia que nunca se terminaba de contar. Y la jaula, siempre presente en una esquina del salón, la jaula.

            Vivía en una casa cerca de la iglesia de Santiago con su madre Minga, en una casa esquinera con una galería acristalada de color rojo inglés. Su padre se había dedicado a las plataneras y había muerto, y la historia de su muerte cambiaba según el día en que lo contaba Minga, pero Águeda era una niña alegre, demasiado alta y delgada, pero una pollita casadera en pocos años. Era amiga de mi hermana Lola, y por ella sabíamos de su vida. Yo la veía en los veranos de mis vacaciones y después de año en año cuando volvía del Servicio Militar o de haber vivido en Madrid. Y hubo un momento en que me pareció que dejó de envejecer. Mi hermana Lola me contó su historia. 

            Después de la Guerra Civil apareció por Gáldar un asturiano, Ismael el zurdo. Alto, de ojos verdes, de pelo liso y arrubiado, siempre muy limpio y con la camisa arremangada, casi siempre llevaba una brizna de yerba entre los dientes; jugaba con ella y sonreía torciendo la boca a la izquierda y frunciendo las cejas juntándolas en medio de la frente. Alquiló un local de Minga por donde el barranco y allí montó una carpintería. Tenía mano para la madera. Empezó a hablar con Águeda cuando iba a pagar las 4 pesetas del alquiler. Decía mi hermana Lola que Águeda sonreía más aquellos días. A ella le gustaba que le hablara como a una mujer y no como a una niña, que olía a madera de pino y a trementina que usaba para quitar los barnices viejos, y que siempre sonreía.

            Aunque a Minga no le gustaba, porque a Minga no le gustaba nadie que no fuera de los hijos de los señores que frecuentaban el Casino, a Águeda le brillaban los ojos y el alma cuando veía por la plaza a Ismael. Él le contó que era de Mieres, que había vivido la Revolución de Asturias en octubre del 34 porque creía en la Comuna Obrera, pero que cuando terminó todo tuvo que escapar lejos, y que llegó allí, a Canarias, y que la conoció a ella.

            Le hablaba de cosas que ella no entendía bien, del poder de la clase trabajadora, de la igualdad social y de mujeres iguales a los hombres, de Clara Campoamor y de Federica Montseny. A Águeda estas ideas le daban a la vez miedo y curiosidad, y le gustaba escucharle, y se le fue metiendo un veneno dentro de ella de leer más, de saber más, de ser más.

            Un dia le regaló un canario amarillo con una jaula que había hecho con palos de pino de su carpintería. Cantaba con cada rayo de luz y era la alegría de la casa. La jaula siempre estaba limpia, con agua fresca, alpiste y una hoja de lechuga para que a Crispín, que así llamó al canario, no le faltase de nada. Y Crispín respondía con mil trinos de sol a sol, alegrando la casa y el corazón de Águeda.

            Pero Ismael el zurdo era un hombre que no buscaba conflictos, peor no los rehuía, y alguna gente del pueblo se enfrentaba a él por su pasado que le había perseguido desde Asturias. Tres veces destrozaron la carpintería y una vez le dieron una paliza que casi le matan dejándole sin poder moverse en unas plataneras camino de El Agujero. Le dejaron inútil la mano izquierda, se la aplastaron con una piedra, y de paso le dejaron inútil la vida. Ismael ya no fue nunca el mismo, y Águeda tampoco.

            Lola dice que un día Ismael se fue; en Semana Santa del 49 se embarcó en Las Palmas en un velero, La Elvira, que junto a otros 100 emigraban ilegales a Venezuela. Tuvo que pagar 4000 pesetas, que era la dote de Águeda, pero ella sabía que si Ismael se quedaba no tendría boda y si se iba, tampoco. Águeda pasó mucho tiempo sin saber de Ismael hasta que recibió una carta, le contaba que casi les apresa la guardia civil al salir del Puerto de La Luz, que tuvieron que hacer un motín a bordo para evitar que el capitán, que no paraba de fumar, volviera a puerto, y que pasaron mucha hambre, y que tras más de un mes de sol, sed, hambre y pesadillas, llegaron a tierra de Venezuela, y lo primero que comieron fue una fruta que olía a trementina, como las tardes entre ellos, que los de allí llamaban mangos. Eso fue lo que Águeda le contó a Lola y Lola a nosotros.

            Desde entonces, Águeda sigue igual. Alta, delgada, de tez morena, vestida de negro y callada, con los ojos negros, aunque mas apagados, pero sin envejecer. Sin que la edad pase por ella. Como una joven viuda.

Y con la jaula del canario en la esquina del salón, siempre con su agua fresca, su alpiste y su hoja de lechuga, y el canario amarillo muerto y seco en el suelo de la jaula.