101. Paisaje. Emilio González Déniz

CUCAÑAS: EL SUR DE ANTONIO PADRÓN

Emilio González Déniz

Aliados

(Poema precapitular de la novela Tiritaña)

Azufre y sol aliados

con el agua evadida

con el surco que aguanta la caña

ya podrida

de otros años.

Los ojos escondidos

en la pamela sucia

miran de vez en cuando

al niño

en la cucaña.

                                               Tira de platanera,

lazo al tallo que sube,

mano agreste

                                   que corta

el fruto

que enrojece.

            Este poema pertenece a mi libro Mariposas imposibles, inspirado en el cuadro de Antonio Padrón Niña de las mariposas, que fue el motor de mi primera participación en Escritos a Padrón y que luego lo sería también de mi único poemario, por ahora. Es decir, Padrón ha tenido mucho que ver con mi literatura, aunque es verdad que a veces de ida y vuelta, porque el poema con que abro este trabajo es muy anterior a que yo conociera el cuadro Cucañas, que es el que  ahora me ocupa.

            Hace medio siglo, atravesar las llanuras del sur era perderse en un paisaje entre inhóspito y acogedor, porque la desnudez de los pedregales se mezclaba con las cucañas formadas por los manojos de cañas que luego sostendrían a los tomateros, pero que también servían de refugio sobre todo a los niños que jugueteaban bajo el sol sin piedad mientras sus padres clavaban horcones y sus madres ataban los tallos con tiras de platanera a las latadas, auténticas obras de arte que el campesinado improvisaba para separar los tomateros del suelo y hacerlos crecer hacia el aire y la abundancia.

            Padrón es un hombre del Noroeste, tierra de plataneras, frutales y cultivos tradicionales. Los tomateros pertenecen a uno de los tantos monocultivos de explotación que tal vez se ideaba a muchas millas hacia el norte, pero que eran la vida del Sur de la isla de Gran Canaria, cuando la única referencia era la altivez del Faro de Maspalomas.

            Antonio Padrón fue un pintor muy especial. Su apego a la tierra fue elevado a arte sublime, de la sencillez hizo una obra única y poco dada a comparaciones. Fue un hombre de platanares, pero sin duda quedó grabada en su mente la imagen del sur de la isla, cuyo emblema de entonces era la cucaña como anuncio de las plantaciones de tomateros.

            Y ese ambiente sureño quise reflejarlo en mi novela El Baile de San Pascual, cuyo nombre viene de una vieja tradición que también ya se perdió:

            “…Nadie lo hubiera dicho aquel diecisiete de mayo, día de San Pascual Bailón. La costumbre mandaba que se parase el baile para que se invirtieran los papeles. Obligadas por una tradición secular, las mujeres sacarían a bailar a los hombres durante el tiempo que tardara en consumirse una vela desde su comienzo hasta la señal de un lazo azul de raso que Lucrecia Toledo había atado a la blanca esperma…” 

            Ese es el Sur que yo veo en el cuadro Cucañas. Un Antonio Padrón que lleva su arte fuera de las ensoñaciones de su espacio físico habitual.

            No es este uno de los cuadros que se consideran representativos en la obra de Padrón, que se mueve entre el paisaje, los oficios y el interior de sus personajes que se me antojan más profundos que el trazo especial que él quiso darles. Esa geometría característica del pintor endurece los rostros, que dejan de ser meros campesinos o cotidianas mujeres en sus tareas para representar otras vertientes del ser humano y de las preguntas que nunca encuentran respuesta. 

            Para el pintor sí que había una respuesta, siempre la misma: la vida. Me refiero a la vida no en el sentido de impulso hacia adelante, ese vitalismo que no suele tener explicación. En la obra de Padrón, la vida es obligatoria porque es la única certeza de sus personajes. “Esto es la vida y tu deber es vivirla porque no sabes ni cuánto va a durar ni qué habrá después”, parece decir a sus figuras con sus trazos recios innegociables.

            Cucañas, tiene todos esos trazos. No hay figuras humanas, pero se adivinan en su obra, esas cucañas que esperar el sol de mediodía para convertirse en refugios, para guardar el porrón del agua, para dejar que duerma a la sombra el niño del poema del principio. Todo está ahí, incluso ese cordón umbilical con la naturaleza, que parece desaparecida en la aridez del secano. Está esa unión representada por dos cabras que rumian entre el campo de cucañas y los cardones que los turistas llaman cactus. 

            La verdad es que El mundo de Antonio Padrón es inabarcable, distinto, casi diría que único y difícilmente etiquetable, aunque le hayan puesto todas las etiquetas. Se podría decir que cumplía una misión, y por eso le importaba tan poco la difusión de su obra, su cometido era hacerla, ya vendrían después quienes la mostraran. Y vinieron, sobre todo un hombre, César Ubierna, que es tan profundo como Antonio Padrón y sale a la calle embozado en un sentido del humor especial, también distinto y único. Creo que había que destacar su labor, porque gracias a él la Casa-Museo del pintor es un organismo vivo, que nunca deja de hacer brotar ideas y creatividad. Los escritos a Padrón son solo una leve muestra de todo ese ingente trabajo. 

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