118. Paisaje con aulaga. Inma Flores

SUEÑOS ESMERALDAS

Inma Flores

            En el noroeste de Tamarán, las olas rompen junto a la orilla, a modo de espuma de mar. El frescor de la tarde llega arropando a las gaviotas que surcan el cielo sobre este trozo de tierra azabache, donde sus pies están prisioneros desde que su amor desapareció. 

 —Vuelven las gaviotas, vuelven las aves, pero tú no vuelves. Quizás nunca te fuiste y estás al otro lado de ese intenso mar añil donde los corales, en forma de estrella, alegran la existencia. Mi vista no alcanza a verte ni mi oído a escucharte. Te pienso y me piensas. Te sueño y me sueñas. He de volver a ti, has de sentir de nuevo este latido que te aguarda, enamorado. No importa qué día es hoy, si es el alba o los cielos se escurecen, estaré aquí, presente, esperándote, eternamente — piensa la joven que aguarda a su amado—.

De repente, a lo lejos, se dibuja un rayo verde. Es como la luz de un faro inexistente, y dentro de ese haz aguamarina aparece una gaviota que ella siente enamorada. 

—Ahora ya son un número par surcando los cielos, y yo aquí, tan sola…— piensa la muchacha.

Fue tan intenso su dolor, fue tan intenso su deseo por volver a abrazar al amor de su vida, que al segundo siguiente el brillo verde del que hablan en el pueblo la atrapó en sus entrañas y la hizo desaparecer. 

Junto a las rocas de ese bravo mar del norte encontraron un pañuelo teñido de jade, con diminutas motas que recuerdan unas lágrimas que nunca fueron libres.

Cuenta la leyenda que algunos pescadores  han visto, a lo lejos,  a la joven junto a su amado, bebiendo el dulce almíbar del drago del amor, en lo que ellos  llaman  San Bordón, la isla mágica donde todo puede suceder.

© agosto de 2020

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