127. Quesera. Eusebio Marrero

QUESERA

Eusebio Marrero

Juana se levantó a las cinco, al primer toque del despertador y empezó a preparar el almuerzo de Manolo, su marido. Para ello, puso en una fiambrera los trozos de costilla que habían quedado de la cena. Las acompaño con dos papas guisadas y un trozo de piña, lo rego con un poco de mojo de cilantro y la cerró bien, no se fuese a derramar. Partió un trozo de queso que envolvió  con un paño y un pan que había quedado del día anterior. Con todo esto, cerró el bolso en el instante en el que Manolo terminaba de desayunar su taza de leche con gofio, con el tiempo justo de darle un beso, coger el bolso y salir al punto en el que lo recogía el camión para llevarlo a la obra a trabajar.

Una vez que Juana se quedó sola, desayunó su taza de leche con café y se puso su ropa de trabajo. Lo primero fue poner un poco de millo a las gallinas, luego fue al corral de las cabras, sus niñas como ella las llama. Les abrió la puerta y las guío a la huerta de abajo, la hierba estaba más frondosa y “las niñas” se encargarían de limpiarla. Regresó a la casa, hoy tenía que ir a lavar la ropa de cama, iría a los lavaderos en la finca de al lado. Esto le llevó casi toda la mañana, por lo que regresó con el tiempo justo de poner al fuego un caldero con unas verduras; dos bubangos, cuatro papas, unos dientes de ajo, un trozo de calabaza que le quedaba y se iba a estropear, dos zanahorias y las dos hojas de col que había cogido en la mañana cuando sacó las cabras del corral.

Salió y fue a recoger las cabras, las entró al corral y les dio un puñadito de millo. Se fue a almorzar, se le había pasado la hora y se había olvidado. Tomó un trozo de queso con pan y luego se preparó un café, colado que es el mejor. Ya era casi a media tarde, cogió la garrafa y el caldero de ordeñar y fue a los corrales. Empezó a ordeñar la cabra gris, es la más arisca y cuando la ordeñan levanta la pata y hay que estar atentos porque vuelca el caldero y derrama la leche. Con sumo cuidado Juana les fue acariciando las tetas a las cabras quienes le dieron su leche. 

Ya en casa preparó lo necesario para hacer el queso; puso un paño dentro del caldero sobresaliendo por los bordes con el propósito de colar la leche, le añadió una uñita de cuajo y la dejó reposar. Mientras, se calentó una taza de café del que le había sobrado antes y se sentó un ratito a descansar en el patio.

Cuando la leche empezó a cuajar, Juana preparó la quesera y ajustó el aro. Puso un trozo de leche dentro y lo empezó a apretar como con todo el cariño del mundo. Por las ranuras de la quesera empezó a salir el suero líquido y, poco a poco, el queso fue tomando forma dentro del aro, parecía ir saliendo del cariño con que Juana presionaba la leche. Al mismo tiempo, su mente volvió a los quince años cuando su Manolo le dio el primer beso detrás de la valla del cercado y, no pudo evitar sonreír.

Una vez terminado, le puso un poco de sal gorda, lo tapó con un paño y lo dejó en reposo. En ese instante Manolo entraba por la puerta, regresaba de su trabajo, muy cansado pero contento, Le dio un beso a Juana y se fue a la ducha. Ella aprovechó y empezó a pelar las papas  para la tortilla de la cena.

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