112. Niña con vela. María de la Luz

MAGIA

María de la Luz

            Carmencita con sus dos manos entrelazadas alrededor de su pequeña vela,  entraba detrás de su abuela, sombras grandes y pequeñas, escurridizas y quietas se dejaban atrapar por su inocente y curiosa mirada. Entre los olores que afloraban en el ambiente, el que más le gustaba era el aroma a hierba buena porque se imponía en todo el lugar arropándolas con un agradable frescor. Apenas entraban al sitio su abuela se ponía a trabajar y ella permanecía atenta, quieta e inalterable, se dejaba abrazar por una gama de tonos que pasando del ocre al naranja y que decorando las paredes le daban un matiz a la oscuridad, sus grandes ojos marrones buscaban por doquier, quería encontrar alguna señal que le indicara que lo que ella pensaba de aquel lugar era verdad, y mientras esperaba encontrar la magia que tanto anhelaba su imaginación volaba. Su abuela barría, ordenaba, arrancaba los matojos, y canturreaba aquella retahíla de palabras inconexas incompresibles para ella. Mientras transcurrían esos primeros momentos en la cueva, la luz que sostenía entre sus pequeñas manos se desbordaba en alocados movimientos, se le antojaba a la curiosa niña que la candela adquiría vida propia y en un frenesí de sacudidas se agrandaba, se achicaba, enrojecía,  palidecía y hasta se volvía transparente, pero nunca se apagaba y esto ocurría incluso en los instantes en que el  viento entraba soplando con fuerza haciendo bailar sus pendientes de caracol y la llama de la vela.

            Carmencita siempre regaba la hierba buena sin esperar a que la mandase su abuela, y mientras lo hacía no perdía ni un solo movimiento de la anciana e imitándola, la niña, también canturreaba esa retahíla de palabras inconexas que no entendía. Lo tenía claro, cuando fuera grande quería ser como su abuela. 

            En una oportunidad la cueva se llenó de mariposillas transparentes y Carmencita con una enorme sonrisa recibió aquel acontecimiento como una señal indicativa de lo que tanto anhelaba descubrir en aquel lugar.

            Cuando se cansaba de estar de pie, se acostaba sobre una terraza lateral que formada por una alargada y ancha piedra liza le permitía tenderse cómodamente, admiraba el tono brillante del mineral del que estaba hecha aquella roca y cerrando los ojos se dejaba absorber por unos instantes por los vivos tonos azulados que predominaban en ese rincón de la cueva, entonces, su abuela aprovechaba ese momento para chispearle gotas de agua sobre la cara, contarle historias de su infancia, y sentarse a merendar con ella frescas ciruelas o crujientes almendras. En aquellos momentos Carmencita experimentaba el inmenso amor que su abuela sentía por ella y una profunda paz.

            Buscando señales, la niña imaginaba que más tarde o más temprano aquella cueva se llenaría de flores, volverían las mariposas y las paredes cambiarían de color.

            Los años pasaron y su vida tomó otros rumbos, pero nunca olvidó el lugar que le enseñó siendo una cría, a sentir paz, misterio y soledad.  

            Cada vez que regresaba a la cueva no solo agradecía los hermosos momentos vividos allí en su niñez, sino que también encendía una vela para recordar a su abuela, y sonreía porque las señales estaban allí, intactas permanecían en el aroma a hierba buena, en las sombras petrificadas en las paredes, en los ecos del sonido del viento y del revoloteo de las mariposas, y en el crepitar de una llama fuerte, firme, grande y casi rojiza que no la apagaba ningún viento.

            Siempre se repetía así misma las palabras dichas por su abuela:

Todo lo que se ama nunca perece, en eso consiste la magia. 

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