117. Niños con trompos. Mar Zeraus

EL TROMPO

Mar Zeraus

Jaime tenía un único plan, aquel fin de semana jugaría al trompo. Quería superar sus logros, convertirse en el campeón de su colegio haciendo piruetas con aquel brillante artilugio que su abuela le había regalado. Cómo le gustaba escuchar en silencio el aleteo de su juguete mientras giraba sobre su punta. Era maravilloso. 

De repente su hermano pequeño entró en la habitación, le dio una patada y lo estrelló contra la pared. El trompo se rompió. Jaime sintió cómo el calor subía por sus mejillas. Como en los dibujos animados cuando les sale el humo por las orejas, Jaime expulsó toda su rabia contra aquel enano de un metro quince que se reía de su fechoría sin ninguna mala idea. Justo cuando descargaba su ira, llegó su madre llevándose al pequeño a la ducha: 

—¡Salvado por la campana! —cantó el hermanito. 

Tras la ducha, el pequeñín, con cara de no haber roto ningún plato, se acercó a darle las buenas noches. Jaime lo abrazó, susurrándole al oído que aún le quedaba la cuerda del trompo.

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