121. Niñas de las mariposas. Pedro de la Rosa

LA NIÑA DE LAS MARIPOSAS

Pedro de la Rosa Rodríguez

            Lo aprendió de niña. Embelesada como estaba en los colores vivos y en los aleteos casi imitables, quizás prestó atención a medias. La lección de vida venía detrás. Siempre viene detrás. Como el mercurio a la rodilla. Como las castañas al frío. Como el llanto a la despedida.

            ¿Qué podía hacer si solo era una niña que anhelaba el vuelo de las mariposas? Tendría que crecer para conocer el valor de la enseñanza. Aunque su madre la aleccionara bien, la sabiduría es reacia a dejarse coger de primeras, como las mariposas, hay que perseguirlas hasta saber cuándo parar y dejar que lleguen hasta a ti.

            Hasta ese momento, se curaría los raspones y machucones en la rodilla cada vez que se cayera. Se quemaría los dedos con las castañas asadas para poder pelarlas antes de que se enfriaran. Lloraría la pérdida, la desolación del adiós, el lamento por el abrazo que no se entregaría o el beso que no se daría. Así se aprende. Antes, ahora y siempre. De toda la vida. Aunque las intenciones de una madre siempre sean buenas. Aunque enseguida esté limpiando tu herida, pelándote la primera castaña, la más caliente, y aunque te susurre al oído con ternura  que llegará quien no te haga daño.

            Al menos aprendió el gesto que le enseñó su madre. Adoptar una postura serena. Alzar las manos, juntar los pulgares como imitando sus alas desplegadas y esperar sin hacer movimiento. El ansia hizo que la segunda parte de la lección, la más valiosa, quedara arrinconada en la memoria. Esa que empezaba por… Las mariposas no se cazan, la belleza o el amor no es un trofeo…

            “¿Y si no quiero que se vayan, Mamá?” Solo pudo cerciorar maravillada, cómo a su madre le funcionaba la técnica, fuera con las mariposas, la buena suerte o con Papá, que regresaba como topo asustado en busca de su madriguera, cuando ya había dado el portazo definitivo.

            Y ella, aún siendo niña, practicaba en el amplio jardín. Ensayando su autocontrol. Ojos cerrados, con las palmas de las manos en alto, quieta, entrelazando dedos, paciencia y deseos. Consiguiendo en varias ocasiones ser pista de baile para sus mariposas. 

            Irremediablemente cuando creció y le conoció, quedó igual de embobada, al considerarle tan grácil, tan hermoso e inalcanzable. Cuando ya no supo qué más hacer para conquistarle, para atraparle en el mariposario de su corazón, usó el mismo truco, antes, después y cree que incluso durante, hacían el amor. Levantando y juntando sus manos y las de él, conectando cuerpos y almas.

            Por eso, no pudo entender que un día se fuera. Sin portazo, sin madriguera perdida, con un aleteo calmado como despedida.

            Volvieron las heridas malcuradas, el ardor que insensibiliza los sentidos, el sabor a castaña rancia, las lágrimas que vienen detrás.

            Llegan entonces, en los momentos de mayor dolor, las lecciones inacabadas, las frases de su madre previniéndola, con la segunda parte que en su niñez desatendió: “Las mariposas no se cazan, la belleza o el amor no es un trofeo. Déjalas ir y ambas serán inmensamente felices si regresan. Son libres, como tú; sé libre para volar y volver si has equivocado el rumbo. Sé tú la mariposa”.

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