131. Paisaje urbano. Mª Alejandra Domínguez

TURRONERA LAURITA MEDEROS

María Alejandra Domínguez

            Era una ciudad de por sí piadosa, que se moría a las tres de la tarde con la siesta. Ya nadie se atrevía a salir y menos cuando el padre Pascual había sugerido en la misa que la población debía permanecer en sus casas. “El horno no estaba para bollos”, así que en Gáldar todos los buenos cristianos debían tomar en cuenta lo que las autoridades habían dispuesto: tapiar ventanas, echar cerrojos, y vivir puertas adentro lo más posible. Todo hasta que pasara la llamada gripe, influenza o trancazo de 1919 que había llegado a las islas por la culpa de algunos marineros provenientes de Cádiz. 

            Esto era una verdadera desgracia, pensó Laurita Mederos, la turronera. ¿Qué había hecho ella para merecer tanto encierro? ¿El castigo divino no le vendría a la ciudad por haber importado a aquella cubana que se había presentado en el Teatro Municipal con su baile profano? No le parecía justo. Además, ella no tenía otro sustento para su madre enferma que vender sus turrones de almendra. ¿Ahora quién le compraría sus dulces si la gente tenía miedo de salir a la calle? El único movimiento constante era el de la ambulancia negra, ese carro que era como un zopilote con ruedas, recogiendo restos humanos.

Al principio, para los ricos había sido tentador abandonar la ciudad y migrar hacia la península, pero las noticias del periódico local les advirtieron: se decía que había tantos infectados en Madrid que el gobernador tuvo que poner pabellones Docker en los hospitales para recibir a los enfermos. 

Laurita se identificaba con los pobres que lo habían perdido todo; Doña Carmen, su madre, de 60 años, ya parecía aulaga: en los huesos y con las margaritas del patio que ella se encargaba todos los días de colocar en su plateada corona. Su situación era crítica: se había casi agotado el maíz y los tomates del huerto estaban secos. 

Entró a la habitación soleada: de la ventana caía un rayo brillantísimo que iluminaba la pañoleta blanca que cubría las canas. A su madre, como a ella, les gustaba acomodarse esa prenda de manera triangular, así eran distinguidas por su oficio. Se ubicaban en la Plaza de Santiago con sus cajones de madera para vender sus productos, con su impecable delantal de algodón fino.  Presintió que su madre se consumía en un misterio de melancolía. Le pidió un favor: —Hijita, ve donde los Padrón; dile a Doña Josefa que te acepte una de las dos gallinas por dos racimos de plátanos. A ellos les sobran y yo estoy de un hambre que no me cabe en el cuerpo. —Pero madre —brincó Laurita— dos racimos no equivalen a la gallina. Además, la mujer de Padrón es muy elegante. No aceptará ese animal flaco. —Puede ser mi último antojo, Laura. A estas alturas ya no aguanto las piernas, los calambres me matan. Hazlo por tu madre. Quizá no alcance el invierno. Laurita se quedó muy pensativa: definitivamente, el trueque que le proponía su madre no era conveniente. 

Se metió a la cocina y bajó las ollas de barro que habían permanecido limpias durante meses. Puso los escasos ingredientes que le sobraban sobre la mesa larga. Pasó toda la mañana conjurando la alquimia de sus antepasados; preparó agua rezada, puso en el caldero el azúcar con el cremor tártaro, añadió las claras y posteriormente las almendras y matalahúvas, así como la ralladura de limón y la canela. Finalmente, el pan bizcochado para darles forma. Como último paso, los envolvió en celofán amarillo. Los puso en la canasta y salió para la casa de Doña Josefa de Padrón. 

Al llegar al domicilio, tocó la campana. No acudió a la puerta alguna moza como era la costumbre de las familias acomodadas, sino que fue la propia Josefa quien la hizo pasar y sentarse en la salita del recibidor. Le sorprendió verla en estado de gravidez, pues hacía tiempo que no sabía de su vida. Se veía divina, con el cabello más brillante y los ojos iluminados. Le explicó el motivo de su visita. Doña Josefa la veía con gesto bondadoso mientras se sobaba el vientre abultado de cuatro meses. —¿Sabes, Laurita? Este niño es un primor. No me ha dado ningún problema. Adivino su rostro, va a ser un hermoso varón como su papá; auguro para él un futuro maravilloso. No sabes cuánto antojo tenía desde hacía meses de tus deliciosos turrones, pero me parecía una imprudencia ir a buscarte. Si no vendes, ¿de qué has vivido todo este tiempo, mujer? Laurita se quedó callada; le daba mucha vergüenza explicarle a Josefa las estrecheces de su vida. —Nos ajustamos mi madre y yo, señora. —Nada de eso, dijo Josefa. Aquí lo que sobra es comida. Afortunadamente, tenemos pan en la mesa todos los días. Hagamos trato: yo te doy las almendras y los ingredientes y tú me preparas los turrones. Pasa a la bodega por los plátanos, no faltaba más y lleva también jareas, pan y millo para tu madre. 

Laurita salió de aquella casa de grandes balcones donde abundaba la comida y el amor. En su canasta llevaba los dones que le había dado Doña Josefa. Atravesó el pueblo hasta alcanzar su casa. Entró y en la penumbra de la tarde descubrió a su madre yacente en la cama. Trató de despertarla para compartir su felicidad, pero ya no la escuchaba. En esos momentos, Carmen soñaba con el platanar: era una niña de nuevo corriendo en medio de ese campo dorado, aspirando el olor delicioso de la tierra nueva. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *