134. Alfarera. Javier Jiménez

LOCERAS

El viaje iniciático

Javier Jiménez

El niño acunó con sus breves manos al delicado pajarillo y acercando tímidamente sus labios lo hizo sonar, emitiendo un trino similar al del canario que tenían a la entrada del zaguán. Un éxtasis extraño que solo una inocencia así puede alcanzar, invadió aquel pequeño y grácil cuerpo. 

La minúscula ave siempre tan  hierática, súbitamente desplegó sus alas y tras un breve titubeo alzó el vuelo ante la mirada atónita y cándida del infante, que se debatía entre sus ansias de atraparle y el deseo de admirar la belleza de su vuelo perfecto. Sin embargo, algo le susurró que la dejase, que  simplemente la siguiera.

Revoloteando en un ascenso que describía lentas espirales sobre la arboleda del patio, cruzaron la villa señorial, reparando en la visión de cada una de las azoteas que, desde lo alto y a modo de policromado tapiz, constituían el mosaico de aquella vida pobre y sencilla, cuya única divisa era espiritual.

Cruzaron la fértil Vega deleitándose en la belleza de los campos de cultivo. Era notable el ahínco de aquella gente trabajadora, que desde tiempos inmemoriales regaban la tierra con su sudor para ganar el preciado fruto de la generosa madre nutricia. Sus rostros morenos, con la piel llena de surcos, reflejaban los siglos de penurias y sometimiento que llevaban sufriendo los de su clase. No obstante, la armonía y sincronicidad del humano y su entorno, en una adecuada proporción fondo/figura, se apreciaban desde las alturas con inusitada nitidez y de un plumazo se esfumaban todos los afanes y aflicciones. Era el milagro que operaba el cambio de perspectiva y el motivo de que los seres alados disfruten de una visión de conjunto que nos está vetada a los que vivimos a ras del suelo.

Sin avisar, con un vertiginoso giro y aprovechando el empuje de los alisios, el ave enfiló barranco arriba en la abrupta geografía insular, hasta la cordillera que marcaba la divisoria entre las tierras bajas y altas del municipio. La lluvia pertinaz de incontables siglos había tallado en la redonda isla innumerables barrancos que, desde la cumbre hasta el mar, dibujaban una simetría radial de abismos y montañas, de hondonadas y promontorios que brindaban diferente estampa según la posición del astro rey. Todo el espectro cromático que haría las delicias de un pintor, se hallaba allí.

En menos que canta un gallo y cuando más disfrutaba de la cenital contemplación, fue a aterrizar con el ave sobre el roso de una cueva, encaramada en lo alto de la montaña, que le proporcionaba una vista panorámica de todo el poblado. 

El pequeño Antonio no daba crédito a lo que veían sus voraces ojos, en un desconocido y prodigioso efecto de zoom que jamás hubiera podido concebir.  “Qué clase de mundo era aquel, tan en las antípodas de la pequeña, ordenada y rectilínea vida abajo en el pueblo”, debió preguntarse.

Su retina no tardó en acomodarse a aquella exaltadora visión de líneas sinuosas, de pétreo estallido de formas, que los lugareños habían conseguido mínimamente domesticar  abriendo pequeños agujeros aquí y allá, arrebatando a golpe de picounos escasos metros a la escarpada montaña. Exangües cadenas de tierra donde arrancar un pedazo de pan al risco. 

Se quedó perplejo meditando sobre aquella suerte de milagro, o tal vez, de imperiosa necesidad, que llevó a estas personas a vivir donde únicamente podrían habitar guirres, cuervos y aguilillas. 

Y pensar que unos kilómetros más abajo; para un puñado de privilegiados entre los que se contaba, la vida discurría plácida y confortable por anchas calles adoquinadas, mientras aquí arriba se aferraban a una existencia funambulista al borde del precipicio.

El olor a humo de los alfares  cautivó de inmediato su atención, saturando su cavidad nasal con evocadores recuerdos de algún remoto pasado, de origen desconocido.  Hombres, mujeres y niños subían y bajaban como hormigas aquella montaña con cabeza de Titán, conocida por los lugareños como el Cabezo. Era este sin duda un mundo antediluviano, más propio de la Gigantomaquia que alguna vez  devoró con fruición en sus vespertinas lecturas de verano, tumbado en la arena de la playa.Pequeños hilillos de humo se divisaban por doquier, exhalados al cielo azul desde las oquedades, cual fumarolas de un volcán apenas dormido.

“Pero, qué querrá mostrarme este pájaro”, pensaba, pues tenía la intuición de una motivación más profunda que justificara tan insólito viaje. La finalidad de aquella odisea permanecía aún oculta a su entendimiento.

Le pareció cosa singular que el ocio y el trabajo  fueran uno y lo mismo, sorprendido de ver aquellos seres agradecidos con sus pesadas cargas, recitando décimas y repitiendo ancestrales tonadillas, cuyo origen se perdía en la noche de los tiempos. Un grupo de mujeres, de diferentes edades, cargaban grandes haces de leña, mientras otras amasaban con garbo insistente y parsimonioso el adánico elemento que anchas espaldas transportaban desde la cumbre.  El barro era extraído una y otra vez de la materia gris de la cabeza del gigante, y era creencia común entre el paisanaje que entre más sacaban más había. Tal era la naturaleza dadivosa de la montaña.

Por su parte los niños se apresuraban a acarrear el agua desde la fuente con una alegría esencial, propia de esa edad que no ha enajenado el juego del trabajo.

Sin sombra de duda, y como si de una repentina revelación se tratase, entendió que estaba ante un pueblo de demiurgos. Demiurgos que por supuesto no sabían que lo eran y nunca lo sospecharon, pues es cosa habitual entre los creadores esa cierta distancia, ese inocente desapego respecto a su creación. 

De cueva en cueva y con atávico gesto, sabias manos modelaban la sustancia informe, que se transformaba en preciosos objetos, destinados a servir a las múltiples necesidades humanas de la isla toda. Llegado el momento crucial de la guisá, todos se arremolinaban en torno al horno comunal, mientras el guisandero introducía las piezas, con exquisita delicadeza en el interior de la caverna crepitante.  Aquel acto sencillo y puro, se le antojaba una especie de epifanía, revelándole el mismísimo principio alquímico de la Creación. En aquella suerte de clarividencia que le ofrendaba su mirada de pájaro, el universo entero se le mostró como un inconmensurable horno, donde el noble acto primigenio se había estado repitiendo por toda la eternidad, dando lugar a las infinitas creaciones. 

En un instante sospechó que aquella mujer con aire de esfinge, aquella maga que daba forma a la masa para luego someterla al poder calorífico del útero ígneo, también había engendrado al pájaro que sus padres le habían regalado años atrás, y que ahora le guiaba en el fabuloso viaje iniciático hacia parajes ignotos. Y así lo corroboró cuando, entre el montón de loza y de brasas incandescentes, pudo entrever otros pájaros, que serían a su vez el juguete de otros niños. Una imagen inquietante acudió como un resplandor a su mente: él mismo, aquel chiquillo curioso que aún no vestía de largo, no era sino otra figura más en el laberinto intemporal de metáforas diez mil veces repetidas. 

De repente todo cobró sentido, un velo se rasgó y quedó estupefacto, pues desfilaban ante su vista la miríada de seres que durante años había imaginado. Era su imago mundi particular, con la que siempre se representó en su cabecita aquella sociedad isleña. Y comprendió que todas esas personas ajetreadas y hacendosas, que tan familiares le resultaban, eran a la postre los personajes de sus cuadros. 

Pero entre todas las visiones que agitadamente se proyectaban, había una que persistía más vívida, imponiéndose en el torrente de instantáneas que de forma febril se sucedían en su “pantalla” interior. Ese recuerdo de la mujer silenciosa sentada en la cueva, absorta en su trabajo, no podía quitárselo de encima. Estaba como embelesado con su dulce gesto maternal, dando vida a la criatura con el intenso rojo de un almagre casi bermellón. No había rastro de artificio, ninguna actitud impostada en ella. Solo absoluta entrega y devoción hacia su trabajo. Ese jeito con que habilitaba cuidadosamente la obra se le quedó grabado a fuego. 

Antonio cerró fuertemente los ojos para que no se esfumara la profética quimera y sin más demora, despidiéndose  de su alado amigo, dirigió lentamente sus pasos hacia el taller. 

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