137. Maternidad canaria. Pino Rosa Suárez

MATERNIDAD CANARIA 

REFLEXIÓN DE MADRE

Pino Rosa

Fui joven, hermosa, con una lozanía típica de mis dieciocho años, con los ojos llenos de luz y alegría. Mi piel era tersa, repleta de vida, mis senos turgentes, desafiantes…estaba preparada para dar y recibir mucho amor. 

Cuando te concebí en mis entrañas hijo mío, me sentí la mujer más dichosa de la tierra, yo iba a dar una nueva vida… ¡qué bella realidad! 

Mi cuerpo se fue deformando con el paso de los meses, tenía los pies hinchados, debido a la inflamación de las varices, pero era inmensamente feliz; te hablaba, te cantaba dulces nanas y te acunaba meciéndote en mi vientre. 

Y llegaste un día al amanecer, sí, naciste con la bella aurora, anunciando la llegada del astro rey. Fue hermoso. Te vi tan indefenso, tan pequeñito…tu llanto me sacó del letargo en el que me había sumido, ¡cuánta felicidad! 

Los años fueron pasando muy rápido, los días se me hacían muy cortos, casi no tenía tiempo para mirarme en el espejo y observar cómo se iba deteriorando mi imagen. Mi piel ya no era tersa, se formaron muchas estrías en ella como consecuencia de tu crecimiento cuando estabas dentro de mí. Mis ojos ya no brillaban, su brillo se fue apagando de tantas noches sin dormir, pendiente de tus desvelos y de tu llanto. Mis senos ya no eran turgentes, ahora estaban flácidos, y es que mi niño extraía de ellos el calostro desde el primer momento, luego te amamanté durante algún tiempo y así hasta un total de seis hijos. 

Mi deterioro físico aumentaba con el paso de los años, pero mi amor de madre crecía con la llegada de cada uno de mis niños. 

Cada embarazo me estriaba más la piel, apagaba más la luz de mis ojos, se escurrían más mis pechos…pero mi alegría era mayor, mi amor de madre aumentaba por mis hijos. Sus alegrías eran mis alegrías, sus tristezas eran mi gran pena. 

Ahora, echando la vista atrás, me doy cuenta de que soy vieja y cada vez me siento más inútil, me duele todo el cuerpo…pero ¿sabes lo que más me duele? el corazón, este corazón que sigue latiendo lleno de amor de madre, a veces ignorado, otras, marginado, pero quiero que sepas una cosa hijo mío: el amor de una madre no muere jamás. 

Desde la soledad de mi pequeña habitación, en donde me paso las horas tejiendo mi labor, pienso en mis hijos, en sus trabajos, en el poco tiempo que disponen para venir a verme y entonces, me embarga la nostalgia y espero con ilusión el regreso de sus hijos, que son mis nietos, mis niños pequeños, ellos llenan de luz y alegría mi pequeño cuartito con sus risas contagiosas…y yo me vuelvo a sentir la madre más feliz del mundo. 

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