140. El estudio. Luis Alberto Serrano

ROBO EN EL MUSEO

Luis Alberto Serrano

            Candy, ya llevaba cinco misiones secretas para el World Bank of Confidential Information WBCI y estaba creciendo mucho su reputación en la organización. Pero cada vez pensaba más que le habían arrancado de los placeres de tener una vida intrascendente. Eso conllevaba sacrificios como el de no pasar más tiempo con Ricardo, que no paraba de crecer y hacer preguntas. Tras finalizar el último de los encargos, en el que tuvieron que convencer “por la fuerza”, a un magnate del petróleo a construir escuelas para los hijos de sus sirvientes, pidió que le dejaran disfrutar de su hijo durante dos meses seguidos. Justo los que él niño no tendría que ir al “college” privado en el que le había inscrito la propia organización.

            Por ser la justa reivindicación, le fue concedida la petición. Lo primero que hizo fue buscar un lugar en el mundo donde poder estar tranquila, sin agobios y gozando de lo que más le importaba en este mundo: su hijo. Puso en Google una frase a buscar: “paraíso en la tierra” para ver que lugares paradisiacos le sugería al azar. No tardo ni un minuto en saltarle el wasap. Era un mensaje de su jefe “secreto”, el señor de negro, que simplemente ponía: “Islas Canarias”. Sabía que la organización controlaba todos sus movimientos, pero siempre le alucinaba la eficacia que tenían. Por un lado, pensó en ir a un sitio donde ellos no supieran encontrarla. Aunque lo desechó, porque la encontrarían. Así que, decidió hacer caso y que, por si pasaba alguna desgracia, la tuvieran localizada.

            Ricardo estaba encantado del viaje y todos los días buscaba en el mapa de la isla de Gran Canaria, lugares que visitar. Se le notó ilusionado en el avión de saber que pasaría un tiempo con su madre. Los dos solos. Habían elegido un hotel rural en la zona del Valle de Agaete. Naturaleza, piscina, y sitios que visitar. La sugerencia del señor de negro no podría haber sido más acertada. Pasaron unos días visitando enclaves paradisiacos de la isla y algunos centros de arte en la capital. El niño, que destacaba en dibujo en el colegio, le pidió a la madre ir a un museo que estaba a pocos minutos en coche desde el hotel. Allí se encaminaron un martes, después de comer, por quinto día consecutivo, las papas arrugás que tanto le encantaron al chaval.

            Entraron al museo de Antonio Padrón. Ricardo, entusiasmado, le iba contando a la madre las cosas que iban viendo, como si hubiera estado investigando antes. Se lo preguntó abiertamente. “Claro, mamá. Tu juegas a tus juegos en la tablet y yo busco información para saber lo que vamos a ver”. Por eso quería pasar más tiempo con él, para disfrutar de esos momentos de verlo crecer físicamente, y como persona. “Este museo se hizo en el propio estudio de autor, mamá. Y en sus cuadros refleja todas las formas de vivir de la gente de este lugar”. Su interés le despertó a Candy la curiosidad y empezó a atender un poco más a lo que estaba viendo. De repente, sonó una alarma y se cerraron todas las puertas.

            La incertidumbre entre los visitantes fue evidente. Algo había pasado. Un miembro del cuerpo de seguridad les tranquilizó. “Sólo serán unos minutos. No se preocupen. Hemos tenido una incidencia y necesitamos hacer unas comprobaciones”. El murmullo de los presentes denotaba incredulidad. Pero los minutos prometidos se convirtieron en casi una hora. Empezaron las protestas. “Seguro que han robado un cuadro”, dijo Ricardo, medio de broma. El mismo miembro de seguridad les pidió, a todos, reconcentrarse en el patio para aclarar lo sucedido. Todos, empezando a perder la paciencia, accedieron de mala gana. En lo alto de la escalera salió el propio director del museo a contarles que había desaparecido un cuadro. Ricardo miro a su madre con ese gesto de “te lo dije”.

            El gerente, cuando constató que estaban todos los visitantes, trabajadores, incluidos los de seguridad y limpieza, contó que el “Bodegón de papayas y peces” había desaparecido. No sabían cómo, pero no estaba. En su lugar habían puesto una copia serigrafiada. Demasiado chapucero para ser profesionales, se dijo Candy. Les informaron que habían mirado las cámaras de seguridad y determinaron que por la puerta nadie había sacado ningún paquete que pudiera contener el tamaño del cuadro. Por lo tanto, se podría deducir, que el cuadro todavía no había salido del museo. Un enfurecido turista alemán, en su peculiar versión de español, dijo que porqué tenía que ser uno de los visitantes. Si estaban todos ahí, y ninguno lo tenía, porqué no los dejaban marchar. Además, se atrevió a acusar a alguno de los trabajadores. Todo eran especulaciones y la trifulca dialéctica la paró la llegada de la policía. Les tomaron los datos y su localización en la isla, uno a uno. Y los dejaron partir.

            Por la noche, después de tanto alboroto, madre e hijo decidieron cenar en la habitación hablando de lo que había ocurrido. No se les ocurría nada a ninguno. Pero estaban de acuerdo en que, el que lo hiciese, tenía un plan. Lo de poner un cuadro tan evidentemente falso no era por falta de pericia, seguro que era para desviar la atención. Alguien quería que se formara el revuelo y lo había conseguido. Pero, ¿para qué? Tranquilos se acostaron a dormir en la misma cama. Cuando el niño se había quedado completamente dormido, una mano tapó la boca a Candy y le hizo una seña para que saliera de la habitación lentamente. Cuando la poca luz le dejó ver la imagen de la persona, vio que era su doble. ¿Qué hacía allí?

            Despacio salieron las dos a la terraza hablando en susurros. La chica le contó que había llegado una información de que la policía había tomado sus datos y la WBCI montó el sistema por si había que rescatarla de algo. La tranquilizó y le relató, con pelos y señales, lo acontecido en el museo. Las dos se relajaron. Entre ellas había mucha confianza. A Candy le encantaba como trataba al niño en sus secretas ausencias, cuando le encargaban una misión. Aunque le advirtió que el chaval, a veces, hacía preguntas de sospecha. Tendrían que extremar las medidas cuando la doble sustituyera a Candy para que el niño no notara nada. Estaba madurando y tenía el coeficiente intelectual heredado de la madre. Se despidieron y quedaron en estar cerca por si pasara algo en los próximos días. La chica le dijo que no se preocupara y que informaría de todo al hombre de negro del WBCI.

            A la mañana siguiente estaban desayunando en la terraza de la habitación. Sin avisar, un ave lanzó un pequeño huevo que impactó en el vestido de Candy. Tras maldecir, y las risas del niño, decidió ir cambiarse de ropa. Al llegar al dormitorio se encontró, de nuevo, a su doble. Incrédula, le preguntó que qué hacía allí. Le indicó que la estaban esperando en el Museo Antonio Padrón por orden del señor de negro. El WBCI había tomado cartas en el asunto. Le dijo que no se preocupara que ella se quedaba cuidando a Ricardo. “No me digas que lo del huevo has sido tú para obligarme a venir al dormitorio”, le inquirió la espía con tono ligeramente enfurecido. “No, eso podría haberlo hecho más fácil. Pero ¿Cómo justificaría que te cambies de ropa, así, sin más? No tengo copia de tus trajes aquí. Recuerda que estamos improvisando. Y el niño no tiene que notar el cambio”. La indignación paso a risa y le dijo que era buenísima en su trabajo. La chica contestó que, por eso el WBCI recluta a los mejores, cada uno en lo suyo.

            Se encaminó y llego pronto al Museo. La estaban esperando. Un policía secreto la abordó antes de que entrara. La llevo a una cafetería y le contó como estaba la situación. Ella entraría en el museo como técnica de video para revisar las imágenes. La policía la ha recomendado como experta. Sin nombrar a la organización, debería recabar toda la información para descubrir al ladrón. Así sería. Y la dejo marchar para que entrara en el museo. Al despedirse, le deseo suerte y le entregó un dossier sobre la obra de Antonio Padrón.

            Cuando Candy entró y se presentó, rápido le explicaron cómo funciona el sistema de videovigilancia. Una vez al mes, cada una de las cámaras se resetea y hace copia de seguridad de las imágenes captadas. Pero sólo una cámara cada día y por un cuarto de hora, como máximo. Le orientaron de que el robo se produjo en el cuarto de hora en el que la cámara de esa zona estaba inoperativa. Ella comentó que el que lo hizo, posiblemente supiera de los horarios de las grabaciones. Los demás asintieron. Con lo que ella puso en la mesa lo que todos pensaban. O es alguien del museo o de la empresa de vigilancia. En eso estaban todos de acuerdo. Y preguntó: “¿una persona o varias?”. Nadie supo qué decir.

            Háblenme del cuadro, les pidió. El director le dijo que no era de los más grandes, que tenía unas medidas de 40×46 centímetros y que era un óleo pintado sobre cartón. Empezaron a visionar de nuevo, con ella, lo que veían todas las cámaras en el mismo horario en el que la de esa sala estuvo apagada. Al poco de empezar entraron, sobresaltados, dos policías encargados de la investigación. “Ya ha aparecido”, sentenciaron sonrientes. Corrieron a la estancia donde estaba expuesto y encontraron, recogiendo, a un equipo de la policía científica. El inspector le dijo que fue simple. Aprovechando el parón de la cámara. Quitaron el cuadro de la pared y lo ocultaron detrás de otro de los cuadros. Por eso no había señales de que hubiera salido de la habitación. Caso resuelto.

            A Candy no le terminaba de convencer nada. La única explicación que veía era que lo quisieran mantener oculto hasta que pudieran evadirlo. Pero para sacarlo tendría que estar desconectada la cámara de salida, y se supone que en ese momento tiene que estar conectada la de esta sala. Algo no le cuadraba. Se llevó al director a un apartado. El hombre estaba que no cabía de contento. Ella determinó meterle el miedo en el cuerpo, al rector, con sus conjeturas.

            Al día siguiente, el director reunió a todo su personal. Les comentó que las inspecciones policiales seguirían un tiempo hasta descubrir a la persona que había tramado el plan para robar el cuadro y que tan mal le había salido. Y, por supuesto, informó que el listado de los horarios de desconexión de las cámaras había cambiado y que, desde ese momento sólo él y la empresa encargada de la videovigilancia sabrían los días y horas de las copias de seguridad. Todos se fueron a trabajar con la certeza de que alguno de ellos era culpable.

            Candy se volvió a su hotelito a disfrutar de su hijo. Esta vez el cambiazo fue más cómodo. Su doble estaba bañándose en la piscina y ella le hizo una seña. La mujer, salió del agua y, mojada, le dijo a Ricardo que prepararía dos zumos de naranja. Fue a la habitación y le dio un bañador nuevo igual al que llevaba puesto. “He estado de compras con el niño”, le dijo riendo. Candy se puso el bañador, hizo los zumos de naranja, se metió en la ducha para volver mojada, y volvió a su vida de madre. Recibió una llamada pactada y al colgar le contó a su hijo que había aparecido el cuadro. Este se alegró y le contó que algún día él sería un pintor también, y que pintaría cuadros de la gente que le rodea. La madre casi llora cuando le dijo “Y a ti te pintaré la primera, mamá”.

            Ya estaban preparando las maletas para regresar a casa cuando vino el director del museo a verla al hotel. Le contó que había sido muy efectiva la idea que ella había sugerido. Le pidió que les dijera a los trabajadores lo del nuevo detalle de horarios de las cámaras y que, tras esto, instalara una cámara en su despacho. El que fuera, tenía que tener la nueva lista para poder saber a que hora y que día, sacar el cuadro del museo. Y que tal, y como ella había predicho, no era el robo de ese cuadro el fin principal. El cuadro lo habían escondido detrás de otro llamado “Bodegón de jareas”, mucho más grande. Eso ya lo sabía ella, porque lo vio en directo. Lo que nadie se percató, por la euforia del momento, es que ese cuadro, que estaba colgado en la pared, era falso. O sea que, cambiaron el original de uno por uno falso y detrás de ese pusieron el original del otro más pequeño. Con lo cual, emplearon un robo de señuelo para robar el otro más grande. “¿Y como lo descubrieron?”. El director le dijo que gracias a la cámara que ella dijo de poner en su despacho y la falsa lista de nuevos horarios de los cortes de cámara, cercaron el ámbito de sospechosos a una sola persona. “La limpiadora”, dijo Candy, interrumpiendo al hombre. Alguien que accede al despacho del director sin levantar sospechas y que puede sacar material de desecho con aparente naturalidad. Se rieron los dos y siguieron comentando el desarrollo. Era la única persona que entró en el despacho y se la captó revolver los papeles, cosa que no es su función. Cuando encontró la lista, le sacó una foto con el móvil. Luego todo fue fácil. La policía estaba esperándola en el horario falso en que la cámara se supone que no estaría grabando. Pero está todo grabado. El original del cuadro que pretendía robar había estado todo el tiempo adherido debajo del carro de limpieza. Por eso no había salido del recinto. 

            Tras un abrazo enorme, el director le regalo un paquete con productos de la tierra. Buen vino y quesos premiados en medio mundo. Cuando regresó, el niño que lo había visto todo, le preguntó a la madre: “Mamá, ¿Qué quería el director del museo?”. A lo que la madre contestó titubeando, porque le incomodaban esas preguntas, que nada, que solo le pedía disculpas por haberlos retenido en el museo y que nos invitaba a la próxima vez que vinieran para enseñárselo el mismo, en persona. El chiquillo, receloso, le insistió en que si eso lo haría con todos los visitantes que había ese día ahí y ella le contestó con un esquivo “Si, hijo, si”.

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