141. Los ídolos guanches. Marco Moreno

ÍDOLOS GUANCHES O COMO NO OLVIDAR DE LO QUE FUIMOS

Marco Moreno

Paul Feyeraben, filósofo de la ciencia, defendió que cualquier método era válido para alcanzar la verdad y aportar conocimiento. Y como tal la pintura, y en este caso la de Antonio Padrón ayuda a entender parte de nuestro pasado más antiguo, de una forma tan sutil que a veces se nos escapa.  Siempre he pensado que la Arqueología tiene mucho de relato, de cuento, con sus causas y consecuencias, con sus personas y personajes, no como una disciplina netamente cartesiana y dogmática. La considero un espacio donde hay hueco y necesidad de incorporar, o al menos intentarlo, otros estudios y enfoques que generen explicaciones más ricas, poliédricas, incluso emocionales, pero sobre todo históricas, es decir, hechos por una sociedad concreta, a lo largo de un devenir, en un momento concreto.

Independientemente, de lo que yo piense, que ni valor ni importancia tiene, sí es cierto, que en los últimos años la Arqueología Canaria ha experimentado un auge y un reconocimiento no conocido hasta el momento. El Museo y Parque Arqueológico Cueva Pintada o el reciente nombramiento de parte del paisaje de Gran Canaria como Patrimonio de la Humanidad por parte de la UNESCO son simples eslabones de una cadena que empezó hace más de un siglo (¡por poner una fecha!), pero de la que es parte importante la propia pintura, a través del movimiento indigenista canario. ¿Por qué? Muchos artistas entre ellos Antonio Padrón acercaron nuestro pasado, indígena a veces, cotidiano siempre, a nuestra mirada. Hicieron del pasado un presente continuo y continuado. El antiguo aborigen estaba vivo, en cada cueva, en cada tumba, en cada ídolo, pero sobre todo en el ámbito rural. El “guanche” quedó como una reserva de nuestros orígenes: de lo que fuimos, de lo que perdimos, y de lo que conservamos. Recuperaron la esencia de Viera y Clavijo, no del buen salvaje, ya que nunca hubo salvajes, solo ojos que así los retrataron, sino el del mundo idílico, tranquilo, con sus penas y oscuridades, pero alejadas de las complicaciones de la vida moderna.

Quizás una de las obras que reúne todas estas características es “Ídolos Guanches” (1967). Esta creación pertenece a su fase más tardía, y con ella y otras anteriores se incorpora al movimiento indigenista en Canarias. Esto adquiere todo su sentido a partir de la propia vida del autor, que no es otra cosa que la riqueza arqueológica existente en el norte de Gran Canaria. No solo desde el conocimiento de las formas e historias aprehendidas de lecturas varias, sino en el intento de dar una explicación a veces simbólica, siempre plástica, de aquellos ídolos, cuevas y cerámicas que conoció. La propia geografía norteña le pertrechó de las herramientas necesarias para la interpretación y creación de una visión personal del mundo indígena.

En cuanto a este cuadro es quizás una gran lección de historia, o al menos así lo interpretamos. Padrón, Desde su subjetividad y conocimiento, intentó mutar nuestra mirada. Enseñarnos a ver más allá del registro arqueológico que se recogía y se exponía en los museos. Los pequeños ídolos de barro guisado dejan de ser imágenes inertes para de forma conjunta, aparecer no en vitrinas sino transformados en mujeres en su lugar de residencia, revelándonos de forma meridiana su significado y funcionalidad. Ya no hace falta la explicación fría, aséptica y medianera de la Arqueología. Este cuadro se nos antoja similar a aquellas pinturas románicas que intentan explicar la vida y milagros de Jesús al campesinado ignorante. Y aquí, los incultos somos nosotros, la sociedad canaria que olvidó su pasado y sus huellas.

En esta pintura Padrón define el concepto de ídolo femenino que hoy conocemos mucho antes que la propia ciencia arqueológica moderna. Ya en el año 67, cuando el proyecto de Cueva Pintada era aún un sueño por determinar y ejecutar, hace una lectura de los ídolos muy personal, pero a la vez tan integral y arraigada a la fuente arqueológica original que cuesta determinar qué es interpretación y qué es original. La propia naturaleza del ídolo, entre lo orgánico de sus formas y materiales, y su subjetivación en la obra del pintor galdense nos lleva a confundir el uno con el otro.

La reinterpretación de las figurillas aborígenes en sus ídolos guanches es ante todo un intento de contextualizar, que dirían los arqueólogos modernos, la pieza a través del espacio donde se localizó. Para ello el autor ubica estás imágenes en una cueva, como símbolo de lo antiguo, pero quizás también de lo sagrado.

Los ídolos guanches parecen representar al menos a cuatro mujeres: dos en un primer plano que preside la escena, y dos más retiradas, en el fondo del cuadro. Estas mujeres se separan, pero no en demasía, del monocronismo de los ídolos originales. Sin salirse de los colores terrosos que permiten a estas figuras conservar su nexo con los ídolos, y a través de aquellos, con la propia tierra. Mantienen cierto hieratismo que se relajado con la simple existencia de brazos y manos. Unas veces entrelazadas y pasivas en un compas eterno de espera, de forma similar a la sostenida por la que se asemeja al ídolo de Tara; otras de forma activa moliendo el grano en molinos naviformes. 

Finalmente genera, ex novo, una mujer con los brazos alzados, así como un gran cuerpo, que al lado de aquella y con tonos blanquecinos aparece colocado de forma retrasada en el espacio central de la imagen. El gran tronco blanquecino se articula a partir de dos aletas adosadas a ambos lados del cuerpo, a modo de brazos, que se asemeja mucho a la parte posterior de varios ídolos. Este se correspondería con la representación trasera del cabello trenzado de algunos ídolos de terracota. El pintor galdense le incorpora una cabeza que la hace adquirir una proporción desmesurada, casi titánica, frente a las geometrías más serenas y proporcionadas de las figuras de los primeros planos. ¿Estamos ante una harimaguada? ¿Aquellas que vestían de blanco tal como describía Abreu Galindo?  ¿Cómo su cuadro “Harimaguadas”  de 1961? Como curiosidad, quizás no tan casual, es que el pintor haga desaparecer los ombligos de los ídolos, representación manifiesta de la vida. Quizás innecesarios en esta reinterpretación porque estas mujeres, vivas y vestidas, tapan con sus ropajes de color diferentes, tal y como se aprecia en la diferencia entre los vestidos y sus cabezas.

Presuponemos que discurre dentro de una cueva que viene encarnada en las figuras geométricas pintadas que representan la Cueva Pintada que tan bien conocía por sus estudios previos. Fuera de la misma, un gran verol, como marca de la naturaleza indígena precolonial, estirando sus brazos al igual que el otro ídolo hacia el cielo, sin que sepamos, si están simplemente rezando o pidiendo agua, o ambas cosas a la vez.

Dentro de la cueva nos encontramos con las dos mujeres que con sus cabezas y cuellos estilizados presentan diferentes elementos clásicos del mundo aborigen, cerámicas troncocónicas decoradas o elementos de molienda. Y una cabra con sus ubres llenas. 

 Y todo cobra sentido. 

Como en otras obras de Padrón se repiten símbolos y significados. La mujer como símbolo de la fertilidad y condensadora del mundo de lo cotidiano, pero también de lo sobrenatural. Estamos ante el intento de contextualizar y explicar los ídolos y a las mujeres aborígenes, y a través de éstas, a las mujeres rurales. Como diría Celso Martín de Guzmán, estamos ante la Madre Nutricia, que no solo nos da el alimento y la vida necesaria, sino que nos acoge, arropa y protege. De ahí la cabra, como símbolo del alimento y representación de lo Sagrado, que junto con las semillas molturadas, o la cerámica que se intuye llena de leche dan el sustento y  vida a quien lo necesita. Relaciones e ideas repetidas en obras similares. Tan potente y sencillo es su mensaje que rápidamente se incorporó al imaginario colectivo. Sin embargo, debemos apostillar que la Arqueología de los últimos años ha enriquecido tal lectura, yendo más allá de la relación mujer:fertilidad:ídolo. Incorporando nuevos escenarios, matizando significados y concretando cronologías.

Quisieron las Nornas vikingas o las Moiras griegas hilar el destino y muerte de Padrón al 8 de mayo, fecha que en la actualidad se conmemora el día de la mujer trabajadora. Pero sería injusto solo recordarlo por eso. Intentó con sus herramientas dar a conocer al gran público, consiguiéndolo sin argucias ni artificios, el pasado aborigen a un momento en el que tales temas empezaban a despertar de su letargo. 

Padrón, como Feyeraben sabía que llegar al conocimiento-mensaje no dependía en si mismo del método-estilo, sino de su adecuación al problema que quisiéramos resolver-comunicar. Quizás debemos aprender de él, buscar la dignidad en el pasado, a través de su memoria, para así salvar el presente. Al menos hay que intentarlo.

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