144. Niñas de las mariposas. Tere Marrero

CRISÁLIDA DE ESPERANZA

Tere  Marrero

Hacía tiempo que su aventurera hija desde ese nuevo destino, Australia, no le daba señales de vida y la incertidumbre rondaba sus pensamientos. Aunque nunca había creído en la echadora de cartas, cada día iba abrigando esa posibilidad. Se preguntaba qué  podrían significar cada una de las cartas que tantas veces ella había jugado  para pasar el rato sin visionar futuro alguno. 

-Lo que te puedo decir es que tan lejos no está. ¡Mira!  ¡Tu suerte está marcada por copas!

Vaya vaticinio el de esta harimaguada moderna, -pensó- válido para todas las realidades. Australia también está cerca…si miramos que está en el planeta Tierra. Y lo de las copas… ¿qué? ¿Debo emborracharme para olvidar las penas o para brindar de júbilo? 

Con estas cavilaciones de incrédula, regresó a su casa sin esperanzas  en menos que canta un gallo y fue directa a la cocina a preparar su preciada merienda.

Aquella tarde de febrero se escuchaba un aleteo de colores en aquella sala donde solía saborear trocitos de plátano, papaya y fresas que colocaba meticulosamente en su cuenco. Acomodada en su mecedora cerca del balcón, observaba como el alisio empujaba las nubes estacionadas durante varios días y como, poco a poco, los rayos de sol  iban iluminando su alma. Entre las tuneras de la vereda los lagartos se asomaban a sentir el calorcito. Mientras su mente tarareaba “al salir el sol, te quisiera ver, pero veo, niña, que no puede ser”,  se fijó en la corola amariposada de una aulaga que se había quedado enganchada entre las flores de mundo.  

Este atardecer de aulagas le trajo a su memoria recuerdos de su arcadia feliz: en este salón con su ganchillo,  su marido Ángel descansando de la jornada y su hija Abril siempre releyendo “La vuelta al mundo en ochenta días”. Así, como tres cosas hay en la vida.

El mejor momento del invierno era cuando la acurrucaba en su regazo y le contaba La leyenda de la mariposa azul  o La lección de la mariposa que acababan representando de una manera muy divertida.  Ya en la primavera se hacía realidad y disfrutaban correteando por el campo viendo como esas delicadas criaturas  se alimentaban, sin discriminación, de todas las flores que la naturaleza les ofrecía.

En esta larga ausencia miraba y le servía de consuelo aquel cuadro que Antonio había pintado para ellas porque apreciaba la libertad y el desapego con el que criaba a su hija siendo ella una joven madre y sin marido cerca. 

– Ojos que no ven, corazón que no siente…así representó nuestros ojos, como esas mariposas  que viven el desapego sin magua. ¡A ver si me voy a arrepentir ahora de haberla educado  en el valor de la libertad para elegir su propio camino de vida! Esas manos abiertas habían sido un ofrecimiento a  que disfrutara libre como aquella mariposa que le cedí para que fuera feliz. 

También recordaba a su marido cansado de trabajar en las plataneras desde  el canto del gallo … se embarcó y no volvió más.

-Bueno…Hasta ahora – se decía.

Esta sentencia de “hasta ahora” le ayudaba a aliviar su pena y su soledad y se convertía en una ventana semiabierta a la ilusión, con eso de que nada es para siempre.

Pero ahora la tristeza del doble vacío era inmensa. Echaba tanto de menos a su pequeña que ya no sabía cómo ilusionarse. En esto estaba cuando le pareció divisar a lo lejos a una persona enfilando el camino por el que antes había pasado ella con tanto desasosiego. Por lo que podía apreciar, su silueta era elegante y su vestido blanco bailaba al son de sus andares y el alisio ponía la música de fondo. Se le hacía una eternidad…Parecía que no avanzaba sino que se alejaba… le llamaba la atención su cabeza pues parecía triangular con un pañuelo cuidando su peinado.

Con ese espejismo diluyéndose en la puesta de sol, admitió que aquella carta del tres de copas que el azar le había asignado,  representaba  sus vidas. El tiempo de compartir  había acabado y  aquella mariposa que voló tan lejos permanecerá  en su mente cual crisálida de esperanza. 

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