150. La piedad. Félix Hormiga

LA PIEDAD

Félix Hormiga 

  –Madre, dijo con la voz apagada, triste pero sin dolor, al contrario, con un gozo que hasta en la noche más oscura ofrecía donde asirse.

Las palabras rotas, cada sonido un brote de sangre. Un temblor casi sin pálpito.

La madre lo acuna contra su regazo. Le habla desde la tristeza, con un gesto que recoge en su rostro un dolor insondable.

Él, logos hecho carne dolorida, íbase en barrancos y ríos desde las hendidas heridas del flagelo y las espinas que laceraban sus sienes, corona del carnero de Abraham, en su trampa del zarzal hirientes (Gen. 22:13).

Y ahora, Él, mientras gira la cabeza hacia su madre mortal, comedora de trigo, apoya su espalda dolorida contra su regazo buscando una brizna de amor entre la epifanía del dolor. Y ella, madre, le entrega su dolor en campos sembrados de sosiego, porque el llanto se ha  evaporado y solo queda el gesto profundo de un grito que no sale de su cuerpo.

Bajado del instrumento de muerte, lo ha dejado Antonio en un suelo sin hacer…

A la madre aún sin ultimar, su rostro viéndolo todo, como quien tiene todos los mundos atados a un eclipse que despertará a la luz…

Es tarde, Antonio está cansado, agotado del dolor que ha ido naciendo de sus pinceles. Hora de parar, mañana será otro día, tiene muy claro como quedará al final. Es su tributo a la más alta esencia del dolor.

Se levanta, camina y todo se vuelve oscuro, pero pronto se ilumina la costa, como en un sueño, las olas que vienen de tan lejos a besar las orillas de la isla, y traen sones de canciones; un artilugio simple de maderos se alza enlazado de liñas donde cuelgan luminosas jareas, marcada su carne con lañados surcos. Una bóveda de luz azulina es ahora su mirada, allí está todo cuanto ha brotado de sus manos y de su afán por dejar huellas de su tierra, de sus gentes, de sus creencias, de la sed, de la lluvia, de la luz, de la oscuridad. Palabras hechas  arte, arte hecho vida. Se quedó jugando entre huertas, camellos, gallos, peces y olas, barajas, curanderas y brujas hechizantes, creencias y ritos del mundo antiguo. Una riada de magia ocupa cada rincón de su piel, cada mirada a su mundo.  

La Piedad se ha quedado en un tránsito de amor. No hay dolor en lo no terminado, por el contrario, hay un enorme espacio para la esperanza.

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