153. Santiguadora II. Marisa García

SANTIGUADORA II 

Marisa García

Tras tres meses de malos días y peores noches, decidió hacer caso a su suegra. Ella, mujer de la capital, no era dada a creer en costumbres pueblerinas. 

Incrédula, pero a la vez exhausta decidió adentrarse en las prácticas del pueblo costero donde habitaba. 

En realidad, era una ciudad, pero la gente mayor de los barrios se refería a esta como el pueblo. 

Era una mujer culta, refinada, trabajaba o mejor impartía justicia en la ciudad más cercana. 

Ese día fue terminante ¡Ya no podía más! 

Su suegra la conocía bien era una persona en el trato cariñosa, afable, aunque en apariencia parecía altanera. 

Después del parto estaba retraída e incluso parecía ausente. 

Habían visitado médicos y especialistas pediátricos, donde estaban los mejores de la isla allí́ habían ido. 

Nadie acertaba con lo que le pasaba a hijito del alma. Su suegra temía por su salud mental. 

Así pues, ese día subieron al coche y se dirigieron a casa de Sagrario la Santiguadora. 

Tila, su suegra, le había dicho que no temiera, no era para nada rituales de santería o brujería.

Esta le explicó que solo cogería a su bebé en brazos si ella lo permitía y solo le iba a rezar. 

Al llegar a casa de Sagrario y apearse del coche la acarició una brisa fresca y reconfortante. 

La entrada era un diminuto bosque de helechos suspendidos desde el techo, flores coloridas en las paredes en macetas, en el suelo había macetones con 

pequeños arbustos frutales y verdes plantas ornamentales, esta linda entrada formaban un pasillo hacia la casa. 

Era muy agradable el olor que se percibía. Su suegra le hizo saber que se debía también a las hierbas medicinales que ella cultivaba con mucho mimo. 

Toronjil, hierba huerto, manzanilla …eran algunas de las hierbas sanadoras. 

Tila le comento que, en cierta ocasión, Sagrario le había hecho saber, que las «agüitas guisadas» eran para sanar el cuerpo y el alma de las personas. 

ꟷ¿Agüitas guisadas?ꟷ Preguntó ella extrañada, Tila sonriendo asintió, ꟷsi mi niña infusiones, así se le llama hoyꟷ. 

Los asientos eran de piedra, quizás por el aspecto podrían ser volcánicas. 

Tomaron asiento. El bebé seguía en su habitual e incesante llanto, unas veces más fuerte otras más suave. 

Había tres mujeres y dos hombres, esperando para pasar.
Tardó aproximadamente media hora en salir la chica que estaba dentro. Se percató que era una cueva al fondo con habitaciones a ambos lados. Sagrario había oído al niño llorando desde que llegó. 

Salió y se dirigió a los allí presentes, rogándoles que dejasen pasar al bebé, ella no sabía de qué familia era, pero el llanto del niño era muy desgarrador. La gente no dudó en ceder su turno. 

Pasaron al interior del aposento donde se percibía una paz y armonía muy acogedora. 

Se acomodaron en unas sillas de mimbre. 

Sagrario preguntó el nombre del niño, ꟷCristoꟷ le contestó Tila. Ella bendecía al niño mientras pronunciaba una letanía casi inaudible. 

Su suegra le dijo en un susurro que el rezado debía ser en números impares, si no, no haría efecto. 

Cuando iba por el quinto rezado el niño comenzó a relajarse, mientras Sagrario lloraba, bostezaba y tenía arcadas. Ella se preocupó y le pregunto a la Santiguadora si se encontraba mal, ésta con mueca de media sonrisa le dijo lo que le pasaba. Era el mal que tenía su niño en el cuerpo y ella se lo sacaba de esa manera. 

Siete veces le santiguó, siete veces rezó los credos. 

El aposento quedó en silencio, ella no daba crédito, su bebé no lloraba dormía plácidamente, las lágrimas caían por sus mejillas. 

Sagrario en tono amable le dijo, ꟷhija mía no comiences a llorar tú ahoraꟷ, mientras sonreía. 

Ella le prometía el salario de un mes, le contó de todas las visitas a médicos, se desahogó con ella y también le dijo de su incredulidad ante estas prácticas. 

Volvió́ a sonreír la Santiguadora, le negó́ cualquier dinero que quisiera darle, así no funcionaba, le ofreció́ unas hierbas para guisar agüita para ella y el niño. Al bebé tenía que dárselas a tomar solo la cantidad precisa de hierba en el agua, debía darle una cucharita, no más, pues era un bebé. 

Luego le indico la dosis para ella, pues al alimentarlo de la teta, le pasaba a la leche e iba a tener efecto en el bebé. 

Le aconsejo ponerle la ropita del revés y alguna cinta roja, así evitaría el mal de ojo. 

No sería mala idea que ella también la usará como protección. 

Tila tomo el niño en brazos mientras ella se fundió en un abrazo con Sagrario. 

Al salir del mini bosque como ella lo llamo, el niño seguía plácidamente dormido. 

Ella miró a su suegra y le dijo ꟷdesde ahora creeré sin verꟷ.

Tila se emocionó pues sabía de sobra cuan impactada estaba por lo ocurrido. 

El beb´r estuvo un día dormido solo abría la boquita para comer cuando su madre lo estimulaba al poner el pecho en sus labios. 

El mal de ojo existe, daba fe de ello. 

2 respuestas a «153. Santiguadora II. Marisa García»

  1. Precioso me a echo volver a mis años de atrás y casi revivir todo lo comentado felucidades y sigue escribiendo así de lindo llano y entendible para todos los públicos gracias y felucidades

  2. Precioso relato me a echo volver a mi pasado muy bien detallado leible para todos los públicos porque en pocas palabras has dejado claro que todo existe ahora??? Cada cual le de la magia que quiera felicidades y sigue así me encantan tus publicaciones felicidades

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