22. La echadora de cartas. Elizabeth López

RECUERDOS, MIEDOS Y PREDICCIONES DE LA INFANCIA

Elizabeth López Caballero

En la acera de enfrente de la casa de mi infancia vivía una mujer de pelo cano y un mapa trazado en la piel del rostro que contaba tanto –sin decir nada– como la baraja de cartas que llevaba siempre en el bolsillo. Le decían «Lolita la loca», y según reza una leyenda urbana se quedó así, medio pallá, porque unos hombres las asaltaron, a ella y a su hermana, en la chabola del barranco donde vivían. Desde ese día se dice que la poseyeron los demonios y por eso ve lo que ve y hace lo que hace. Se mudó a mi calle cuando yo apenas tenía siete años y me gustaba espiarla detrás de las cortinas que alumbraban la alcoba de mis padres, mientras ella exorcizaba los males de su casa con sahumerio y cantaba cosas que nunca llegué a entender. De repente parecía adivinar que estaba allí y alzaba la vista hacia la ventana. Yo daba un respingo y me quedaba pegada a la pared conteniendo la respiración. Era una mujer alta y corpulenta que siempre llevaba una gorra harapienta, una falda larga verde y un jersey de alguna marca publicitaria demasiado desgastada para saber cuál era. Las noches de luna llena salía al patio de su casa, ponía música y danzaba libremente mirando al cielo y repitiendo mantras. Yo nunca podía dormir las noches de luna llena porque me imaginaba a «Lolita la loca» vigilando el balcón de mi cuarto. Busqué miles de escondites para averiguar los tejemanejes de aquella extraña mujer. Tanta fue mi obsesión que llegué a desobedecer a mi padre y a subir a la azotea de arriba, a la peligrosa, a la que solo se podía acceder a través de la escalera de madera que mi padre ponía y quitaba para evitar una desgracia. Y fue desde ese puesto de vigía donde la vi por primera vez echando las cartas. Entonces descubrí cuál era la razón de que aquella mujer que tanto miedo daba recibiera visitas constantemente. Estaban sentadas en el suelo. Lolita, descalzada, la raña de la planta de sus pies daba náuseas. La otra mujer imitando su posición. Una caja de cartón entre ambas. Encima una vela blanca y otra negra. Encendida solo la primera. Y un cuenco del que salía humo de sahumerio quemado. Ya me había habituado al olor ácido de aquella hierba. Era una tarde de uno de los veranos más calurosos que recuerdo. No corría aire y la calle estaba desierta. Si me concentraba lo suficiente podía escuchar algunas palabras. Lolita colocó el mazo de cartas sobre la caja. La mujer lo dividió en dos y nuevamente cada uno en otros dos, quedando cuatro montones. Entonces la adivina eligió dos y apartó el resto. Fue colocando las cartas una al lado de la otra y moviendo la cabeza. De vez en cuando chasqueaba la lengua. La otra mujer la miraba ansiosa. De tanto retorcerlo desbarató el pañuelo que tenía en las manos. Se escucharon las palabras «amarre», «infidelidad», «limpieza». La forastera asentía a todo lo que le decía la echadora de cartas. Después se levantaron y Lolita le pasó la rama de sahumerio quemada alrededor del cuerpo. Estaba tan absorta en la escena que no me di cuenta de que mi madre me había estado llamando. La vi, demasiado tarde, detrás de mí con los brazos en jarra y esa cara que se les pone a las madres cuando se les llena el gorro. Me dio dos tortas, que por aquel entonces no traumatizaban a nadie, mientras me echaba la bronca: «Que si se lo voy a decir a tu padre, que si esas escaleras eran muy peligrosas, que si a la gente no se le espía, que si ella no me había educado así…». Yo seguía tan ensimismada en lo que acababa de presenciar que no me fijé dónde pisaba. Al bajar tropecé con un escalón y caí de boca contra el suelo. Un esguince de muñeca fue el diagnóstico. Al cabo de unos días nos encontramos a Lolita barriendo su acera. Me miró el brazo que llevaba en cabestrillo. Yo agaché la cabeza. —Esa curiosidad tuya te va a dar más de un disgusto y más de una alegría también, pero siempre tendrás qué contar o qué escribir —me dijo. Mi madre se deshizo en disculpas y la vieja le quitó importancia. Lolita murió al poco tiempo. A veces, en las noches de luna llena como la de hoy, me llega el aroma a sahumerio y el canto de su voz y, entonces, me pongo a escribir. 

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