26. En la exposición. Miguel Ángel Contreras

Y TRES

Miguel Ángel Contreras Betancor

            Me gustaría saber si su mirada, me refiero a la del ser ubicado al otro lado de ese lienzo binario, ¿observa el conjunto o por el contrario únicamente se fija en mí? No se sonroje a la manera del adolescente pillado en un renuncio, no busque la respuesta fuera de este espacio. Pregunte, intente saciar su curiosidad, tal vez…

            Claro, somos tres, casi siempre coincidimos tres. Nos citamos en una plaza, junto a un árbol tras darnos las buenas tardes. No te entretengas mirando los celajes, me dice él a la vez que se confunde con la oscuridad del dormitorio. Sabes que siempre regreso, respondo y dejo el sonido de la puerta a modo de despedida.

            Caminamos sin prisas recordando el día que llegará a su final. Me han dicho que es una exposición de pinturas, dice ella…

            Su mirada se ha clavado en la página cuyo blanco se va tiñendo de oscuros signos como esas hojas que sostienen entre sus manos, aunque ella, la tercera, que ha decidido mirar hacia otro lado, se encuentre tan alejada de allí como tan cerca está de aquí. Si no fuera porque resulta del todo un imposible, cualquier observador –bueno, cualquiera no– llegaría a la conclusión de que ella, sí, usted que continúa mirando hacia mí, realmente no está en esa exposición, sino que su interés se ha centrado en otro lienzo y sin darse cuenta se ha plantado en un supuesto multiverso donde fallan las rimas y se repiten los equívocos.

            Han contado hasta tres cuando pasan junto al casino, y aquellos seres apostados –apilados– en la entrada, miran con esa indiferencia mal disimulada de quienes ansían saber, para luego no entender el porqué de ellas así, viviendo, sin más y con tanto.

            ¿Qué opinión tiene de esa exposición?, pregunto desde la supuesta comodidad de la pantalla… No sabría qué decir, me responde ella, que ha movido la cabeza o eso me ha parecido. Veo que sus amigas están muy concentradas, le digo. Creo que no las conoce bien, me responde e inmediatamente ajusta sus manos sobre el programa que narra las virtudes de las telas que cuelgan de unas paredes decimonónicas.

            ¿Usted es de aquí?, me pregunta sin previo aviso. Como usted, respondo, pero hace tiempo que ronda por mi cabeza la posibilidad de irme. Y lanza un Ah, más cercano a la indiferencia que al laconismo al uso.

            No me gustaría ser motivo de distracción y que esta tarde pueda recordarla como un episodio desagradable, me sabría mal que pensara que soy un tipo maleducado, una mosca… ¿Qué piensa de la soledad?, ella interrumpe mi desvarío mientras separa el pie izquierdo que coincide con la parte inferior derecha del bastidor de ese otro cuadro que su cuerpo tapa, pero no tanto que impida contemplar a la vez cierta figura rectangular que hace las veces de una composición en la que ella, –Tres– parte de ella, queda atrapada. Usted me pregunta por la soledad y nada mejor que usted me sirve de ejemplo, porque es la respuesta. Creo que otra vez se ha movido, como si el pañuelo se hubiera estremecido.

            Ellas son tres. Ellas han cubierto gran parte del recorrido hasta alcanzar el destino. Son tres miradas, gestos pausados y algunas sonrisas que van dejando huellas imperceptibles; y no muy lejos el viento silencia conversaciones. Estoy convencida de que habrá mucha gente, afirma Dos con la sonrisa cómplice de Uno. Llegan al lugar.

            Todo está ordenado y regulado con mano firme. Cada instante que ha sido atrapado en un lienzo conforma un atmósfera. Dos y Uno se adelantan, Tres queda rezagada mientras comprueba la sombra que ‘alumbra’ una esquina. Varios pasos marcan su presencia en la sala. Sin prisas, su brazo derecho se despega, la mano llega hasta el mentón pero no hay roce. Alcanza a sus amigas, pero antes cree que podrían ser parte de un trazo violento –o  el amago de un quiero y no se pudo–.

            Uno está absorta, cuchichea con Dos. Usted estaba cuando he rozado la falda de Uno, me dice, y yo que a veces estoy y otras aparento la presencia, cuadro los dedos sobre el teclado y lanzo un trazo –gordo que podría ser famélico–; rastreo texturas entre vocales y consonantes como él en su encuentro con el altorrelieve, luchando entre la abstracción y la figuración. Y guardo silencio. Tres me observa, de amplia mirada, inunda con sus ojos todo el espacio abarcable con esas lentes que escrutan sin juzgar. Impasible, aproxima el latir de una vida que ignoro si llegará a su estación término por propia elección.

Las manos sujetan la información con la intención de no contaminar sus opiniones porque quiere sentirse libre a la hora de adoptar un punto de vista. Le ocurre algo parecido cuando está fuera del alcance de todos: observa detenidamente y…

            ¿Qué piensa hacer cuando salga de aquí?, pregunto apurando el tiempo y buscando ese discurso expositivo que confiera coherencia a este encuentro casual. Lo ignoro, afirma ella. Niego la casualidad y prefiero pensar que la intención marca este instante, dice sin parpadear, añadiendo algunas consideraciones que prefiero mantener en el ámbito de la privacidad. O sea, que parte de lo que he dicho quedará en el limbo, esas palabras harán las veces de bocetos depositados sobre la superficie de unas hojas arrugadas. Entiendo que el caballero monta sobre equino de trote pausado, –sonríe o eso parece–. Ajusta sus brazos y amaga con dar un paso atrás, mis ojos se humedecen sin razón aparente. La ficción tiene instantes tan ciertos que semejan realidades. Bah!, exclama exhalando un aroma a rosas.           Se atenúan las luces como mensaje del final. Uno y Dos comienzan su avance hacia el principio. Los lienzos se recogen en la incipiente oscuridad, el silencio a modo de poso cubre las estancias y las paredes relajan sus paramentos. Al fondo, ella, desde la lejanía, ella; sin más que decir, ella se aproxima, me observa… Y es Tres.

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