30. Retrato de Juana. Martina Villar

UN PAQUETITO DE HIGOS PASADOS

Martina Villar

            Aún continúa la emigración sin papeles, sin garantías, sin certificados de buena conducta, mientras la guardia civil, pisando firme con sus rígidas botas, acecha playas y, en grupos, se dirige a esas mordidas de tierra, acotejadas por el batiente Atlántico en forma de bendita bocanada. Horas largas, desde los riscos, espían a quienes, incrustados en las sombras, esperan en minúsculos terrenos que sirven de improvisados atraques. 

            Nuestra tierra, la que también han estriado, para además penetrarla con sus monstruosas ruedas, vuelve a ser confiscada, entretanto, alrededor de esas ensenadas y muelles, nuestros hijos y nuestros maridos huyen del hambre. El futuro, hoy más que nunca, es un invento engañoso de la pobreza. 

            Mi hijo también embarcó en una de esas cunas flotantes. Él, como su padre, me confesó que sentía más miedo a ser trincado por esa jauría rabiosa que a ser embuchado por este mar traicionero.

            Y aún hoy hay quienes se atreven a preguntarme por qué mis labios, oprimiéndose, se resisten a sonreír y por qué parece que siempre ando de luto… ¡El conejo me riscó la perra! ¡El luto no solo se halla en mis telas y en las puertas de mi casa!

            Y me preguntas por qué mi mirada… Es la agonía la que se alonga en mis ojos, que con magua, con el gaznate reseco, me tranca. Y trato de seguir viva con la esperanza de que un día una vecina me dé noticias tuyas. Solo entonces me arrancaré este peso que me ahorca. Cuando subo a la loma, el corazón se me hace un puño si entre los pescadores distingo otros cloquidos. 

            Sí, yo soy Juana, y puedo ser tu abuela o la madre de tu abuela. Yo soy Juana, como puedo ser Carmen, la turronera; Maruca, la alfarera; Chona, la pescadora; Rosario, la quesera; Pino, la aguadora; Milagros, la locera; Teresita, la que jarea las viejas y las vende en el mercado, junto al puesto de Dolores, la florista de esterlicias, y el de María, la que ofrece papayas, aguacates y berros entre ramilletes de hierbahuerto y cilantro. Todas nosotras, ataviadas con pañuelos al cuello, tratando de desatar el dolor, ese que ya forma pellejo en estos cuerpos, continuamos esperando. Únicamente dos mujeres, la que inventa pájaros de papel y los confina en una caja de zapatos, usando esta como jaula, tarareando “salen del Morro, van pa´la Habana, cinco navíos y una tartana. Arriba, arriba, arriba iremos”, y la otra mujer, meciendo figuras y mariposas, creyendo que su hijo no ha muerto, cantando “arrorró, rorró, rorró, ay si mi niño se durmiera yo le daba un regalito”, abandonan a las ánimas los puestos del mercado.

            Sí, yo soy Juana, “la que anda con la cabeza cubierta y con la mirada perdida”, escucho decir a esas voces alegantinas cuando voy a dar de comer a los perros camino a los gallineros. Pero no les creas, hijo mío, ni mi mirada ni mi fe tambalean, pese a que ya no escucho misa ni hinco mis rodillas frente al apóstol. Te garantizo que mi mirada te seguirá buscando hasta mi último suspiro…

            ¡Hace tanto que no tengo noticias de mi niño! La última vez que le vi le entregué un paquetito con higos pasados, una cuña de queso de cabra curado, unas almendras y una pellita de gofio, para que se echara algo en el buche mientras durara esa maldita travesía… ¡Calle, madre, no sea pájaro de mal agüero y no abane a los demonios!, me dijiste aquella madrugada, espantado, mientras me pedías que me diera la vuelta antes de que aquel manto apretado, negro como el picón, se convirtiera en tu dicha o en tu desgracia. Sin embargo, vida mía, como tú no estás cambado, y tengo fe en que hijo de gata caza ratones, sé que tú sabrás batirte con las olas y buscarás camino donde no existan mapas. 

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