38. La máscara. Jorge Rodríguez de Rivera

LA MÁSCARA

Jorge Rodríguez de Rivera

            Este cuadro atípico en la obra de Padrón, de 1954, me hace recordar las obras que los artistas realizaban para reflejar los desastres de la guerra civil española. En la composición, todos los elementos están destruidos o muertos. Esculturas por los suelos, columnas caídas, una paloma muerta, una máscara negra rota, una ciudad destruída, que nos hace pensar en el bombardeo de Guernica en abril de 1937. Todo reforzado con un estilo metafísico muy cercano al simbolismo de Giorgio de Chirico (1888-1978). Cada objeto, bien representado por separado, al presentarlos juntos en la misma composición, consigue un resultado que va más allá de su realidad física.

            Antonio Padrón, en esta obra que he elegido, se sale del estilo que en los años cincuenta se podría haber asociado al del pintor Agustín Úbeda (1925-2007), pintor cercano al expresionismo y al surrealismo y que tenía por costumbre dibujar, o rayar con el pincel sobre la pintura, con muchos empastes, para así, de esta manera, realzar el contorno de sus personajes y de su dibujo en general. Tanto Antonio Padrón como Agustín Úbeda, estudiaron a partir de 1944 en la Real Academia de San Fernando de Madrid y tuvieron como profesores, entre otros, a Daniel Vázquez Díaz (1882-1969), de quien se ve claras influencias en estos dos pintores. En la obra de Padrón, podríamos citar en ese sentido las obras: “Niños rojos con cometas”, “Bodegón”, y en “Paisaje canario” todas de 1954. También los paisajes de Padrón de los años cincuenta tienen un aire de Benjamín Palencia (1894-1980). Ambos tuvieron como profesor, en un momento dado de sus vidas, a Julio Moisés (1888-1968).

            Pero volvamos a nuestro cuadro: La máscara, de 1954. Como decía antes, es bastante atípico en su producción pictórica, nada de Benjamín Palencia, nada de Agustín Úbeda, y sin embargo mucho de Giorgio de Chirico. Tiene este cuadro un aire de Italia, de Grecia, de vestigios de una guerra anunciada. La segunda guerra mundial ya ha terminado, y en España, ya ha pasado también la guerra civil. Ya entrados en los años cincuenta, estamos de lleno en la dictadura franquista y en la época de esplendor del nacional-catolicismo, a las puertas de entrar en la ONU y con una España desbloqueada parcialmente frente a las corrientes artísticas internacionales.

En ese mismo año, Antonio Padrón, realiza su primera exposición individual en el Museo Canario. ¿Estaría esta obra allí expuesta?

            Antonio, en este cuadro de la máscara, pinta la paloma muerta, como si alguien la hubiera disparado. Esa paloma, que, según la mitología griega, era uno de los símbolos con la que se representaba a Afrodita, diosa del amor, ahora yace sin vida, en primer plano, en la composición, que representa lo principal del cuadro: la muerte. Esa paloma que Pablo Picasso (1881-1973) hizo famosa con su rama de laurel, en 1949, para el Congreso Mundial de la Paz. La misma que en su connotación cristiana, reflejaba el perdón de Dios con el ser humano, al aparecer en el cielo después del Diluvio Universal. Toda esa belleza, todo lo positivo que, en teoría, esa paloma nos quiere decir y nos lleva diciendo desde hace milenios, Antonio Padrón nos la representa muerta. El hombre ha matado a la mensajera de la paz. En su cuadro, Padrón nos muestra los desastres del ser humano, el resultado de las guerras. Al fondo, una ciudad casi destruída, bajo un cielo azul tenebroso y sin esperanza alguna. Columnas caídas de una antigua civilización, ¿Grecia, Roma? o cualquier otra, da igual, el hecho es que ya no existen, ya no sostienen la humanidad. La escultura, sin cabeza, rota, símbolo de la caída de las artes y del conocimiento. Símbolo del desastre causado por las guerras.

            Y la máscara, esa máscara negra agrietada. No muestra la comedia del arte en su alegría universal, ¡no! Lo que hace esa máscara es recordarnos el mal, lo oscuro que llevamos dentro, nuestro escondite frente a tanta maldad. Nos cubrimos la cara y, así, es como si no fuéramos nosotros los que cometemos esas atrocidades. A la izquierda, la paloma muerta, a la derecha el culpable escondido, ambos en primer plano delante de lo acometido. Estos dos elementos yacen entre hojas de trigo y margaritas, ¿es quizás una señal de reconciliación, de perdón, de renacimiento de las tinieblas?, algunas margaritas son negras, ¿por qué?

            Qué pena que no podamos preguntar directamente al maestro qué ha querido mostrar con esa obra. En cualquier caso, los elementos empleados dicen ya mucho sobre el cuadro. Y por eso, a lo mejor la obra es tan atípica en su producción, ¿sería porque el artista quería plasmar el horror que vivió, pero de una manera efímera y con un solo cuadro, para no molestarnos con sus sufrimientos?, o solo tuvo fuerzas para realizar una obra en la que se refleja tanto dolor…

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