39. La madeja. Araceli Cardero

LA MADEJA

Araceli Cardero Viera

            Retrocedió unos pasos y volvió de nuevo al cuadro anterior.

            Se quedó inmóvil, con la mirada perdida sobre las dos mujeres que componían aquella pintura. Una intensa sensación de nostalgia, con sabor amargo, se le fue echando encima, junto al corazón. Sin proponérselo, le trajo a la memoria tiempos pretéritos, a un largo año en que ella trabajaba con la lana en el salón de su casa tras finalizar las faenas del día. Hilaba la lana a la luz de las velas, pensativa, ilusionada unas veces, abatida otras, y sin un triste perro que le ladrara al silencio que reinaba en aquella casa materna de helechos y flores. El silencio. El frío. La oscuridad de la tarde. Fueron tres palabras que ella llegó a identificar en ocasiones con su estado de ánimo. Y siempre con la tía Elvira a su lado para hacerle compañía y ayudarle en el trabajo, una mujer marchita, de entrañas resecas y contrariada con la vida, con arrugas en la cara y muy finas sobre el labio superior, que con ojos de desconfianza la miraban a ella y a su vientre como si anidara en él la adversidad del pecado.

Frunció el ceño. Enseguida surgieron las preguntas de siempre, las que la torturaban secretamente desde hacía años: ¿Pero qué había sido de él? ¿Descansarían  sus huesos en el fondo del océano, sin tener a nadie para rezarles? ¿Se habrían dejado llevar por el canto irresistible de las sirenas? ¿O es que el hambre y el salitre habían arrasado con él y con sus compañeros de viaje? O, simplemente, ¿llegaron a su destino como se proponían y la brisa tropical de las llanuras les hizo olvidar las promesas por cumplir? 

Recordó su último encuentro con él, en una playa al atardecer. Partía en un velero, no muy grande, junto a veinte hombres más, unos hombres que gozaban no solo de buena salud sino de un humor excelente. La ilusión brillaba en sus ojos. Iban en busca de fortuna en las llanuras de Venezuela. En quince días, más tardar, arribarían a sus costas, vaticinaban. Él la abrazó sobre la arena mojada y le prometió en una tarde anaranjada que ahorraría hasta el último centavo para comprarle un pasaje y reunirse de nuevo. 

A ella con una caricia y esa promesa le bastó. Y la figura de su amante con una pequeña maleta de cartón, junto a los otros hombres, se fue empequeñeciendo. Hasta que el velero desapareció en el horizonte sobre unas olas altas, que se elevaban a intervalos y volvían a caer formando nubes de polvo brillante. 

Así que mientras manipulaba la lana en el salón, pensaba para sí y con ojos esperanzados, que su hombre era el hombre más generoso, honrado y trabajador que cabía esperar. Era una mujer afortunada. 

Pero llegaron a pasar seis, siete, y hasta ocho meses desde su partida, y no había recibido noticia alguna del velero, ni unas letras ni una postal ni un mísero mensaje, testigo de que habían llegado a buen puerto. Entonces la duda le oprimía el pecho: ¿el velero había naufragado? Con el tiempo los suspiros empezaron a enfriársele. Las tardes comenzaron a ser frías y solitarias. Las sábanas de la cama aun olía a él.  La gente del pueblo la miraba de reojo, mientras su vientre comenzaba a ser prominente. Las náuseas constantes y sus lágrimas, se agolpaban dentro de ella hasta que se decidían a salir, con un fuerte sabor a sal marina. Aquel hombre se había olvidado de quererla. 

¿O quizás yacía  bajo las aguas, rígido y enredado entre las algas y las sirenas?

Suspiró. Moriría con la duda. 

Tomó a su hija del brazo, le dio la espalda al cuadro y dijo, aunque sabía que no la iba a comprender: «Vámonos, mi  niña, que lo hecho, bien hecho que está» Ella no pensaba ponerse de rodillas ante nada ni ante nadie. Lo pensaba antes y lo pensaba ahora. Lucharía por su hija hasta que sus fuerzas se lo permitieran. En realidad, era el único regalo que había recibido de aquel hombre.

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