41. Piedad. Sergio González

PIEDAD

Sergio González Quintana

Yo te negué y, no obstante, ahí resistes,

abrazándome, herida por heridas

mías de un cuerpo roto y ya sin vida.

Perdona, Madre, pues llené tu pecho

de espinas palpitantes que germinan

como cuchillas —para siempre el rostro 

sajado, pálido; unas negras simas

en tus ojos o cuencas deprimidas,

ya sin llantos ni lágrimas; cuán áridos,

secos, quedan tus senos; sin el agua

vivificante de tu hijo queda 

tu boca; sin los lirios de tus besos,

mis mejillas… ¿Adónde irán ahora?

Oh, Madre, si pudiera…, si pudiera

deshacer el camino, no lo dudes,

para que viera yo en ti la alegría,

lo haría… Pero aquí estoy, muerto, inerme,

en tu regazo, asido por tus brazos,

los dedos de tus manos enlazados, 

eslabones de amor que me sostienen. 

Muerto. He perdido ya el aliento. Y miro

no al cielo. A ti te miro, Madre, para

que contemples de qué trapos humanos

quedaron mis heridas y mi vida:

de sangre es mi corona, no de espinas;

de sangre es mi costado; no de hierro;

de sangre son mis manos; no de clavos;

de sangre, el hijo, el hombre que te mira.

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