43. Autorretrato. Mª del Carmen Reina

MUJERES EN LA ISLA Y ANTONIO PADRÓN

María del Carmen Reina Jiménez

            ¿Quién era esa mujer rubia que lloraba en su entierro?, se preguntó mucha gente. Ella lloraba la pérdida de un amigo muy especial. Mercedes González de Linares, que así se llamaba ella, fue junto a María Teresa Prats y Esperanza Vernetta, fundadora de la revista “Mujeres en la Isla” (1953-1964), que por espacio de once años y con 118 ejemplares, constituyó en Gran Canaria un movimiento de mujeres valiosas que decidieron publicar la primera revista escrita y dirigida por mujeres, y cuyo objetivo entonces fue el de una revista con fines culturales donde la escritura fuera vínculo de unión de aquellas mujeres en un periodo gris, pleno franquismo, y dar a conocer la cultura de nuestras islas y “allende los mares”, como se titularon las páginas de la revista donde escribieron mujeres tan valiosas como Carmen Conde, Dulce María Loynaz, Marcela de Juan, Josefina de  la Torre, etc.

            Pero volviendo a “Mujeres en la Isla”, hay otra mujer que conoció mucho a Antonio Padrón, Alicia Sarmiento, gran amiga de Cesar Manrique y de Pepe Dámaso, entonces un joven que en ese tiempo inauguraba su primera exposición de pintura. En el número cuarenta y dos de la revista (junio de 1958), en la página dos, Alicia Sarmiento escribe sobre los premios dados en la VIII Exposición Regional de Bellas Artes.

Dice Alicia así: Primer premio de pintura   por   su   cuadro titulado “Ángeles”. Hermoso lienzo donde el pintor galdense, con madurez y elaboración concienzuda, lejos de precipitaciones tan abundantes en este certamen, logra con moderno trazo dar movimiento a sus figuras de gracia y candor de claustro. Su técnica mixta revela lo mucho que en pintura se puede hacer cuando se tiene un conocimiento profundo de ella. Es un pintor de color sordo, sin falsos espejismos de brillantez donde se esconde tantas veces la ignorancia. Nos gustaría poder ver un conjunto mayor de obras para poder juzgarlo ampliamente.

            A raíz de este comentario, Antonio Padrón invitó a su casa de Gáldar, donde estaba su estudio, a las componentes de “Mujeres en la Isla”.

Mercedes González de Linares lo visitó asiduamente pidiéndole una portada para la revista.

Antonio pintó un óleo que fue la portada de Noviembre de 1960.

En la página doce de dicho número, Mercedes escribe: “Antonio Padrón próximo expositor en el Gabinete Literario”.

            Después de una amplia bibliografía de Antonio y una vez terminada ésta continua: “Tiempo después conocimos a Padrón, esta vez en medio de su obra, en el ambiente en el que vive y pinta. Desde que se atraviesa la puerta de su casa el mundo queda atrás y se hace patente de una manera acusada el suyo particular. Es un artista afortunado por ser dueño de su aislamiento y de su tiempo, entregado por completo a su obra.

            Esto ha contribuido a conservar la pureza de su arte personalísimo, sin influencias, sin maestros. Padrón nos presenta el mundo de su isla, pero tan finamente observado, tan bien penetrado, que es uno de los pintores más genuinamente canarios. Sin extravagancias folklóricas, sin desbordamientos, con una sencillez rayana en lo ingenuo nos va presentando en sus cuadros típicas escenas de la vida insular. Él dice que busca siempre costumbres que recuerda de cuando era pequeño, muchas hoy casi desaparecidas, difíciles de hallar. Pero él las encuentra; se adentra entre el pueblo con las fibras sensibles del alma abierta y les saca su esencia.

            Así nos presenta tipos isleños: la turronera, los hombres con trompo, una mujer haciendo una talla, la mujer que vende flores, la echadora de cartas… Camellos, cabras, gallos, abubillas…, los animales de todos los días en el campo canario hechos gracia en los cuadros de Padrón. Paisajes del sur, la región más representativa de la Isla, en composiciones casi geométricas, llenas de armonía. Escenas de la vida canaria: mujeres haciendo alfombras de flores, la fachada de una casa con los balcones llenos de gente…

Es inútil, la descripción se queda en una enumeración fría que no puede decir nada. Es preciso ver los trazos característicos de sus dibujos, en los que en cada línea se acusan los rasgos raciales, así como la rica gama de su colorido, sacada también de los matices de la propia tierra canaria: los negros del picón, verdes apagados de tundras y pitas, los rojizos casi color fuego de la montaña que sirve de proa a Gáldar y Guía, el estallido de todo el color de la flora canaria.

            Al pintor, más que a nadie, tiene que metérsele necesariamente por los ojos el color del ambiente en que vive. En Canarias son colores característicos los ocres, los amarillos, las vetas negras de lava apagada. La tierra desnuda en esta isla no da nunca sensación de desolación, porque sus colores profundos hablan siempre de la vida que late en las entrañas del volcán. Es todo este colorido el que aflora también en los cuadros de Padrón. En cualquier sala del mundo en que se expongan harán siempre patente a Gran Canaria.

            Hay otro elemento también isleño en sus cuadros: la placidez. Padrón es un hombre sereno. A la exaltación apasionada, inquieta del artista, une la calma necesaria para una profunda observación que le permite sacar una visión auténtica, real, de cada cosa, pero en su justo equilibrio. Hay placidez, tanto en sus figuras ingenuamente infantiles (camellos, mujeres haciendo alfombras etc…) como en sus figuras más racialmente canarias. En la blanca mirada de la mujer de las flores, en el sosiego de sus manos sobre el halda, en el contraste entre la tosquedad de la figura y la delicadeza de las flores de sebo al fondo, en la inclinación atenta de las cabezas de los muchachos ante la turronera; en todas sus figuras, en fin, hay una serenidad, una placidez no exenta, sin embargo, de profundidad. Como la hay también en el armónico contraste de colorido.

            La inquietud de Padrón no se limita a la pintura. Hace esculturas y ensayos logradísimos de cerámica, convierte cualquier cosa en una obra de arte. Esta inquietud, diríamos de investigación alquimista, saca a flote reminiscencias infantiles del artista. Padrón construye los hornos rudimentarios para cocer su cerámica, hace sus pinceles con la cerda de los troncos de los racimos de los plátanos…, hace arte con lo elemental y de lo elemental.

            La próxima exposición que Padrón abrirá a primeros de diciembre será un elocuente exponente de lo que aquí, pese a mi énfasis, no he conseguido exponer.

            Del arte, como de todo lo que es belleza, casi no se puede hablar. Hay que compenetrarse con ello, a lo que invito a todos, en su próxima exposición.

            Después de ver uno tras otro los cuadros de Padrón, se vuelve, bailándole a uno los colores sobre el trasfondo de la noche canaria, blanca y azul, noche de luna en el mar”.

                                                                                                                Mercedes González de Linares

            Otra de las mujeres que escribió en la revista sobre Antonio Padrón fue Gala de Reschko quien en el número 73, correspondiente a Enero de 1961, entrevista a varios pintores canarios para conocer su opinión sobre Velázquez. Comenta  Gala en la entrevista que Antonio responde a su pregunta sobre Velázquez: —Cuando estudiaba en la Escuela de Bellas Artes De San Fernando, visité el Museo Del Prado, como cualquiera de mis condiscípulos, y mis predilecciones fueron siempre encaminadas hacia los cuadros del Greco y los de Goya, no pudiendo decir lo mismo de los cuadros de Velázquez. El Greco me gusta porque su mundo es sobrehumano y místico, y lo inverosímil bajo sus pinceles cobra realidad y vida de forma extraordinaria. Goya, por el amor que profesa hacia la humanidad en un canto sublime, envolviendo lo que nace y lo que muere, como un fantasma que emerge en el mundo de los sueños, del reino de la naturaleza hasta la imaginación de los grandes poetas. Y de Velázquez me admiraba las entonaciones pastosas, para retener en el lienzo la atmósfera que flota alrededor de sus figuras, pero sin llegar a producirme ese estado de emoción que siempre he sentido ante un Greco o un Goya

                                                                                                                                      Gala de Reschko

            Íntima amiga de Antonio, fue Margarita Sanchez Brito. Meses antes de fallecer, yo la visitaba en su casa de Escaleritas y me contó que habiendo publicado en el periódico La Provincia-Diario de Las Palmas, donde ella trabajaba, apareció un día Antonio Padrón con un extraordinario cuadro en tonos grises y negros envuelto en papel de periódico, regalándoselo, ya que Margarita había publicado en la prensa un elogioso artículo de su última exposición. La última vez que vi con vida a mi amiga Margarita Sánchez Brito, ya muy enferma, guardaba en su sala el cuadro de Antonio Padrón al lado de otro de Chelín Reino.

            Estas mujeres fueron, aparte de escritoras y periodistas (Margarita fue la primera mujer con título universitario de la Escuela Oficial  de Periodismo), amigas especiales de un pintor del que todos los canarios nos sentimos deudores: Antonio Padrón .

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