44. Niños y cometas. Juan Baez

L A     C O M E T A

Juan Báez

            Corre una fresca brisa que al contacto con mi cuerpo le sienta bien, dándole energía  y contento. Desde mi privilegiada posición en esta tarde de verano puedo observar, en medio de vaivenes y mecimientos, las huertas y casas del cercano pueblo, la torre de la iglesia, las montañas y riscos de los alrededores, el azul del mar en la lejanía y el ancho barranco que  rodea el caserío y donde en una de sus laderas un grupo de chicos me gritan y jalean, tirando de la fina cuerda que me une a ellos, haciéndome dar giros, volteretas y caracolillos. El regocijo que me producen tales movimientos en complicidad con el aire que me sostiene es grande, y hace que me sienta orgullosa de ser la cometa que tanto había deseado el niño.

            Nací en un barranco. Si, allí en los cañaverales que pueblan sus orillas está mi origen. Comenzando el verano, los niños fueron a buscar cañas para construir cometas. Mi pequeño dueño eligió varias varas ya secas pero de gran flexibilidad. Luego en la casa, en el patio con la ayuda del padre, empezó un proceso que duró varios días. Comenzó con el cortado de la caña, astillado y selección de las tiras para formar mi esqueleto. Ahí, en la forma que yo iba a adquirir, hubo en principio cierta discrepancia, pero se impuso la opinión del niño, que quería una cometa hexagonal, grande, que volara airosa, pues la que había tenido en años anteriores en forma de rombo no  había satisfecho  su vuelo. 

            Mi esqueleto de caña, de generosas proporciones, fue montado con diversos apéndices de un recio cordel que cual venas, rodea mi entorno y une fuertemente el corazón de mi estructura. Mi cuerpo fue vestido con papel seda de varios colores, claro que en esto hubo también disparidad de opiniones entre los miembros de la familia, pues mi nacimiento es seguido por todos. Mientras el padre indica un solo color, la madre y el niño opinan que debe de ser de varios colores, como las vidrieras de la iglesia. Y así es, seis hermosos triángulos de vistosos colores adornan mi estampa. Para ello, de manera muy delicada, los distintos papeles son unidos entre sí  con un engrudo, así como al cordel de los extremos. Había que esperar a que la cola  se secara y fui depositada en un extremo del patio. En un momento determinado, el niño se acercó y comenzó a soplar sobre mí; pensé que me estaba probando para el vuelo, hasta que me di cuenta que soplaba para que el pegamento secara pronto, ¡tal era su deseo de verme volar! El hilo, que cual brazo me sujeta al niño en mi vuelo, fue comprado en la ferretería del pueblo, pues el que tenía de la cometa anterior era insuficiente dado el porte de mi hechura. Para terminar mi construcción, solo restaba añadirme la cola, o como dice la chiquillería, el rabo de la cometa. Para ello acudió el niño a casa de una tía costurera, que cosía para la calle, a buscar tiras de tela sobrantes de diversos tonos con las que confeccionar la vistosa cola, que da estabilidad y gracia a mi vuelo. 

            Una pequeña procesión de chiquillos acompañando al niño, se formó esta tarde desde la casa del pueblo hasta la ladera del barranco, cuando éste me ha sacado para realizar mi primer vuelo. Mi forma, mis colores, mi vistoso rabo, eran objeto de admiración, comentarios y  hasta envidia entre los pequeños.

            Así es como me encuentro en esta tarde de verano, desde las alturas, volando, contemplando el paisaje y el regocijo y la ilusión que despiertan en unos niños mis acrobacias, volteretas y movimientos, haciéndoles abstraerse por unos momentos de la  rígida realidad que en multitud de ocasiones rodea a la infancia.

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