47. Santiguadora II. Mª Dolores Pérez

UNA MUJER DE CIENCIA.

Lola May

            Sentada al borde de la cama, desmadejada, percibiendo las contracciones de mi útero, me sentía desvanecer. Después de cinco días sin poder dormir estaba muy cansada, sin fuerzas, debilitada. El llanto continuado de mi hijo recién nacido me estaba trastornando.  Dudaba si acostarme y ceder al sueño o esperar a la próxima toma. Mis dedos rozaron sin querer el sonajero y el suave tintineo me devolvió a casa sin saber cómo. 

*****************

            Languidecía la tarde y el visillo amortiguaba débilmente los últimos rayos de sol en aquella tarde de enero, dos días después de Reyes. La televisión presentaba la ‘Carta de Ajuste’ cuando vi entrar a mi padre y, dejando la labor en el regazo, le inquirí  con la mirada urgiéndole alguna novedad. Mi padre me dio la buena nueva con cierta vehemencia, exhalando junto a la alegría el ron que llevaba puesto. Al parecer había hecho una parada por la tienda de Pinito antes de llegar a casa.  

            —Tu madre ha tenido gemelos —dijo—. Una niña… ¡y un niño! —añadió con voz  atiplada, imprimiendo un desmedido énfasis al final, resultando casi  un sollozo.

            Sorprendida por la emotividad de mi padre, sentí un ligero rechazo. Mi feminismo incipiente detectó el absurdo de aquella necesidad que entendía de primate en los hombres que ansiaban la llegada del hijo varón.  Suspiré y le preparé café. 

            Rondaba mi madre los cuarenta años cuando vinieron al mundo mis hermanos más pequeños. Llegaban a un hogar humilde, donde ya había otros cinco hermanos, todas niñas, siendo yo la mayor y contando los catorce.  Durante un par de días atendí la casa hasta que llegó mi madre. Era una mujer de la época. Duramente trabajada. Las muchas horas en los almacenes de tomate como empaquetadora hizo que me instruyera en las labores del hogar para prestar mi cuidado cuando ella no estaba. De esta manera me convertí en la niñera de los gemelos cuando ella se incorporó a su trabajo. 

            Los niños crecían sanos, pero mi hermanito, algo más pequeño, no paraba de llorar. Recuerdo las largas horas de vigilia junto a mi madre. Y la preocupación de esta al saberlo algo más delicado. Mi padre se acercaba a la cuna y lo miraba largamente con sus ojos azules, entre complacido y acongojado, para después apremiar a mi madre con alguna solución.  

            Aquella tarde, a solas las dos, me dijo con gesto severo que estaba segura de que el niño sufría de “mal de ojo”. Yo, que ya me las prometía una mujer de ciencia, la miré con cierto desdén y le espeté:

            —¡¿Qué mal de ojo ni mal de ojo, má?!

            Así empezó mi madre a mandarme cada tarde, al oscurecer, a casa de Carmita la santiguadora con el pañal mojado de mi hermano. Ni que decir tiene que iba yo rezongando por lo que consideraba un absurdo de viejas.  

            Carmita vivía a quince minutos andando calle abajo. Estaba su casa enclavada en un callejoncito sin salida y tenía en su puerta una higuera. Muchas veces me dio un cestillo con higos recién cogidos “pa la casa”, como ella decía.  Mi madre y ella eran amigas desde hacía mucho y se servían mutuamente. En los días en los que mi padre se tardaba en volver de la tienda-cantina de Pinito, mi madre se iba a conversar con ella. Carmita siempre tenía un tema de conversación misterioso. Solía contar historias de ánimas y aparecidos. Era una mujer de edad indefinida. De tez hosca. Le sobresalían pelos en la barbilla y en el labio superior. Andaba desgarbada y su mirada inspiraba respeto. Siempre tenía puesto el delantal. Y sus manos eran gruesas. Usaba pantalón debajo del vestido y llevaba un pañuelo anudado en la garganta que parecía siempre habérsele caído hacía atrás desde la cabeza.

            Cuando yo entraba, ella ya sabía a qué iba. Se sentaba en la orilla de un camastro y me daba asiento a mí en una silla de formica. Entonces, se retiraba el pañuelo desanudándolo de la garganta. Se atusaba el pelo cano que llevaba recogido en un rolete sobre la nuca y, cogiendo el pañal orinado, empezaba su ritual siseando el rezo. Hacía cruces sobre el pañal y comenzaba a bostezar estrepitosamente. Con los ojos llorosos y bostezando acababa diciéndome siempre lo mismo.

            —Dile a tu madre que no deje a tu padre cerca del niño mucho tiempo. Ese mal de ojo es de tu padre. 

            Yo abría mucho los ojos. Y me preguntaba cómo era que podía saber aquella mujer esas cosas.  El caso es que el niño parecía mejorar de sus llantinas.  

******************

            La voz de mi marido, llamándome suavemente, me despertó.  Su mirada azul sobre el hijo en la cuna mostraba un hambre satisfecha. El niño comenzaba a despertar y ya avisaba llanto de nuevo. Miré el reloj  y comprobé que me había dormido por diez minutos.

            —Hoy estuve en la Casa Museo Antonio Padrón —me dijo—. Hemos estado colocando unos focos sobre unos cuadros. Es curioso como pintaba ese hombre. Los planos como sin perspectiva. A veces parece que los pintó un niño. Una cosa sí te digo, echar un vistazo a sus cuadros es como volver a cuando uno era niño: los cercados con las cucañas, la fruta en el mostrador de las tiendas,  los niños jugando…

            —Y, ¿viste el cuadro de la Santiguadora? —le pregunté en un impulso. 

            —¿Como?

            —Que tenemos que buscar a una santiguadora. Este niño tiene mal de ojo.   

                                                                                               Telde, a 5 de Agosto de 2020

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *