52. Niño con barco. Felicidad Batista

NIÑO CON BARCO

Felicidad Batista

‘Creo que toda la pintura, para serlo, tiene que ser poética. Si no hay

sentimiento en la pintura no hay nada’. Antonio Padrón

            La mañana soñaba con ser una noche donde la luna se reclinara. Los cirros se descolgaban como visillos del cielo y las nubes navegaban parsimoniosas. Las olas ronroneaban en la orilla sabedoras de musitar a coro la banda sonora del Atlántico. Los Alisios que jugaban con la arena y rizaban la piel del mar, también querían atrapar las velas con las que singlar lejos. Y tres barcas tomaban el sol en la playa. 

Al pasar vi al niño con el rostro inclinado sobre su regazo. De perfil, y sentado en una silla de madera de espaldar abierto al océano, observaba con detenimiento un pequeño velero entre sus manos. El viento no osaba enredarse entre su pelo azabache. Se apoyaba en una pared de colores verdes, rojizos, violáceos, ocres, y en medio la toalla granate colgaba como una soga de las que se anillan a los noray. Gotas de sol y jirones grises salpicaban su camiseta blanca. Concentrado, miraba la vela tumbada entre la cubierta y su pantalón corto rojo tinto. ¿Se había roto el mástil o solo estaba desencajado? ¿Seguía bien la botavara? Debía resistir el embate del oleaje y la urgencia de la brisa.

Alguien a quien no alcancé a ver, tal vez su madre o su abuela, lo llamó por su nombre: «¡Pepe Pablo, ven ya a la orilla!». Pero el chico no escuchó empeñado en arreglar su barquito, conocedor, quizá, de que los veleros son como los sueños. Hay que afilar bien la quilla para abrir caminitos en la mar; ajustar el velamen para que flamee hacia puertos deseados; afianzar el mástil para que guíe a la estrella polar si va al norte, o a la Cruz del Sur si le esperan los mares australes. Un derrotero, una brújula, un timón engrasado y salir a navegar. El niño con el barco solo quería izar la vela y ser marinero, capitán, lobo de mar, pirata que surcara por la playa azul. Tan azul que pareciera que el cielo nadara y tatuara su piel en el agua salada.

Me detuve. Quería contemplar como Pepe Pablo en su calma chicha lograba fijar el aparejo y ajustar la driza. Pero estaba lejos y no podía ver con precisión si ataba cabos o soñaba con los mares de Emilio Salgari. Entonces lo vislumbré. Un hombre bajo un sombrero, gafas de sol y bigote fino, se encontraba apostado frente a un caballete. Pincel entre los dedos y paleta de colores en la mano, pintaba sobre un lienzo. Parecía retener el instante de cielo y mar de añiles, violetas y celestes y de barcas tumbadas sobre el ocre y amarillo duna. Una parecía estar anclada al espaldar marrón de la silla y otra verde botella acercaba su proa a las rodillas del chico. Pintaba al pequeño con trazo delicado y le colgaba estelas de sombras y claros en su piel verde marino. Y en el giro de la mano y la mirada al infinito, supe que cazaba la luz y le ponía los aromas  salobres o dulzones de la pintura. De bermellón el casco del barco herido y de lava la cubierta. 

Pero los alisios no esperan y me empujaron océano adentro. Y no supe si el Niño con barco se echó a la mar ni si el pintor me llevó a su lienzo. Única nave que surcaba con mi velamen blanco, mi casco oscuro y la línea negra del horizonte sobre la punta de mi mástil tan cerca de la orilla de aquella playa canaria. 

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