56. Niños y Cometas. Pepe Godoy

LAS CARTAS VOLADORAS

Pepe Godoy

Contemplando este precioso lienzo he regresado a mi niñez. En él me veo retratado. Incluso, uno de los niños se parece un poco a mí; bueno, o yo me parezco a él. 

      ¡Qué suerte haber nacido en un pueblo! Soy de Bañaderos. Tuve muchos amigos. Formábamos una pandilla de chiquillos entre ocho y diez años. Los recuerdo a todos: Antonio, el hijo del zapatero; Juan, el hijo del médico, Juanito, el nieto de Catalinita: Ceferino “el rapadura”; Luis, el hermano del maestro; Lile, Achito y Pompo, hijos del practicante, y otros más. A veces hacíamos travesuras que ponían los nervios de punta a nuestros padres. Nos bañábamos en Los Charcones; subíamos a El Risco en busca de nidos; nos metíamos en las plataneras a robar plátanos maduros; subíamos al Lomo de Quintanilla a preparar chicle de tabaiba y comer tunos indios. Nos bañábamos desnudos en la cascada de agua que caía desde lo alto de El Risco y que luego la cantonera la volcaba en una acequia para regar las plataneras de El Arenal. Empapados, nos deslizábamos por aquel limoso tobogán donde las mujeres, un poco más abajo, hacían la colada. Con los brazos extendidos y los dedos entrelazados, como queriendo estrechar al límite nuestros cuerpecitos, pasábamos como cohetes bajo los puentes que formaban las lajas donde ellas restregaban la ropa. «¡Cualquier día se matan!», exclamaban, santiguándose. 

     ¡Cuánto nos divertíamos! En aquellos tiempos los juguetes no se compraban: los fabricábamos nosotros. Recuerdo los molinillos de corteza de eucalipto; las patinetas con ruedas de cojinetes que conseguíamos en el taller mecánico del padre de Pepito; las carruchas de madera; las camionetas de “verguilla” que pintábamos de rojo y cargábamos con los redondos frutos de una planta venenosa —que los Viera utilizaban para hacer jabón—, y que trasladábamos hasta un imaginario almacén de plátanos situado en un recodo del camino. 

     Y, sobre todo, construíamos cometas, como las de los niños del cuadro de mi recordado A. Padrón. A mí me enseñó hacerlas mi padre, que tenía muchas herramientas y sabía hacer de todo, incluso juguetes que duraban una eternidad. Cuando se estropeaban, los reparaba, nunca iban a la basura. 

     Mi casa tenía dos plantas y una azotea con espacio suficiente para echar a volar una cometa. Mi padre y yo las hacíamos con finas cañas, papel celofán y pegamento hecho con harina diluida en agua. Mi madre aportaba la cola, diseñada magistralmente con trocitos de tela de varios colores, como las corbatas de pajarita de papá. ¡Daba gusto verla cuando la cometa levantaba el vuelo! La cola era muy importante, ya que era la encargada de mantenerla recta para que la cometa no cabeceara y se precipitase a las plataneras. 

     La mayoría de los domingos que hacía buen tiempo, mi padre y yo, cometa en mano, subíamos a la azotea a echarla a volar. Por el movimiento de la ropa tendida, él sabía el momento adecuado. 

     —Tenemos que esperar a que sople más fuerte la brisa marina —me dijo. 

     Mi casa estaba cerca de la costa y desde la azotea veíamos el mar 

     —¿Cuándo lo sabremos? —le pregunté ilusionado.

     —Cuando las sábanas comiencen a agitarse con el viento. 

     No tuvimos que esperar mucho. Una fuerte ráfaga zarandeó fuertemente las sábanas. Parecían enormes gaviotas que quisiesen echarse a volar. Entonces colocamos la cometa en el suelo lo más alejada posible de nosotros. «Estírale bien la cola», me indicó papá. 

     Así lo hice. Con el hilo de la cometa enredada en la mano, mi padre levantó el brazo y comenzó a dar enérgicos tirones hacia atrás: «Levántate, cometa», le gritaba una y otra vez. En una de estas sacudidas, el juguete intentó levantarse sacudiendo la cabeza de un lado a otro como indicándonos que no quería jugar. Por fin alzó el vuelo, moviendo la preciosa cola como un péndulo. Pedía hilo y mi padre se lo daba. El ovillo era enorme: «Más de cien metros», me informó papá. La cometa ascendía cada vez más y a más velocidad. El ovillo llegó a su fin y mi padre lo ató al barandal. 

     —Vamos a escribir cartas voladoras —me dijo—, extrayendo un pequeño block del bolsillo, un lápiz y unas tijeras. 

     Ese juego era nuevo para mí.

     —¿A quién le vas a escribir? —le pregunté incrédulo.

     —A mi hermano Domingo que está en Cuba.

     —¿En Cuba …? Eso queda muy lejos.

     Mi padre arrancó una hoja. Con las tijeras le dio forma circular. Escribió unas palabras, le hizo un agujero redondito en el centro y un corte radial por donde introdujo la carta en el hilo. «Vete a Cuba, carta voladora», le gritó. Y para mi asombro, la carta de mi padre comenzó a ascender por el hilo. Llegando casi al final, se soltó y salió volando. 

     —¡Mira, papá: se ha soltado! —le dije.

     —Va camino de Cuba —me aclaró—. Ahora te toca a ti. Venga.

     —Pero papá, yo no tengo ningún hermano en cuba, ni ningún amigo. 

     —Escríbele a alguien de por aquí, a quien quieras decirle algo.

     Mi padre arrancó otra hoja. La redondeó. Le hizo el agujerito en el centro y el corte radial por donde introducirla en el hilo. Luego me dio la hoja y el lápiz. No quería que él viese lo que escribía y me fui al murete. No se la mostré, por mucho que me lo pidió. La inserté en el hilo, y mi carta comenzó a ascender rápidamente. Y al rato se echó a volar. 

     —¿A quién le escribiste? —quiso saber papá.

     —Es correspondencia privada —le dije.

     —Al menos dime quién es el destinatario. 

     —Es destinataria —le aclaré. 

     —¿Con nueve años tienes novia? Bendito sea Dios. ¡Ojalá tu madre no se entere! 

     No sé cómo, mamá se enteró de lo mío con Josefina. A partir de ese fatal momento se acabaron mis encuentros con Fefi en la plaza, las cartas voladoras y cualquier otra correspondencia. 

     —¡Dichosa cometa! —me dije.

Nota para mis lectores: Mi mensaje ponía: «Te quiero, Fefi». 

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