65. Trabajadores de plataneras. Pepa Marrero

TRABAJADORES DE PLATANERAS

Pepa Marrero


            Mi padre tenía los ojos azules y eso que poco miraba al cielo durante el día. Pasaba muchas horas con la espalda doblada, mirando la tierra. Tenía la piel tostada de andar entre los surcos al sol de cada día. Lo recuerdo incansable, removiendo la tierra con la raspadera, deshijando y bebiendo agua del porrón. Algunos días lo miraba desde la ventana de la cocina. Apoyaba la frente en la tela metálica verde y lo observaba, y lo admiraba y sentía una pena infinita. Me nacían deseos de que un golpe de suerte le diera un trabajo menos duro y mejor pagado. Papá se ponía cada mañana la camisa limpia que mi madre había lavado en la acequia y había tendido en el majano. Me gustaba acompañarla a recoger la ropa por la tarde y ayudarle a doblarla. Desprendía un aroma a rayos de sol que aún conservo en mi memoria. Las ropas de faena de papá tenían manchas de platanera que no se llevaba el agua de la acequia, ni los restregones en el lavadero, ni el jabón de suasto, ni el sol. Papá se enganchaba al cinturón la vaina con el cuchillo de cabo piezas después de desayunar una taza de café con leche y gofio con un trozo de queso. Nos daba un beso en la frente y cruzaba el patio. Eso era lo bueno del trabajo de papá, que siempre estaba cerca para cualquier cosa importante que nos surgiera. Nuestra casa estaba en el centro de las fincas de plataneras que papá cultivaba. Yo creo que estaba enamorado de su profesión porque si alguna vez le oí quejarse fue de lo mal que se pagaba. Sólo de eso, del salario establecido. El patrón había depositado en él toda su confianza, así que papá atendía las fincas como si fueran suyas. Tuvieron siempre un trato cordial y respetuoso. Él sabía cuándo había que regar, cuándo limpiar las hojas secas, colocar horcones, echar guano. Siempre en la tierra. En verano con el sol encima, en invierno con las piernas enterradas en el barro, el agua y el frío calando hasta sus entrañas. Cada día a las doce descansaba para almorzar, echaba una siesta y volvía al surco. Con el naife quitaba las bellotas a los racimos, que entonces yo no sabía que eran las flores de las plataneras. Por la tarde, cuando daba la hora de la suelta, se las picaba en el pesebre a las cabras para que comieran. Las cortaba con tal destreza que me quedaba embelesada mirándolo. Con la misma habilidad les picaba también los rolos. Cuando tocaba deschuflar mamá le decía que le preguntara al patrón si hacía falta gente para que contara con ella. Le pagaban un dinero que ella guardaba para algún diccionario, una libreta, un  cuento o algo que le hacía ilusión regalarnos. Lo que me rompía el corazón eran los días de corte. Papá era bajito y menudo. No sé cómo podía cargar aquellos racimos que pesaban casi tanto como él. Se echaba un racimo sobre el hombro cubierto con una manta gris doblada para amortiguar el dolor y atravesaba el interminable patio hasta el camino donde esperaba el transporte que los llevaría al almacén. El marcador le ayudaba a descargarse cada racimo en la caja del camión. Lo veía ir y venir, ir y venir, así durante muchas horas seguidas. Tanto es así que los días de corte almorzaba cuando se terminaban todos los racimos marcados para ese día, no había descanso, ni almuerzo, a lo más un porrón de agua que se iba bebiendo como se bebió la tierra el sudor de su frente.

            Antonio Padrón debió conocer muy bien a papá porque lo ha pintado tal cual, con su cansancio, su maestría, su fuerza. Hasta puedo percibir el olor a tierra y a hijos de platanera recién cortados.

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