69. Mujer con Jaula. Lola Vega

LA JAULA DE ORO

Lola Vega

            María se despertó cansada. Una noche más no había dormido bien. Últimamente era habitual, y las pastillas no hacían mucho efecto. Decidió que iba a dejar de tomarlas. Salió de la cama haciendo un gran esfuerzo mental. Descorrió las cortinas de los amplios ventanales del dormitorio y la luz del día la cegó por unos segundos. El sol de agosto lucía implacable.   

            De la planta baja le llegó un delicioso olor a café, por lo que se decidió a bajar. Desde la escalera oyó a Daniela trastear con los cacharros en la cocina. 

            —Buenos días Daniela —dijo al entrar en la estancia. Daniela dio un brinco. 

            —Buenos días señora. ¡Qué susto me ha dado! El café está listo, enseguida le preparo unas tostadas. 

            María salió al patio. La sensación de asfixia volvía a oprimirle el pecho y necesitaba aire. El canario cantaba en su jaula, aparentemente feliz. María se acercó a la pajarera y metió sus dedos entre los barrotes. El pajarito, inquieto, voló de un extremo al otro de la jaula en un amago infructuoso de escapar. María sonrió para sus adentros. —Fuera de esta jaula no sobrevirías ni un día —le susurró mientras apartaba sus dedos de los barrotes. Y regresó a la cocina. 

            —¿No desayunó el señor hoy?, ¿está de viaje? —le preguntó Daniela.

            —Carlos no ha dormido en casa. 

            Daniela la miró de reojo, reparando en las oscuras ojeras bajo los enormes ojos negros. Suspiró, y decidió que mejor era no preguntar más. 

            María se tomó su café en silencio, a la vez que daba mordisquitos a las tostadas. No siempre había sido infeliz. De hecho fue muy feliz hace años. Se casó con Carlos, su novio del bachillerato. Ambos formaban una pareja modelo: inteligentes, guapos, ricos y muy enamorados. Tuvieron tres hijos. María dejó su estudio de arquitectura en manos de su socia para centrarse en los niños, mientras Carlos se convertía en un empresario de éxito, con mucho tiempo para sus devaneos, y muy poco para su mujer. Y sin querer, o queriendo, se fueron alejando la una del otro hasta convertirse en dos desconocidos. La  melancolía crónica se apoderó  definitivamente de María cuando Luis, el tercero, se marchó a la universidad, quizás desde unos años antes, con los chicos en su adolescencia, haciéndose mayores. Ahora tenían sus propias vidas. Diego, el mayor, les había anunciado su boda el próximo  marzo. 

            La discusión con Carlos el día anterior la había dejado exhausta, porque ellos no solían discutir.  María tomó la decisión hace años de cerrar los ojos a los amoríos de Carlos. Él pagaba todas sus facturas sin pedirle justificación para no contradecirla, y ella no le pedía explicaciones sobre sus ausencias. Era el precio de vivir prisionera en la comodidad material de una jaula de oro. Pero con Cristina era diferente. Esa veinteañera  tonta estaba poniendo la vida de su marido, en plena crisis de los cincuenta, del revés. Se había enamorado y se iba a vivir con ella. 

            El café se le había quedado frío y las tostadas tiesas. Cogió el móvil y llamó a su socia al estudio. 

            —Hola Carol, a las doce pasaré por ahí. Abre las ventanas de mi despacho, necesitará ventilarse  —dijo sin ningún matiz de emoción en su voz. 

            —Te estaremos esperando. —Carol no parecía sorprendida. 

            María eligió cuidadosamente su outfit: un conjunto negro de Escada que tenía aún sin estrenar. Se calzó unos stilettosrojos y se maquilló cuidadosamente para disimular las ojeras. Resaltó los ojos con el eyeliner y se pintó los labios de rojo, a juego con los zapatos. Se miró en el espejo y, por primera vez desde hacía mucho tiempo, no le disgustó lo que vio. Se dijo a sí misma que no estaba nada mal para tener cincuenta. 

            —Voy al estudio, no me esperes a comer —le dijo a Daniela, que la miró de arriba abajo asombrada.  

            María atravesó el patio de camino hacia la cancela y reparó en el canario cantarín.  Se acercó a la jaula y abrió la puertilla. El pájaro se agitó y, por un instante, a María le pareció que la miraba agradecido con sus dos bolitas azabache, antes de escapar volando de su jaula.   

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