7. Paisaje. Teresa Ojeda Pérez

PAISAJE SUREÑO

Teresa Ojeda

El museo Antonio Padrón es un lugar mágico. Una vez que traspasas sus puertas, la elegancia de su edificio y la serena y sosegada paz de su patio y del pequeño jardín que lo hermosea, te sumerge en un espacio único.  A pesar de estar ubicado en la calle principal de la ciudad, la sensación que embarga al visitante es la de que se halla en un espacio sagrado. Al menos ese es mi sentimiento. 

La pintura de Antonio Padrón me encanta y no voy a reiterar los porqués cuando tantos expertos lo han explicado a lo largo del tiempo. 

Hoy, solo quiero contarles cómo, hace un par de años, me enamoré completamente de otro de sus cuadros, cuando desde muy joven pensaba que tenía elegido ya mi favorito y que jamás dejaría de serlo.

Todo comenzó un sábado, frío y húmedo. 

Pensando quitar un rato a la mañana, decidí acercarme al museo. La entrada era libre y no vi mejor manera de pasar el tiempo. Siempre me ha resultado agradable y lo visito a menudo. 

Nada más entrar, la guía se me acercó solícita, ya que en esos momentos no había nadie. 

–Hola. ¿Conoce el Museo? Puedo explicarle lo que desee de nuestro pintor.

–Oh, no se preocupe. Lo he recorrido muchas veces. Soy de aquí. Tuve la suerte de conocer a Antonio Padrón en persona. 

–¿De veras?

–Sí, claro. Y como la mayoría de las niñas de la época, lo admiraba. No creo que dejara a nadie indiferente. Recuerdo que deseaba que él me conociera, que me dijera alguna palabra amable. Me encantaba dibujar y ya sabe. La juventud…

Con esa explicación intenté alejarme de la guía, pues me gusta estar a solas con mis pensamientos, pero ella me siguió acompañando. 

Sin saber por qué, de pronto, me quedé frente al cuadro titulado paisaje sureño. Lo había visto muchas veces, de pasada. Nunca me había detenido demasiado frente a él pues mi amor incondicional es, y sigue siendo, para el cuadro de la niña de las mariposas, y hacia allí me dirigía. 

Aun así, algo extraño me mantuvo frente a aquel paisaje. No podía dejar de mirarlo. La guía me observaba y me dijo sonriendo.

            –Se nota que le gusta. Puede explicarme por qué. Acaso es su preferido. 

–No. Hasta ahora no lo era. No me había fijado en lo maravilloso que es. En la luz que irradia. Es… impresionante. Tengo que saborearlo.

–¿Sería tan amable de describirme lo que siente al contemplarlo?

–Lo intentaré —le dije pensando que me sería muy difícil hacerle llegar el cúmulo de emociones que me embargaban. 

En estos momentos tengo veintiún años —comencé diciendo—, y me dirijo a Mogán en un coche de línea. Siento calor y bajo la ventanilla, pero nada se mueve. Cuesta respirar dentro del vehículo. Son las siete de la tarde. Los aparceros ya se han ido a descansar después de una dura jornada. Las construcciones de cucañas se yerguen majestuosas asemejando un poblado indio, a la espera de que manos fuertes y callosas las elijan como las mejores para ser clavadas en la tierra y cumplan así su función de sostener las matas de tomateras. Huele a tierra reseca, ávida de absorber el líquido elemento, ansiosa porque la siembra comience y el agua recorra los surcos ya preparados. Es el comienzo de una nueva zafra. Un grupo de cabras desnutridas rebusca en el suelo con la esperanza de encontrar alguna brizna de la yerba del año pasado, y las tuneras intentan administrar las ultimas gotas de sabia hasta que llegue la nueva estación. Todo es paz, silencio. Deseo que el coche pare, bajarme y sentarme en una de las piedras que delimitan las parcelas. Quedarme ahí contemplando la luz de la tarde. Esto es lo que siento. Eso es lo que me transmite esta maravillosa pintura. 

Eso me ocurrió  hace unos años, no importa cuantos, en una mañana de un sábado cualquiera, en el que solo deseaba pasar un rato en paz en uno de los lugares de mi pueblo que considero mágico. Ahora, siento que marcó un antes y un después en mi vida, pues tengo dos maravillosos cuadros de mi vecino Antonio Padrón que siento míos. Solo míos. Es lo que ocurre con las artes, con todas las artes. Una vez que el artista las presenta al público dejan de pertenecerle y pasan a ser de exclusiva propiedad de todos aquellos que han quedado enamorados de su esencia.  

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