71. Cuevas. Coraima del Carmen Marrero

A TRAVÉS DE TU MIRADA

Coraima del Carmen Marrero Molina

            Estoy sentada delante de tu sala contemplando tu inmensa obra. Es una maravilla. El silencio se adentra y la emoción circula dentro de mí durante unos segundos… que se acaban convirtiendo en varios minutos. 

            Me voy a tu jardín y me siento en un banco a escuchar lo que me quieren transmitir tus pinturas, mientras oigo en el ambiente el sonido de la fuente simultáneamente con los pájaros piando. Es un momento único e irrepetible. Enciendo el ordenador para continuar visualizando el resto de tus cuadros que no se encuentran físicamente aquí. Todos me hablan. Todos son escuchados. Todos quieren estar presentes en tu Centenario. ¡Qué difícil para mí seleccionar uno!

            En toda su iconografía se puede presenciar una temática amplia y variada, destacando la fauna y la flora, los paisajes, las brujas y las santiguadoras, el hombre del mar y el hombre del campo, que se centran en la misma idea: la exposición del mundo primitivo insular. Así, su simbiosis artística estuvo conformada por su gente y su tierra, a las que siempre estuvo vinculado estrechamente. “Pinto por vocación y devoción. Es lo único que tiene razón de ser en mi vida”.

            El anhelo de estudiar y reflexionar sobre sus raíces, lo llevó a la búsqueda de unas señas de identidad que se pueden observar en la última etapa de su obra ancestral.

            Cuevas, según te vi, mi mirada se quedó perpleja al contemplarte… o quizás son ustedes mismas las que me observan a mí a través de esas ventanas de grandes dimensiones cuales ojos que me invitan a apreciar la visión de presente enfocada desde una perspectiva de etapa aborigen canaria. A través de esta caverna, Antonio Padrón nos enseña el mundo en sus orígenes, simbolizando la cueva como seno materno y lugar donde se gesta la vida.   Esta cueva con sentido antropomórfico cuenta con cinco figuras femeninas que están elaborando vasijas o cuencos de barro para depositar la leche de, posiblemente, las tres cabras que se encuentran con ellas. De esta forma, esta casa-cueva con sus alfareras, me llevan a un rincón de Risco Caído, junto a sus Montañas Sagradas, situadas en el fondo pictórico, que simulan el entorno y el hábitat de ese mundo prehispánico, que en la actualidad conservamos en la mencionada zona.

            El paisaje es un presente del pasado. La presencia de las mujeres rurales nos recuerda lo importante que han sido a lo largo del tiempo, pero que han estado y continúan estando mínimamente reconocidas. Sin embargo, debemos tener presente que, más allá de desempeñar las tareas del hogar y ocuparse de actividades laborales no valoradas, han preservado la tradición y la cultura de nuestra tierra, así como sus costumbres y el legado de nuestros antepasados. No obstante, ellas siempre han tenido esa magua por conseguir un reconocimiento importante dentro de las diferentes sociedades que han transcurrido a lo largo de la historia. O, quizás, como versaba Antonio Padrón en El canarito:

“No quiero tenerte magua,

no quiero verte llorar,

le abro la puerta a la jaula, 

te entrego tu libertad”.

            Historia y memoria: dos términos diferentes que se vinculan para recordar un pasado vivido por el hombre en un tiempo preciso y en un espacio determinado, y que repercuten en el presente a partir de los restos o vestigios que los mismos han dejado. Esta cueva aborigen de Antonio Padrón abarca una gran personalidad, que hace que una espectadora como yo, me comunique con la historia y su evolución. Para comprender el presente, primero hay que entender el pasado.

            A través de la mirada padroniana, pasado y presente se unifican. 

¡FELIZ CENTENARIO, ANTONIO!

¡NOS VEMOS EN TU CASA-MUSEO!

10 de agosto de 2020.

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