73. Echadora de cartas I. Aldara Santana

EL SOLILOQUIO DE LA ECHADORA

Aldara Santana González

Desdichado el ser que ansía respuestas del azar.

Los momentos de bonanza no albergan misterios.

Las dudas, en ciclos de buena ventura, tan solo, no existen.

Empero, cuando fondean la pena y la angustia en un mar de calma, no basta con explorar el fuero interno. Elucubramos sobre los porqués, sin hallar palabras que apacigüen el alma.

Tal vez, sólo tal vez, yo, que leo cartas que no tienen letras, posea el ungüento que sane sus lastimadas existencias.

Semblantes tristes, voces ahogadas y manos temblorosas han pasado ante mis ojos. Quisiera decir que puedo contarlos por cientos, pero es más honesto admitir que hace muchas lunas que perdí la cuenta.

—“¿Es mi amor correspondido?”

—“¿Por qué no me saca a bailar?”

—“¿Es ella buena para mi hijo?”

—“¿Volverá sano y salvo de la mar?”

Como una rutina perpetua, los interrogantes siempre implican a otros no presentes y yo, guardo sus secretos como si mi haber dependiera de ello.

Hay quien no comprende que la sentencia que se dicta en mi mesa es inmutable. –“Eso no puede ser, échalas otra vez”. Me repiten cada tarde. No acuden a este hogar para escuchar crudezas, buscan un consuelo que en ocasiones no les puedo dar. 

¡Ay de mí! Si pudiese agradar a todos y marcarles el camino de la prosperidad

Si el destino que sugieren las cartas no es de su agrado, dejo caer mi velo de echadora y vuelvo a ser madre, amiga, hija, vecina… Un regazo sobre el que deshacer nudos, un oído atento, una voz serena, unas manos que confortan…

Y cuando el cielo se vuelve oscuro, guardo mis herramientas. Concluye una jornada más de penas y alegrías, sin embargo, ¿quién escucha las mías? Me conformo con la nube que tengo por almohada y las estrellas por techo. 

Por fin, silencio.

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