75. La tienda. Ana María Martín

DOS MUJERES Y UNA TIENDA

Ana María Martín González

En la vida y en la obra del pintor grancanario Antonio Padrón es posible

 reconocer la impronta del misterio…    

 José Gregorio González.

Me comenzó a interesar la pintura de Antonio Padrón a raíz de un anuncio en el periódico en el año 2017:

http://www.guiadegrancanaria.org/gif/cabecera_jm_valdivia.jpg

“Una familia estadounidense de ascendencia grancanaria dona al Cabildo tres valiosos cuadros del indigenista Antonio Padrón”

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 “A un año de alcanzar el 50 aniversario del fallecimiento de Antonio Padrón (1920-1968), trasciende ahora que otros tres cuadros suyos, cuyo paradero se desconocía, se encuentran en Miami. Se trata de tres óleos, dos de ellos sobre cartón, y un tercero sobre masonita, que conserva la familia Suárez-Galván Guerra, de ascendencia galdense y guiense, emparentada con el artista. El pintor indigenista les regaló los cuadros en la primera década de los años 50, según cuentan diversos miembros de la misma familia, en particular Victoria Suárez-Galván, que los conserva en su domicilio de la capital de Florida. De acuerdo con el resto de su familia, ella acaba de anunciar su voluntad de donarlos inmediatamente a la casa museo del artista en Gáldar…”

            Al pintor Antonio Padrón se le conoce como un pintor expresionista, aunque él se definía como “expresionista sin desgarraduras”. En su pintura observo la influencia de Picasso y de la época azul. De todas formas su estilo es diferente, propio.  

            He elegido para mi relato el cuadro “La tienda”. Imagen típica de las antiguas tiendas de comestibles, denominadas también de “aceite y vinagre”. No tiene el tono oscuro y canelo que las caracterizaba, sino un colorido alegre. 

            Enmarcadas por dos racimos de plátanos, dos mujeres idénticas, impasibles, miran a una inexistente cámara. Solo las diferencia el color de la vestimenta. La mayor, vestida de luto, las cejas quizás más pobladas y los ojos apenas más pequeños. La joven, con colores claros. Ambas, con pañuelo, típico de la mujer campesina. Deduzco que el cuadro hace referencia a una tienda de pueblo, de nuestra isla de Gran Canaria. 

            También aparecen en el cuadro otras frutas maduras y apetitosas como son el papayo, partido por la mitad. y otros frutos rojos. En el extremo inferior izquierdo, un queso grande al que le falta un trozo. El queso no podía faltar en los mostradores de las tiendas.

            La fruta, siempre fresquísima, se escalonaba en cajas de madera. Las legumbres secas se organizaban en sacos, garbanzos, judías, lentejas, arroz, y se vendían a granel. Un cuarto kilo, medio kilo… Los frutos secos también se vendían a granel, dátiles, higos secos, almendras.

            Para guardar por ejemplo, el queso tierno y otros productos perecederos, tenían una nevera de madera, no tenían aún eléctrica. A diario les traían el hielo, lo cargaban al hombro, un gran bloque con el que la alimentaban.

            Era una época sin plásticos. Salvo el aceite y el petróleo, que había que traer la botella de cristal de casa, el resto se envolvía en papel de estraza. Solían tenerlo cortado a una medida estándar sobre el mostrador y de ahí se cogía para servir el género.

            El pan lo traía fresco todos los días el panadero y se mantenía en sacos de papel, de ahí se le daba a la clientela que solían traer bolsas de tela para llevarlo.

            Un gran mostrador adosado al suelo y estanterías de madera, eran el mobiliario principal de la tienda. Aparte de comestibles, vendían de todo: hilos, zapatos, material de ferretería, etc…, todo lo que la clientela les demandaba.

            Había un orden de llegada para comprar, salvo que alguien tuviera prisa y quisiera una sola cosa, se le daba la vez.

            Los tenderos no llevaban orden de llegada, solían preguntar a quién le tocaba el turno. A veces solían hacerse los locos, sobre todo cuando iba alguien que pagaba en efectivo, pues normalmente se vendía de fiado.

            Las mujeres eran las que normalmente hacían la compra, raras veces los hombres. Los niños también aparecían enviados por sus madres para cualquier emergencia, las tiendas estaban cercanas, no había tráfico, ni peligro. 

            También había mucha humanidad en esas tiendas. El fiado, era una práctica normal. La gente compraba y no pagaba en el acto. El tendero anotaba en un libro de Contabilidad, tipo ‘Debe y Haber’  la compra realizada,  y al usuario se le anotaba en su libreta, que era  como controlaba los gastos y sabía lo que debía. Según lo acordado se pagaba por semana o bien se entregaban cantidades a cuenta.  

            ¡Cuántas historias, anécdotas y chismes guardan esas tiendas!

            —¡Cristiano, no se da cuenta que le han metido ya dos goles! El hombre azorado miraba a la parroquiana. 

            —¡Tranquilízate Manuela, que ya lo atiendo yo —le decía Carmelita, la tendera.

            ¿Y los niños? ya sabemos que ellos siempre tienen prisa:

            —¡Carmelita! Que dice mi madre que me haga un bocadillo de queso tierno y un clipper, y que se lo apunte. 

            —¡Eh, niño! Espera la vez, que yo también tengo prisa —gritaba una clienta.

            —Pero Maruca —decía la tendera— ¿qué tardo yo en hacerle un bocadillo? La madre con tanto chiquillo, no puede venir y se le hace tarde para la escuela.

            —¡Carmelita!, que solo le pidió un bocadillo y le está poniendo otro pan. 

            —¡Cállate!, le pongo también conserva de membrillo. Verás tú cuantos bocadillos saca de aquí la madre.

            En el barrio se conocían todos los vecinos. Los tenderos sabían a quién darle fiado y a quién no, que caraduras siempre los ha habido. 

            Era un sitio de encuentro. Mientras esperaban que se les atendiera, se charlaba, se contaban remedios caseros y se comentaban las próximas bodas, bautizos, fiestas… Las modistas guardaban en secreto los trajes de sus clientas para el evento. En fin, un mundo en miniatura. El psicólogo no existía. Los problemas lo solucionaban hablando o consultándose entre ellos.

            Los hombres también tenían su rincón en la tienda, después del trabajo solían reunirse en un rincón apartado para tomarse unos rones. El tendero también se daba un descanso y se unía a la tertulia mientras les servía unas jareas, chorizo de Teror, que lo quemaban con alcohol, pan bizcochado… Todo esto horas antes del cierre, que solía ser sobre las diez de la noche.

            En esa época no existían los psiquiatras, no hacían falta, todo se solucionaba en la tienda, la gente se veía y hablaba, se contaba las penas y entre uno y otros buscaban la solución. Los vecinos estaban unidos y había mucho respeto. Eran, otros tiempos.

FIN

Bibliografía: (las notas del periódico):

Guía de Gran Canaria Ciudad de Guía

Amado Moreno  

La cita sacada de este enlace:

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