81. Paisaje. Echedey Medina

UN VIAJE DEFINITIVO A VECINDARIO

Echedey Medina

            El viaje como estructura interna desestabiliza la quietud del alma. Los picos de la nieve de la cumbre no pueden sentir el riesgo y el fuego que rodea la simiente del monte, y el que emprende el viaje no puede esperar de él tal o cual beneficio, tal o cual meta. Sin propósito como sin esfuerzo, el viaje empieza siendo uno y acaba siendo muchos, otro o ninguno.

            La rutina de la quietud del alma se mece en el espejo de la laxitud que se muestra a veces en la desidia de las bocas, en ciertos silencios y en un encorvarse hacia abajo, hacia la tierra como un ovillo de sol. Por eso el viaje desestabiliza los cuerpos momios e inertes en el sentido de que es un querer apropiarse o acapararse en el paisaje como algo interno e íntimo. No es la certeza de que el paisaje le pertenece a uno, sino que uno ha sido puesto y salpicado en el paisaje como un acrílico salpica el lienzo y deja su rastro en la lámina. La revisión de los paisajes conocidos propicia un nuevo desconocimiento. La coronación del misterio de una nueva incertidumbre. La debilidad o la quiebra de un ego, o de un fragmento del ego. El misterio sume al viajero en una niebla de pesadilla que es tan sorda como evidente. Sin embargo, el viajero no quiere reconocer su debilidad y puede ocasionar un choque entre los paisajes interiorizados y los nuevos paisajes, tanteando las paredes sin fin conocido como un ciego tantea las avenidas.

            Una cosa es clara. El viaje cambia al viajero y transforma sus hábitos. Por su naturaleza errante, el nomadismo del viaje es la más eficiente prueba de que nunca se es más que para un instante. Ni para uno mismo ni para una tierra propia. Una vez leí la historia de un buque fantasma que cada noche hacía el mismo error de romperse en una escollera y cada noche un muchacho trataba en vano de corregir el rumbo del viejo buque escorado para que no fuera hacia su destino, la travesía hacia la muerte. De la misma manera, la búsqueda mística me ha hecho subir a la montaña eternamente desde que empecé. Aún no he parado. Durante años me he empeñado en subir y subir, Dios mío, hasta arriba, para liberarme de algo que creía que no existía en las alturas. Pero no hallé arriba más pureza que abajo, ni un aire más limpio, ni siquiera sentí la famosa satisfacción del trabajo realizado, la estafa esa de la meta y su recompensa. Al ver que arriba no hay nada que no haya abajo, he vuelto a los topónimos, a la tierra cuyos ojos me habían sido negados antes de irme de la isla. Volví de Chile en agosto pero realmente no había ido volviendo del todo hasta el viaje definitivo a Vecindario. Fue el cúmulo de un regreso a la isla que había olvidado; cuando alcé mi caminar, antes encorvado hacia la tierra, descubrí un paisa(na)je en el que había sido botado nadie sabe por qué, pero que sin duda era mío, era parte de mi mundo de una forma extraña.

            Por eso, la estética del viajero es inédita, siempre confusa. A los lectores se nos suelen ir desvelando como una tela de cataratas los misterios que tenemos ante nuestros ojos solamente cuando entramos en la crisis de la desidia y la depresión, cuando la poesía no es sino el recuerdo de una vieja amante que ya no nos conmueve. Entonces el trasfondo está delante de nuestros ojos, en la aparente superficie. Así, provisoriamente, la expresión es la forma más inútil de desear algo; dicho de otro modo, no hallé nada útil en la poesía hasta que no esperé nada de ella. La poesía ni paga guaguas ni otorga recompensas a sus nómadas usuarios. Errantes y condenados a las escolleras, como el buque fantasma, los artistas casi nunca se sienten satisfechos. Para mí, la poesía llega cuando la satisfacción es plena, es decir, cuando el deseo es nulo. Para mí, la belleza es este ir y venir perpetuo cabizbajo al paisaje de pasos esféricos y bajadas sin vuelta.

 He iniciado el viaje porque me fui de la isla y luego la recorrí bordeándola. Por eso he podido ver el paisaje. 

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