82. Echadora de cartas I. Fernando Fernández

LE PESABA LA VIDA

Fernando Fernández Fuertes

En su casa todas las mujeres le cuidaban y le querían, pero no era suficiente, algo faltaba y hacía que su sueño no cuajara, que anduviera inquieto y que sus ocres fueran más pardos.

No estaba bien, aunque todo le fuera bien. 

Sus tías ya desde pequeño se lo decían a todos los hermanos, que no se acercaran a casa de Rita, que aunque no fuera bruja, cerca andaba de ellas. Que si la veía por si acaso cantase en bajo: 

Canta el gallo blanco, cal y canto.

Canta el gallo rubio, cal y entullo.

Canta el gallo negro,

¡juria para el infierno! 

Pero a él le llamaba aquella mujer callada de ojos de ámbar demasiado claros, como de fiera o de loca, que decían que te echaba las cartas para decirte lo que te iba a pasar

Cuando Rita te miraba no te veía, te traspasaba, miraba hacia delante y tú estabas allí pero no importaba, porque ella cogía un poquito del mañana en el que tú estuvieras y te lo enseñaba. Que te gustara o no, eso no iba a cambiar su forma de actuar, tú habías ido a su casa y ella te enseñaba lo que las cartas le decían.

Aquella tarde de septiembre se decidió, subió por La Atalaya y entre tuneras llenas de cochinilla llegó a la casa de Rita. Entró en su patio blanco, abierto a la ladera y al mar, y en un silencio en el que solo se oía el zumbar de las moscas la mirada dorada de Rita le invitó a sentarse en el suelo junto a ella. Sacó la baraja y sin palabras mezcló las cartas y empezó su tirada.

La primera carta, el cuatro de espadas. Rita no decía nada, miraba la carta como si fuese las cuatro esquinas de una cama, o de un féretro pensaba él, pero empezó a decir lentamente: “Debes descansar porque necesitarás tus fuerzas. Crear te está secando”

Él no dijo nada, casi no respiraba.

Echó la segunda carta. El dos de oros. Rita se hizo madre, sus ojos dorados reflejaron algo de amor, de caricia: “Mi niño, hay muchas piedras en tu camino, pero tu trabajo brillará como el sol”.

Y siguió con su tirada, sería, concentrada. El seis de bastos. Rita miró la carta, sin decir nada varios minutos, a él su corazón galopaba como un cabello, pero escogió otra carta sin decir nada. 

El tres de copas. 

Respiró lentamente y mirando a la nada a través de la puerta de su patio dijo: “Serás recordado siempre”.

Enigmática, como flotando entre la cal de las paredes y los geranios plantados en latas de aceite. 

No sabía que pensar, no era nada malo, ni bueno.

Pero algo dentro de él hervía y se revolvía como el rabo de una lagartija.

Su futuro parecía claro, con trabajos y baches, pero saldría adelante, saldría bien, le conocerían, pero él también quería saber de familia, de viajes, de amores… Y Rita no había dicho nada de eso.

Él no sabía qué pensar, qué decir, su mente estallaba como el mar en la costa. Mirando las cartas le preguntó: “Rita, todo esto… está bien, pero ¿qué va a ser de mi vida?”

En ese momento el gallo negro de Rita se paseó por el patio, lentamente, con la cabeza estirada y su cresta roja. Y le miró.   

Y en ese momento lo entendió, hundió su cara entre sus rodillas ovillándose y Antonio lloró por una vida que no tendría.

En la mano de Rita estaba la sota de copas, la mujer de tez clara que necesita el amor para vivir.

Ella misma.

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