88. Paisaje. Sebastián Quintana

CAÑAS EN EL SUR

Sebastián Quintana

Foto fija que cimbrea en mis recuerdos de niñez. Tórridas mañanas de brisa y sequedad camino de un día de playa en agosto. En el horizonte, mientras el viejo coche familiar atravesaba la carretera general, en aquellas casetas de indio imaginaba escenas de aventura, bailes en torno a  hogueras, gritos de armisticio y guerrea.

Creía ver niños jugando a pintarse líneas en la cara, con plumas en la cabeza y trotando al viento de siroco, asidos fuertemente a la crin de un caballo. 

Imaginación de un niño con pensamientos limpios de  rostro pálido. Desconocedor de aquella realidad que, años después, se revelaría. Los trazos de Antonio Padrón descubren la soledad, la propia y la que le circunda; la marginalidad, la vida de supervivencia de mujeres, hombres y niños que vegetaban con sus congéneres. Es probable que también la suya propia. Lo servido por lo comido. Migajas. La esclavitud en forma de invernaderos de cada verano. Una tierra yerta de seres con surcos tan profundos como su propio silencio. 

Padrón rasga así con su pincel una verdad enterrada bajo la polvorienta tierra del sureste. Su agreste cromatismo muestra el designio de la denuncia. Vidas planas de subsistencia en manos henchidas por las ataduras de terrateniente. Y desgarra queriendo sin querer la idílica escena de un infante que pasaba por allí cada verano, con la ventanilla baja, mientras el viento lagrimaba su atisbo en su tribu de rostros pálidos en pie de paz.

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