9. Campesina. Guacimara Delgado

CAMPESINA

Guacimara Delgado Quintana

Pasar por delante de ella y no pararme un momento me resultó imposible. Ahí estaba ella, sentada, mirándome a través del tiempo y del espacio, con su pañuelo negro en la cabeza, anudado al cuello con ese jeito que solo tienen las que se lo han puesto una y mil veces, esperando con las manos cruzadas sobre el vientre, una postura familiar que tantas veces de niña vi repetir a mi abuela, y antes que a ella, a mi bisabuela.

En su regazo, un cuenco lleno de granos de cebada listos para tostar. La cebada, recogida en el último solsticio de verano, es un poquito que se pudo permitir apartar para llevar a casa, solo unos pocos granos que no se vendieron al molinero y que no se guardaron en la cueva para la sembrar en la próxima cosecha, después de las primeras lluvias. 

Aprovechó un ratito para sentarse y tostar el grano, antes de que él llegue, como cada tarde, con la leche de las cabras para hacer el queso. Pensando está en que tendría que apartar tres escudillas de leche para la cena, no más, para que no se note demasiado en el tamaño del queso, y que luego Don Severino no se lo quiera comprar por ser demasiado pequeño. Sacaría el pan y el queso que tenía guardado para matar el jilorio, que por la noche los niños llegan muertos de hambre. Menos mal que ayer amasó y aún le queda un pan completo….

Que contentos se podrían todos al llegar a casa y oler a cebada recién tostada y molida en aquel viejo molino de piedra circular que fue un regalo de bodas de su padre, que lo compró hacía muchísimos años en aquel barrio lejano del interior de la isla, del que no consigue recordar el nombre, cuando ella aún era una niña. Algunos recuerdos se han borrado, pero el olor a cebada le sigue trayendo a la memoria con total nitidez, a su padre, sentado a la mesa, con la escudilla delante, comiendo, en silencio, a la luz de la lámpara de petróleo, y a su madre, en el patio, dando vuelta al molino con las últimas luces del día. Aún parece estar oyendo el ruido de las piedras al rodar una sobre otra, y el olor… que olor.

Son pocos los momentos que tiene para sentarse, pero cuando lo hace, por poquito tiempo que sea, siempre se quita los zapatos. Eso lo heredó de su abuela Panchita, que no soportaba llevar zapatos. Contaba su abuela que los primeros zapatos se los regalaron cuando ya contaba con dieciséis años, y tuvo que ir con su madre a la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Se los puso ese día, y ya no quiso ponérselos más de las heridas que le hicieron. Sus pies, grandes y fuertes, no estaban hechos para llevar zapatos, eso repetía su abuela cada vez que le preguntaban. Y ella, además de heredar el nombre, también heredó los pies de su abuela, unos pies que no atendían a razones, ataduras ni encorsetamientos. 

Cada vez que paso por aquí la miro y ella me mira. Son tantísimas las cosas que tiene que contar que me resulta imposible no pararme un ratito para contemplar embelesada como cuenta su historia, su pasado, su presente, y como tiende los puentes hacia el futuro, que es mi presente. Tan distinto, pero en esencia, tan igual. 

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