91. Mujer con jaula. Luis Fernado Fernández

MUJER CON JAULA

Fernando Fernández Fuertes

            La señorita Águeda parecía no tener edad. Siempre la recordaba igual. Alta, delgada, de tez morena, vestida de negro y callada. En realidad, más que callada ululaba como una lechuza, siempre en susurros. Todo lo decía con los ojos, dos carbones encendidos que te seguían por donde fueras y su aspereza te hacía mermar y escapar en silencio de su presencia.

            Su casa era oscura y fresca, y olía a galletas y jabón de lavanda, y a café, que siempre estaba dispuesto para invitar. En cualquier rincón siempre había un suspiro ahogado, una queja, una historia que nunca se terminaba de contar. Y la jaula, siempre presente en una esquina del salón, la jaula.

            Vivía en una casa cerca de la iglesia de Santiago con su madre Minga, en una casa esquinera con una galería acristalada de color rojo inglés. Su padre se había dedicado a las plataneras y había muerto, y la historia de su muerte cambiaba según el día en que lo contaba Minga, pero Águeda era una niña alegre, demasiado alta y delgada, pero una pollita casadera en pocos años. Era amiga de mi hermana Lola, y por ella sabíamos de su vida. Yo la veía en los veranos de mis vacaciones y después de año en año cuando volvía del Servicio Militar o de haber vivido en Madrid. Y hubo un momento en que me pareció que dejó de envejecer. Mi hermana Lola me contó su historia. 

            Después de la Guerra Civil apareció por Gáldar un asturiano, Ismael el zurdo. Alto, de ojos verdes, de pelo liso y arrubiado, siempre muy limpio y con la camisa arremangada, casi siempre llevaba una brizna de yerba entre los dientes; jugaba con ella y sonreía torciendo la boca a la izquierda y frunciendo las cejas juntándolas en medio de la frente. Alquiló un local de Minga por donde el barranco y allí montó una carpintería. Tenía mano para la madera. Empezó a hablar con Águeda cuando iba a pagar las 4 pesetas del alquiler. Decía mi hermana Lola que Águeda sonreía más aquellos días. A ella le gustaba que le hablara como a una mujer y no como a una niña, que olía a madera de pino y a trementina que usaba para quitar los barnices viejos, y que siempre sonreía.

            Aunque a Minga no le gustaba, porque a Minga no le gustaba nadie que no fuera de los hijos de los señores que frecuentaban el Casino, a Águeda le brillaban los ojos y el alma cuando veía por la plaza a Ismael. Él le contó que era de Mieres, que había vivido la Revolución de Asturias en octubre del 34 porque creía en la Comuna Obrera, pero que cuando terminó todo tuvo que escapar lejos, y que llegó allí, a Canarias, y que la conoció a ella.

            Le hablaba de cosas que ella no entendía bien, del poder de la clase trabajadora, de la igualdad social y de mujeres iguales a los hombres, de Clara Campoamor y de Federica Montseny. A Águeda estas ideas le daban a la vez miedo y curiosidad, y le gustaba escucharle, y se le fue metiendo un veneno dentro de ella de leer más, de saber más, de ser más.

            Un dia le regaló un canario amarillo con una jaula que había hecho con palos de pino de su carpintería. Cantaba con cada rayo de luz y era la alegría de la casa. La jaula siempre estaba limpia, con agua fresca, alpiste y una hoja de lechuga para que a Crispín, que así llamó al canario, no le faltase de nada. Y Crispín respondía con mil trinos de sol a sol, alegrando la casa y el corazón de Águeda.

            Pero Ismael el zurdo era un hombre que no buscaba conflictos, peor no los rehuía, y alguna gente del pueblo se enfrentaba a él por su pasado que le había perseguido desde Asturias. Tres veces destrozaron la carpintería y una vez le dieron una paliza que casi le matan dejándole sin poder moverse en unas plataneras camino de El Agujero. Le dejaron inútil la mano izquierda, se la aplastaron con una piedra, y de paso le dejaron inútil la vida. Ismael ya no fue nunca el mismo, y Águeda tampoco.

            Lola dice que un día Ismael se fue; en Semana Santa del 49 se embarcó en Las Palmas en un velero, La Elvira, que junto a otros 100 emigraban ilegales a Venezuela. Tuvo que pagar 4000 pesetas, que era la dote de Águeda, pero ella sabía que si Ismael se quedaba no tendría boda y si se iba, tampoco. Águeda pasó mucho tiempo sin saber de Ismael hasta que recibió una carta, le contaba que casi les apresa la guardia civil al salir del Puerto de La Luz, que tuvieron que hacer un motín a bordo para evitar que el capitán, que no paraba de fumar, volviera a puerto, y que pasaron mucha hambre, y que tras más de un mes de sol, sed, hambre y pesadillas, llegaron a tierra de Venezuela, y lo primero que comieron fue una fruta que olía a trementina, como las tardes entre ellos, que los de allí llamaban mangos. Eso fue lo que Águeda le contó a Lola y Lola a nosotros.

            Desde entonces, Águeda sigue igual. Alta, delgada, de tez morena, vestida de negro y callada, con los ojos negros, aunque mas apagados, pero sin envejecer. Sin que la edad pase por ella. Como una joven viuda.

Y con la jaula del canario en la esquina del salón, siempre con su agua fresca, su alpiste y su hoja de lechuga, y el canario amarillo muerto y seco en el suelo de la jaula. 

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