97. Pintura. Carmelo González (Izan)

Pintura

LAS MUSAS, MI PLUMA Y YO

Carmelo González (Izan)

            En este momento, observo con detenimiento una pintura catalogada como abstracta del artista canario Antonio Padrón. Advierto en ella una pluma deteriorada, tinta derramada, folios arrugados sobre el escritorio, una regla medio torcida y un tintero ansioso de regalar su contenido. Y mira por dónde, las musas aprovechan mi lapsus mental para atacar mi caja de las letras indicándome que está vacía y algo tendré que hacer para que tenga contenido.

            —Es el momento de ponerse en marcha —me dicen las musas.

            —Ustedes están locas —les contesto.

            —Hace mucho tiempo que no escribes, Izan, y no te lo perdonamos. ¡¡¡Anda, anímate!!! Tienes delante de ti un maravilloso cuadro, no desperdicies esta oportunidad.

            La pluma, que oyó lo que decían las tres musas, automáticamente reaccionó diciendo:

            —Ni me mires, estoy muy enfadada contigo. Hace mucho que me tienes abandonada, no tienes excusa. Sabes lo que me gusta disfrutar de la escritura, y aquí estoy totalmente deteriorada.

            —Discúlpame por haberte abandonado durante este período —respondo conciliador.

            Entretanto, saco el tintero de una gaveta, lo destapo y me dispongo a cargar de tinta la pluma, no sin antes tomarla entre mis manos y darle todos los mimos que ella se merece. Una vez limpia, le inyecto la tinta en el receptáculo apropiado para ello. Las musas, mientras, cuchichean entre sí dándole ánimo a la pluma.

            —Es probable que ya esté cargada —digo entre dientes. Aunque no estoy completamente seguro, pues no logro ver el líquido azul en el depósito. Me entristezco, pero las musas me jalean para que siga adelante.

            —Cuidado, no me asfixies —protesta la pluma.

            —Debo confesarte algo; en este momento, desconozco el oxígeno que debo insuflarte para que recuperes tu alegría por la escritura y compartamos tantos momentos buenos como antaño. Creo que no se ha cargado. ¡¡¡Ufff!!! Es muy duro este instante, pero estoy convencido de que conseguiré hacerte revivir. Parece que está cargando —digo en voz alta.

            —¿Por qué lo sabes? —susurró la pluma.

            —¿Qué porqué lo sé? —le contesto. Porque acabas de soltar un chorro de tinta con la sacudida que te he dado. ¿Acaso no te fías de mí? —pregunto.

            —No —me contesta aún enfurruñada.

            Las musas la increpan pidiéndole paciencia.

            —Haz la prueba —me dice una de ellas.

            Me dispongo a realizar la prueba sobre un folio. Se emborrona, lo arrugo y lo dejo sobre la mesa. Así una y otra vez hasta que mi antes abandonada Mont Blanc comienza a deslizarse sobre el papel como una patinadora sobre la pista de hielo. Me mira y me sonríe. Las musas aplauden su danza académica.

            —Siento mucho esta situación —le confieso.

            —Ten presente que las musas me están presionando y no entienden como hemos estado tanto tiempo divorciados. Ellas desean que manifieste todo lo que me susurran, incluido lo que provoca la visión de un gran artista canario a través de su pintura.

            Observo mi mesa, se parece al cuadro.

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