98. Cena de brujas. Cristi Cruz Reyes

CENA DE BRUJAS

Cristi Cruz Reyes

            Entran en el reservado del pequeño y humilde restaurante de pueblo y una de ellas se apresura a cerrar las cortinas a pesar de que ya ha oscurecido y el mar y el cielo se han convertido en un uniforme telón de fondo de color azul marino tirando a negro. Desde el primer momento la camarera ha reparado en el curioso aspecto de las comensales. Son seis. Todas tienen un rostro anguloso, los ojos muy grandes y unos labios carnosos pintados de color rojo intenso. No podría decir que son guapas, pero sí que despiden cierto atractivo misterioso e intimidante. Y sobre todo, advierte el enorme parecido de las seis mujeres. 

La chica ha sentido una ligera incomodidad en los brazos y en la nuca mientras les recita los platos del día. La que se encuentra a su lado le dice que todas tomarán lo mismo: jareas con mojo y papas. Por el rabillo del ojo, la camarera percibe que una de las mujeres saca un jarrón de plástico de su bolso y deposita un ramo de hortensias azules en el centro de la mesa como si preparase el atrezo de una reunión peculiar. Toma nota mental de la sencilla comanda y, cuando está a punto de retirarse, la mujer que parece llevar la voz cantante le pide que no las molesten más de lo imprescindible.

            La camarera reparte los platos, coloca los cubiertos y distribuye servilletas y vasos a un ritmo exasperante porque necesita tiempo para observarlas. Mientras, las seis mujeres permanecen en silencio, erguidas y con la vista al frente. Cuatro de ellas mantienen los brazos en el regazo, una ha apoyado tímidamente una mano sobre la mesa y la que lleva la voz cantante coloca los codos sobre el mantel y junta las manos. Como si se dispusiera a rezar o a dar un discurso. Completada la tarea, la chica sabe que tendrá la próxima oportunidad de observación cuando les sirva las jareas.

            Desde la cocina, muy cercana al reservado, aguza el oído para intentar descifrar las palabras que apenas son susurros. La conversación desprende un sonido como el que producen las hojas mecidas por un viento suave…  y nada más.

            Llega el ansiado momento de servir la comida y respira hondo. A esas alturas de la cena ya ha empezado a sudar un poco y la inquietud de los brazos amenaza la estabilidad de los platos. Coge aire y entra. Entonces se da cuenta de algo curioso: ninguna lleva el pelo totalmente suelto. Dos de ellas lo sujetan con diademas de tela de colores tierra, otra, la que parece ser la jefa, lleva un pañuelo azul anudado en la parte posterior de la cabeza, otras dos lucen bonitos turbantes negros, y la última, se sujeta la melena con unas grandes pinzas de clip blancas. No puede detenerse más. El silencio de las comensales comienza a pesarle en todo el cuerpo, así que decide que el examen del atuendo habrá que dejarlo para el momento en que abandonen el local. 

            Durante casi una hora y dando gracias por la escasez de clientes, se coloca en su mirador oculto, junto a la puerta de la cocina. Se concentra, cierra los ojos, aguza los oídos de nuevo hasta que el murmullo se convierte en un sonido atronador que solo ella escucha  y solo a ella incomoda.

            Pagan la cuenta sin decir una palabra. Salen a la calle y, desde un rincón en penumbra del restaurante, la joven camarera registra los colores de unos vestidos vaporosos que les dan un toque fantasmagórico. Caminan con decisión, como si en aquel extraño encuentro hubiesen acordado llevar a cabo una importante misión. Son cuerpos envueltos en tejidos sedosos del color de la lava, de la tierra de los montes isleños, de la espuma del mar enfurecido, del azul hermoso del mismo mar en sus días de sosiego. Negros, marrones, blancos y azules que flotan en el aire hasta que desaparecen en la oscuridad de la noche, no sin antes despojarse de todos los adornos de la cabeza y liberar unas melenas negras, brillantes, poderosas.

            La camarera entra en el reservado para limpiar la mesa. Han dejado allí las flores. Las va a conservar hasta que se marchiten como recuerdo de una congregación inusual. Entonces se agacha para recoger un papel que se ha caído debajo de una de las sillas. Está doblado en dos. Lo despliega. Es una foto de un cuadro con una leyenda: Cena de brujas, 1962. A. Padrón.     

Lo guarda con mimo en el bolsillo de su delantal y se dispone a esperar. Sabe que tarde o temprano ocurrirá algo que nadie sabrá explicar y que se añadirá a las muchas historias de brujas de su tierra isleña.

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