99. Retrato de Juana. Rosi Cruz

RETRATO DE JUANA

Rosi Cruz

            Ahora la recuerdo. Su figura erguida cruzaba la plaza. De negro, encadenando lutos. En sus manos una talega. La vi salir de la echadora de cartas. Quizás quería saber si llovería y sus campos darían frutos, si sus hijos crecerían sanos, ahora que solo la tenían a ella.

            Por unos segundos nos habíamos cruzado las miradas. Seguía siendo guapa, a pesar de la huella que tantos años de trabajo y sufrimiento habían dejado en su rostro. Quiso saludar con una sonrisa pero se había quedado en el intento, quizás no recordaba cómo hacerlo. Yo sonreí y agité la mano a modo de saludo. Sus ojos, tristes, grandes, se me clavaron en el alma. Se ajustó el pañuelo bajo el sombrero y siguió su camino, con paso decidido. La seguí con la mirada, hasta que se perdió entre las calles estrechas, barridas por el viento.

            Hay tantas Juanas en estos pueblos, niñas Juanas cuidando las cabras de acá para allá, jóvenes Juanas cuidando de los hermanos pequeños y de la casa, madres Juanas estirando el poco dinero que entraba en casa para poner un plato de comida en la mesa. Pero eso fue hace tiempo…

            Hoy la he vuelto a ver, su cabello cano recogido en un moño, sin pañuelo ni sombrero. Sin luto, blusa y pantalón discreto. Charlaba en la terraza de una cafetería de la plaza, con otras mujeres. Risas y miradas de complicidad entre ellas. Una niña se acerca, la llama abuela, la abraza, le dice algo al oído, ella coge unas monedas del bolso y se las da a la vez que sonríe dándole un beso. La niña corre al puesto de helados. Ella la mira sonriente; en ese momento nuestras miradas se han cruzado, sonrío y esta vez sí me devuelve la sonrisa. Sus ojos, grandes, con algunas arrugas alrededor, han perdido el halo de tristeza, en su lugar brilla una chispa de alegría y esperanza.

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