Diario de un guía de museo que quiere ser visitante

Día 9

Imagínense a una mujer canadiense que queda viuda en Cádiz y que, cansada de lluvias y recuerdos de un accidente con secuelas en la vista, decide quitar el ancla, soltar amarras y mudarse a Canarias con su perro. Aquí decide probar suerte durante tres meses hasta que una pandemia la obliga a hacer cuarentena en la capital. Cuando sale a la calle se reúne con un cubano y una colombiana, simpático trío cuyo encuentro es inconcebible, trazado por los ángeles que tejen y destejen las desgracias y los amores con la misma seriedad. Imaginen que esta señora canadiense nos habla de su asombro imprevisto y de una curiosidad sin precedentes por una cultura canaria de la que no tenía ni idea. A esta mujer la conocí esta mañana, y mientras le contaba la vida de Antonio Padrón ella me contaba a mí la suya, mezclando pareceres de unos y otros sin discriminación, sin orden, como suele ocurrir en los diálogos improvisados. Me sentenció con unos profundos ojos azules que el paraíso canario de arenas y hoteles era solo la superficie de una realidad más amplia y tan difícil de abarcar como de conocer. Con un español aprendido a golpes de sorpresa, me dijo «Oh, esta Canarias hay que conocerla, no es como la de los bares y los hoteles».

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Día 8

La cortina del misterio es, para mí, el mejor misterio de la gratitud. El desconocimiento de lo que me ha de suceder cada mañana que cruzo las puertas de la casa Museo Antonio Padrón, es en verdad el mejor aliciente que tengo para abrir los ojos y poner el corazón en manos de los demás, del misterio, del vacío. El sonido del silencio se sentó esta mañana con la Vesna y conmigo. Vesna es una gran amiga que también pinta sus sueños sobre las pesadillas aprendidas. Con Vesna cobraron vida los niños que se inundan en la nostalgia azul de las tuneras y la abubilla presagia con su canto la ceremonia propia que me trajo Vesna en nuestro encuentro. Hablamos de Picasso, del compromiso con la soledad que tuvo Antonio Padrón y de la difícil lucha de integridad ética que libran todos los incomprendidos heridos por la creación de un mundo propio en un mundo excluyente y homogeneizante. Silvio Rodríguez cantó «en el borde del camino hay una silla», yo hoy más que nunca tengo que impedir que me valgan la justificación dell sillón y la distracción globalizada para espantar la abubilla de la creatividad. Por eso este diario viajará de cualquier manera, aunque sea como viajan los libros en los vagones de carga. Antes de irse me dejó su regalo esperado, como no podía ser de otra forma, en forma de arte. Dibujó a este ser amoroso y entregado, como ella quiere decirnos que es ella misma, en el libro de visitas del museo. Vesna frente a su obra siente lo que tuvo que sentir Padrón frente a su abubilla y lo que he de sentir yo frente al poema. Y aunque no me identifico con Vesna ni con Padrón como no me identifico con nadie, sí que creo que reconocer que compartimos ideales de vida es algo fundamental para poder perdonarnos a nosotros mismos cada día y saber darnos una tregua. Porque ver la luz en el reflejo del otro es la mejor manera de justificar que no es lo mismo vivir que estar vivo. Gracias Vesna Gonzalez Diez.

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Día 6

Hoy pasó por el museo un miembro de la asociación Prometeo, una fundación canaria que colabora por hacer visible la diversidad humana. Especialmente a las personas con discapacidad intelectual. Hablamos de la necesidad de volcarnos hacia una sociedad no inclusiva, le dije que tengo sospechas con ese término, sino integradora, una sociedad que entienda que hemos luchado hasta ahora durante algún tiempo por un hombre abstracto, por un canon que no existe porque no existe la posibilidad del hombre ideal. Existe la diversidad y tantos modelos de vida posibles como humanos hay en este planeta. Si no somos capaces de entender lo que significa la empatía y la solidaridad, no sé con qué valor podemos hacer cultura y no sé realmente si vale la pena entender el arte como algo ajeno a esto.Por supuesto, me llamó la atención el nombre de Prometeo. Prometeo se enfrentó a los dioses para arrebatarles el fuego humano. En la lucha ideológica del ser humano del siglo veinte hay algo parecido. Hoy sufrimos las consecuencias de una lucha prometeica por adueñarse del mundo. Hoy tenemos que buscar el aire de respirar en unas mascarillas que pueden ser el símbolo de la opresión materialista en la que hemos vivido. La abstracción de los dogmas crea personas sumisas, culpabilizadas, acusadoras e irresponsables. Tal como yo lo veo, no se puede vivir de espaldas a esto sin tener por lo menos, y ya es bastante, conciencia de la vida aprometéica y (no) defender la historia sino la intrahistoria, la vida cotidiana. Ante la pregunta recurrente de todos los tiempos, ¿para qué poetas en tiempos de mascarilla? Yo les pregunto a cada uno de ustedes: ¿para qué la vida?

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Día 5

Hablar del museo es inevitablemente hablar de mi memoria de Galdar, que para mí es un conglomerado de sentires inseparables del que al final se conforma siempre la identidad. La identidad no está hecha de afirmaciones y negaciones sino de dudas, de largos periodos de incertidumbre y de grandes revoluciones espirituales. Decía esto porque mi memoria de Gáldar es de primera persona de cine o de buena novela de formación juvenil. Realmente pocas cosas me han pasado que no sean materia prima poética. Mi padre es de la Atalaya de Guía, y ahí en lo alto del pico vive mi abuela. En una casa que los domingos por la tarde está sobre las nubes y el sol y se llena de gaviotas. Esa memoria me honra. Pero aquí, al otro lado de la montaña tengo grandes recuerdos de niño. Desde muy pequeño me traían por esta calle larga mi madre mi tía mi primo y mis abuelos, y aquí nos perdimos muchas veces e hicimos muchas perrerías en tiendas de ropa. Más tarde, con trece o catorce años vivía la fiebre de la literatura como si fuera a morirme leyendo y Gáldar fue responsable. Creo que ahora estoy más moderado… O más cansado. Sea como sea, esas tiendas hoy en día están siendo devoradas y van perdiendo terreno en favor del Progreso y la Globalización. Hablo de la tienda de Pepito. Una tienda a la entrada de la misma calle principal donde el dueño te vendía un caldero, un bote para la sal o un libro viejo. Resultó que en esos libros viejos deposité mi vida. En un rincón de la tienda encontré los mejores momentos de la adolescencia. Descubrí los míticos terrenos de «Campos de Castilla» de don Antonio Machado, incomprensible extensión de tierra para la costumbre de un isleño, la poesía fastuosa de Rubén Darío o la mística de Whitman, que comprendí años más tarde. Pero de entre todos los libros que amontoné de mis viajes a Gáldar, quedé profundamente aterrado por unos cuentos asombrosos de alguien que parecía llamarse Juan Rulfo. En suma, fue mi primer contacto con muchos de los escritores a los que hoy admiro y que sigo leyendo como si fuera la primera vez. Perdonen esta pequeña nostalgia que hoy abandona el museo para volver a él. En la tienda de Pepito hoy hay una tienda de Vodafone. Qué quieren que les diga, no va a quedar rastro de nosotros sobre la tierra.

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DÍA 4

Hay lugares que no admiten la palabra. Quiero decir que a veces uno se siente cansado de hablar, porque en esos momentos hablar no va añadir o a restar nada al silencio que nos fabricamos. También sucede que el lenguaje es precario y poco eficaz. ¿Cómo describes tú las vivencias que te ocurren en un tiempo donde no existe el pasado ni el futuro, solo un presente inabarcable? Un museo suele ser ese tipo de sitios. Suele provocar ese tipo de situaciones. El habla a veces se convierte en un estorbo que pone una barrera entre un momento sagrado y los ojos del que lo contempla. Aunque no lo tengo delante ahora mismo, pienso en un guardián del silencio que en mi memoria es inseparable de la familia de este museo. La palabra no me alcanza para dejar aquí una semblanza de Padilla, el eterno vigilante, el guardián no del centeno sino de la fuente y los pasillos. Padilla, con sus ojos de gato en alerta vigilando la noche padroniana, Padilla estirando las piernas para ir a tomar café. Padilla saludándome con su sonrisa socarrona, Padilla atento a las cámaras… Hoy me acordé de Padilla. No sé muy bien por qué, si es que me vino con el silencio o si Padilla es el silencio.

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Día 3

En muchos sentidos, los adultos tienen que ir guiados de la mano por los niños. En demasiados casos los niños se ven en la situación imprevista y probablemente nunca reconocida de educar a sus padres, de devolverles la ilusión por la existencia que se ha convertido en una carga cuando podría ser un milagro. Por eso la importancia de la infancia es crucial. Es crucial que no les robemos el tiempo de jugar a los niños, que no les rajemos la libertad con lo que ha sido nuestra tumba: un sistema de creencias. Un niño libre inaugura y bautiza el mundo que pisa y donde sus pies se posan se torna la tierra un poco más elástica, ingrávida y recién descubierta. Qué no harán los niños con el arte, si con los sentimientos hacen valiosa cerámica de amor y fidelidad.Esta mañana visitó el museo una familia hermosa, una madre joven con sus dos hijos. La niña de unos ocho años mostraba una curiosidad inagotable por nuestro artista porque su colegio lleva su nombre, y ella consideraba con integridad no dicha que eso es motivo suficiente para interesarse por la vida y la obra de Antonio Padrón. Cuando les enseñé la casa donde nació y donde se encuentra su estudio, al anotar el caballete intacto, la Piedad como un lamento inacabado, la niña con la vela (de cuyas trenzas dijo que eran muy bonitas) y los dibujos que dijo «parece que lo hicieron los niños», se paseó alrededor de la silla que da descanso a los hombros de la camisa, y con sus ojos de sacerdotisa impasible, me preguntó: – – ¿y dónde dormía Antonio Padrón?La pregunta, como todas las de los niños, tenía su enjundia. Con toda seguridad hacía referencia a las muchas horas que debió haber pasado sin dormir el pintor para crear tanta obra. Esto me hizo pensar en ese mismo momento en que ninguno de los críticos de arte, ninguno de los ensayistas que cree vivir en la eternidad del estudio, ninguno de los supuestos desvelados, ha sido capaz de preguntarse por las horas de sueño de un pintor, por ese cristal oscuro de una vida cuando no se está creando, cuando no se hace nada útil sino que se sobrevive dando la vida a los momentos muertos de la historia. Los niños son los que tienen que gobernar este mundo.

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Día 2

La Calle Larga de Gáldar es como un viejo león que cada mañana se despereza lanzando su particular saludo, un rugido suave y potente que emana tibios rayos de luz que se reflejan en las casas a través de esta cristalera. Las calles empedradas asisten a las sombras chinescas de los primeros vecinos, que si van en comunidad van haciendo aspavientos con las manos por alguna discusión imposible para mí, y si van en solitario llevan la cabeza agachada en la posible meditación crucial del nuevo día. Todo esto me llega cuando la cortina metálica del museo Antonio Padrón se levanta piadosamente. Yo, que tantas cortinas he abierto a lo largo de mi vida, cuyas auroras calientes me han avisado de que algo se acababa, siempre presentí que cada muerte conlleva su propio nacimiento. Sin embargo, nunca pude saber que algún día iba a estar de este lado de la cortina, como un guía de museo. A un lado la calle, a otro lado una realidad paralela. La del arte. Cómo se puede apreciar la armonía de la supuesta realidad si no es por esas pequeñas intensas fugas que nos ofrece el arte. Cómo poder vivir sin convicciones, sin sueños buscados, el cuadro grotesco que es nuestra vida. En mi caso, difícilmente puedo separar estas dos fronteras. La realidad se me agolpa tan desorbitada que se me va cocinando en un caldo insufrible para la razón, para toda lógica. Ayer vino un visitante que quería ver explícitamente las trillas, una serie de obras de Antonio Padrón. Después de hablarlo con mi compañera Lali, el visitante metódico supo que esa colección no se encontraba ahora mismo en el museo. Qué tristeza en sus ojos, qué ansiedad reventada… Pero de la llanura interrogante de esta pequeña decepción, nuestro soñador visitante recobró en seguida su aliento inquebrantable y me dijo que vendría otro día para ver el museo con calma.

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Día 1

He llegado a Gáldar muy temprano, casi no estaban las calles puestas. No he tenido la claridad de la paz interior hasta ahora, que no hay nervios ni inquietudes. Mientras me tomo un café en la plaza recuerdo esa canción hermosa que se llama «un bolero para Gáldar, hermosa tierra norteña» y la tarareo. He tratado de estudiar sin éxito porque el arte cuando nos duele por dentro no se estudia, cierra la puerta a los académicos, el arte cuando duele es porque se siente. De modo que es mejor decir que he tratado de acercarme a Antonio Padrón de un modo humano. Y el resultado es que me he reconocido brutalmente en su mundo lleno de fantasmas. En las niñas de las mariposas se da el alma a un espectador que debe acoger el testigo de la transformación espiritual, pero sobre todo se siente como un legado terrible el peso de preguntarse «¿qué miran los ojos de Padrón?» No hablo de los ojos con los que creó este mundo sin tiempo sino de los ojos de sus personajes. Ojos desorbitados, ojos que han reconocido la verdad en la luz del sol. Trato de buscar en estos ojos la luz de los míos, y me pregunto hasta cuándo Antonio querrá hacerme sentir responsable de que estas dos niñas que han entregado su vida con una belleza y un desapego insoportables para los poetas, se hayan vaciado los ojos para que sea menos terrible el paso sin tiempo de la vida de la muerte.