10. Harimaguada. David Román

HARIMAGUADA

David Román

Anoche soñé, soñé con unas luces brillantes que bajaron del cielo nocturno a nuestras cumbres calcinadas:

—¿Quiénes son ustedes? —pregunté.

—¿No nos reconoces? Somos tu abuelo, tu bisabuela, tu tatarabuelo… él es Adargoma, ella es Tenesoya, aquel que baja con fuerza hacia Fagajesto es Artemi Semidan, el de atrás rumbo a Valleseco es Guayasén que viene junto a su esposa Attendiura, aquellas que van hacia Tamadaba son Arminda y Abenchara, los que van al Valle y Risco de Agaete son Maninidra y Cataifa. ¿Ves aquell@s que van hacia Artenara y Tejeda?, son los últimos alzados que quedaron en Ansite. Y esa es Tenagay, la agorera de Agáldar junto a las harimaguadas de La Furnia que van hacia La Guancha.  

—¿Y tú?, ¿tú quién eres?

—Soy tu madre, la madre de todos… Attidamana.

—¿Y qué hacen aquí?

—Hemos venido a dar luz y energía a todo lo sucedido en nuestra tierra, venimos a devolver la vida al lugar, se llama «Ciclo de la vida». Y ahora debemos hacer nuestro trabajo antes de que amanezca y puedan vernos.

—¡No, no te vayas! 

—Shhhhhh, sigue durmiendo, que pronto les toca a ustedes cuidar la naturaleza.

9. Campesina. Guacimara Delgado

CAMPESINA

Guacimara Delgado Quintana

Pasar por delante de ella y no pararme un momento me resultó imposible. Ahí estaba ella, sentada, mirándome a través del tiempo y del espacio, con su pañuelo negro en la cabeza, anudado al cuello con ese jeito que solo tienen las que se lo han puesto una y mil veces, esperando con las manos cruzadas sobre el vientre, una postura familiar que tantas veces de niña vi repetir a mi abuela, y antes que a ella, a mi bisabuela.

En su regazo, un cuenco lleno de granos de cebada listos para tostar. La cebada, recogida en el último solsticio de verano, es un poquito que se pudo permitir apartar para llevar a casa, solo unos pocos granos que no se vendieron al molinero y que no se guardaron en la cueva para la sembrar en la próxima cosecha, después de las primeras lluvias. 

Aprovechó un ratito para sentarse y tostar el grano, antes de que él llegue, como cada tarde, con la leche de las cabras para hacer el queso. Pensando está en que tendría que apartar tres escudillas de leche para la cena, no más, para que no se note demasiado en el tamaño del queso, y que luego Don Severino no se lo quiera comprar por ser demasiado pequeño. Sacaría el pan y el queso que tenía guardado para matar el jilorio, que por la noche los niños llegan muertos de hambre. Menos mal que ayer amasó y aún le queda un pan completo….

Que contentos se podrían todos al llegar a casa y oler a cebada recién tostada y molida en aquel viejo molino de piedra circular que fue un regalo de bodas de su padre, que lo compró hacía muchísimos años en aquel barrio lejano del interior de la isla, del que no consigue recordar el nombre, cuando ella aún era una niña. Algunos recuerdos se han borrado, pero el olor a cebada le sigue trayendo a la memoria con total nitidez, a su padre, sentado a la mesa, con la escudilla delante, comiendo, en silencio, a la luz de la lámpara de petróleo, y a su madre, en el patio, dando vuelta al molino con las últimas luces del día. Aún parece estar oyendo el ruido de las piedras al rodar una sobre otra, y el olor… que olor.

Son pocos los momentos que tiene para sentarse, pero cuando lo hace, por poquito tiempo que sea, siempre se quita los zapatos. Eso lo heredó de su abuela Panchita, que no soportaba llevar zapatos. Contaba su abuela que los primeros zapatos se los regalaron cuando ya contaba con dieciséis años, y tuvo que ir con su madre a la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Se los puso ese día, y ya no quiso ponérselos más de las heridas que le hicieron. Sus pies, grandes y fuertes, no estaban hechos para llevar zapatos, eso repetía su abuela cada vez que le preguntaban. Y ella, además de heredar el nombre, también heredó los pies de su abuela, unos pies que no atendían a razones, ataduras ni encorsetamientos. 

Cada vez que paso por aquí la miro y ella me mira. Son tantísimas las cosas que tiene que contar que me resulta imposible no pararme un ratito para contemplar embelesada como cuenta su historia, su pasado, su presente, y como tiende los puentes hacia el futuro, que es mi presente. Tan distinto, pero en esencia, tan igual. 

7. Paisaje. Teresa Ojeda Pérez

PAISAJE SUREÑO

Teresa Ojeda

El museo Antonio Padrón es un lugar mágico. Una vez que traspasas sus puertas, la elegancia de su edificio y la serena y sosegada paz de su patio y del pequeño jardín que lo hermosea, te sumerge en un espacio único.  A pesar de estar ubicado en la calle principal de la ciudad, la sensación que embarga al visitante es la de que se halla en un espacio sagrado. Al menos ese es mi sentimiento. 

La pintura de Antonio Padrón me encanta y no voy a reiterar los porqués cuando tantos expertos lo han explicado a lo largo del tiempo. 

Hoy, solo quiero contarles cómo, hace un par de años, me enamoré completamente de otro de sus cuadros, cuando desde muy joven pensaba que tenía elegido ya mi favorito y que jamás dejaría de serlo.

Todo comenzó un sábado, frío y húmedo. 

Pensando quitar un rato a la mañana, decidí acercarme al museo. La entrada era libre y no vi mejor manera de pasar el tiempo. Siempre me ha resultado agradable y lo visito a menudo. 

Nada más entrar, la guía se me acercó solícita, ya que en esos momentos no había nadie. 

–Hola. ¿Conoce el Museo? Puedo explicarle lo que desee de nuestro pintor.

–Oh, no se preocupe. Lo he recorrido muchas veces. Soy de aquí. Tuve la suerte de conocer a Antonio Padrón en persona. 

–¿De veras?

–Sí, claro. Y como la mayoría de las niñas de la época, lo admiraba. No creo que dejara a nadie indiferente. Recuerdo que deseaba que él me conociera, que me dijera alguna palabra amable. Me encantaba dibujar y ya sabe. La juventud…

Con esa explicación intenté alejarme de la guía, pues me gusta estar a solas con mis pensamientos, pero ella me siguió acompañando. 

Sin saber por qué, de pronto, me quedé frente al cuadro titulado paisaje sureño. Lo había visto muchas veces, de pasada. Nunca me había detenido demasiado frente a él pues mi amor incondicional es, y sigue siendo, para el cuadro de la niña de las mariposas, y hacia allí me dirigía. 

Aun así, algo extraño me mantuvo frente a aquel paisaje. No podía dejar de mirarlo. La guía me observaba y me dijo sonriendo.

            –Se nota que le gusta. Puede explicarme por qué. Acaso es su preferido. 

–No. Hasta ahora no lo era. No me había fijado en lo maravilloso que es. En la luz que irradia. Es… impresionante. Tengo que saborearlo.

–¿Sería tan amable de describirme lo que siente al contemplarlo?

–Lo intentaré —le dije pensando que me sería muy difícil hacerle llegar el cúmulo de emociones que me embargaban. 

En estos momentos tengo veintiún años —comencé diciendo—, y me dirijo a Mogán en un coche de línea. Siento calor y bajo la ventanilla, pero nada se mueve. Cuesta respirar dentro del vehículo. Son las siete de la tarde. Los aparceros ya se han ido a descansar después de una dura jornada. Las construcciones de cucañas se yerguen majestuosas asemejando un poblado indio, a la espera de que manos fuertes y callosas las elijan como las mejores para ser clavadas en la tierra y cumplan así su función de sostener las matas de tomateras. Huele a tierra reseca, ávida de absorber el líquido elemento, ansiosa porque la siembra comience y el agua recorra los surcos ya preparados. Es el comienzo de una nueva zafra. Un grupo de cabras desnutridas rebusca en el suelo con la esperanza de encontrar alguna brizna de la yerba del año pasado, y las tuneras intentan administrar las ultimas gotas de sabia hasta que llegue la nueva estación. Todo es paz, silencio. Deseo que el coche pare, bajarme y sentarme en una de las piedras que delimitan las parcelas. Quedarme ahí contemplando la luz de la tarde. Esto es lo que siento. Eso es lo que me transmite esta maravillosa pintura. 

Eso me ocurrió  hace unos años, no importa cuantos, en una mañana de un sábado cualquiera, en el que solo deseaba pasar un rato en paz en uno de los lugares de mi pueblo que considero mágico. Ahora, siento que marcó un antes y un después en mi vida, pues tengo dos maravillosos cuadros de mi vecino Antonio Padrón que siento míos. Solo míos. Es lo que ocurre con las artes, con todas las artes. Una vez que el artista las presenta al público dejan de pertenecerle y pasan a ser de exclusiva propiedad de todos aquellos que han quedado enamorados de su esencia.  

6. Paisaje con Aulagas. Conchy Rivero

AULAGAS  (poema)

Conchy Rivero

Cual corales retorcidos,

tu cuerpo lleno de espinas,

por los riscos y laderas

habitas al sol expuesta.

Escasas hojas conviven

en tu liviano esqueleto.

Te adornan pequeñas flores,

de amarillo te recubren.

El viento sopla y te mueve,

suavemente te desliza

sobre tierra, barro y agua.

Humilde y sencilla aulaga.

Las palmas de gran Canaria, 25 de julio de 2020

5. Paisaje con aulaga. Carmen Cruz Santana

PAISAJE DE AULAGA

Carmen Cruz Santana

Hoy el mar está sereno y apenas se divisa una pequeña ola. 

Sus pasos la llevan como todos los días a ese mar infinito. No sabe bien el porqué de esta atracción que siente y que fielmente la lleva puntualmente a la cita para encontrarse con él.

Las gaviotas rompen el silencio de la tarde surcando el cielo con sus vuelos.

Sus pies descalzos se dirigen a la orilla donde el mar los besa suavemente.

Se pregunta si hoy será ella la afortunada. ¿Verá el rayo verde? Muchos le han hablado de él, pero se pregunta si realmente existe. ¿Es una de tantas leyendas que la gente inventa y comenta matando el hastío de los días interminables?

Ella ya ha tenido muchos amores y desamores a lo largo de su vida. Ahora su pelo se va cubriendo de canas y su piel se va ajando con el paso de los años. Su corazón guarda muchas alegrías, pero también dolores que oculta tras viejos cerrojos. Pero hoy su deseo crece con más fuerza, desea encontrar ese amor verdadero del que todos hablan. Espera en silencio que ocurra ese maravilloso milagro dando sentido a su vida.

Se sienta en la arena y juguetea con una caracola que el mar ha dejado a su lado.

Ya en el horizonte el mar se va ocultando. El cielo se impregna de colores anaranjados, amarillos, violetas… como una acuarela que una pintora pinta caprichosamente.

De repente ve un destello verde en el horizonte, duda si es su imaginación, solo ha durado unos breves segundos, se encuentra confusa. El sol se va ocultando en el horizonte. La oscuridad va comiéndose las pocas luces que quedan  de ese día.

Se levanta despacio, vuelve a mirar al infinito. Ella sabe que el tiempo le resolverá el enigma y sus huellas van alejándose de la playa.

4. Tres mujeres con talla. Paco López

MUJERES QUE SON PILARES

Paco López

Tres mujeres de pie, juntas, casi de la mano, de brazos robustos como troncos que salen de un solo árbol o como tres árboles que forman un bosque, están a punto de partir, de regreso a casa, después de estar toda la mañana lavando la ropa. 

Sorprendidas en plena faena las tres mujeres se vuelven hacia el pintor, que busca como siempre detener ese momento de serena relevancia que acaece invariablemente en el transcurso del día a día, en el acontecer rutinario marcado por el duro trabajo cotidiano. 

Atada a la cintura, la tela escurridiza del delantal, empapada por el agua, recupera la original geometría rectangular y se despliega con proporción áurea sobre los cuerpos que se yerguen adoptando, de nuevo, la posición vertical, después de tantas horas encorvadas, restregando la ropa blanca, con azul añil sobre el basalto gris de las lajas de la acequia. 

Tres mujeres descalzas como si echaran raíces en el barro del suelo, que rezuma fresco y húmedo entre los dedos de los pies. 

Tres mujeres ocupadas, sin tiempo casi de estirar la espalda, cargadas a la cabeza con los bernegales que parecen flotar como si apenas el agua pesara nada. 

Tres mujeres escultóricas, como columnas firmes que soportan todo el tiempo, impasibles, la carga de los elementos estructurales sobre los que se asientan los cimientos de la sociedad rural. 

Esa imagen del cuadro se mezcla como una interferencia fluctuante, que ondea en la misma frecuencia que la imaginación y se confunde con la Acrópolis de la Atenas de Pericles, justo en la Tribuna de las Cariátides del templo del Erecteion. 

En mi pensamiento las seis mujeres atenienses esculpidas en impoluto mármol blanco se convierten en tres mujeres galdenses de piel dorada por el sol en el cuadro de Antonio Padrón. Sobre sus cabezas veo canastas con ábacos almohadillados o bernegales y pañuelo a la cabeza conforme pienso en el edificio heleno o en la pintura de Antonio, respectivamente. 

Voy y vengo desde el ondulado drapeado de los peplos de las cariátides a la ropa mojada de las aguadoras. 

Los bloques pétreos del entablamento del templo se convierten en un grupo de humildes casas asentadas en las laderas de las montañas de las medianías isleñas según pienso en Fidias o en Padrón. 

Y así́, quiero imaginar que el cuadro de Antonio Padrón es el pórtico de acceso a un templo expresionista dedicado a las diosas llamadas Aguadoras. 

3. Echadora de cartas. Martín Mederos

LA ECHADORA DE CARTAS

Martín Mederos Ruiz

01 01 20

Era cerca del mediodía y en Gáldar no había nadie en la calle, solo yo vagaba por ahí. Al llegar frente a la casa de Antonio Padrón escuché el ruido de una lata, giré la cabeza y al volver a mirar hacia enfrente, la puerta del Museo estaba abierta y delante había una mujer sentada en el suelo con un manojo de cartas en su mano.

            —¿Quieres conocer tu destino? —me dijo. Yo, lleno de suficiencia le contesté: Mi destino ya está escrito, según el lema de los de mi estirpe: «Hasta el éxito y más allá». Señora, hace cinco años que tengo un plan de pensiones agresivo. Hace dos meses me presenté a unas oposiciones que garantizarán mi vida y hace como cuatro meses conocí a una mujer de apellido ilustre de los de después de la Conquista de la isla que me ha abierto su corazón y su abanico de amistades. El 4 de abril, por su cumpleaños, le regalaré un pasaje a Nueva York, allí le pediré su mano y colorín colorado. ¿Qué desconozco yo de mi destino?

            La señora me miró amenazante y me dijo muy seria: el destino es caprichoso y cuando choca con el azar no sabemos por dónde nos lleva. Atrévase a enfrentarse a él. Yo, que nunca he sido un cobarde, me senté frente a ella y le dije: Eche esas cartas a ver.         
                      —Ummmm! No se ve oro, ni incienso, ni mirra, claro que estos no son los Reyes Magos. Señor, es usted afortunado. La vida en los próximos meses le va dar la más importante lección de su vida, la que no viene en los manuales de éxito en los negocios o la ascensión social.
                     A los dos días ya no recordaba aquel episodio, luego llegó marzo, el estado de alarma y hoy día 23 de junio aquí estoy, son las 23:57 y me encuentro en el jardín del Museo oyendo cómo el agua de esta fuente que dicen Antonio diseño con una geometría basada en sus creencias, me habla y me recuerda esa lección de la vida.

            ¿Las oposiciones? Con suerte saldrán sus resultados provisionales para marzo del 21. El plan de pensiones ya lo rescaté, que no está la vida pa mirar tan lejos, y en cuanto a ella… era mi gran amiga, pero también lo era de un reputado médico casado, y en plena fase 1 se fueron a la zona turística a unos apartamentos teóricamente cerrados (ellos, como yo, creían que el dinero está en la cima de la «cúspide»), y a la vuelta los cazó la Policía Autonómica.

            El azar, siempre el azar, hizo que la esposa engañada me enseñara copia de la denuncia de la policía.           
            En fin, para no cansarlos, fue hace unos meses que descubrí que cuando alguien entra a este museo, traspasa el umbral de lo cotidiano y lo rutinario y en este lugar hay normas no escritas como las que a mí la vida me enseñó después de aquella conversación con ella, LA ECHADORA DE CARTAS.

            El valor de las cosas casi nunca tiene que ver con su precio.

            La vida se construye día a día.

1. La lluvia III. Dunia Sánchez Padrón

LA LLUVIA

Dunia Sánchez Padrón

Y la noche ha pasado. Y las cosechas pierden su belleza. Miramos el crepúsculo como quien observa los pajarillos en la maravilla de su revoloteo y su trinar ante la venida de la lluvia ¡Oh la lluvia! Estamos uno frente al otro, el otro frente al uno. Tu hombre de la tierra. Tu mujer de la tierra. Arrimados a las súplicas de nuestras tierras que se secan, que se agrietan en las desavenencias, en la tiranía, a veces, de la madre tierra. Nuestros ojos oscuros mirando las luces del amanecer, nuestros brazos tendidos a un cielo que no nos escucha.  La sequía responde. Sí, responde rajando gargantas que al filo de la siembra la empobrece, la enferma. Y la noche ha pasado. Y mis manos danzan con las pinceladas geométricas de la desesperación ¡Qué será de nosotros querida! ¡Qué será de nosotros querido!  No hay que apegarse a nada. Sí, la nada… la nada encubriendo nuestras oraciones. El cielo no atiende. El cielo no escucha. Las nubes pesadas de agua se ahuyentan con el maleficio de algún desgraciado ¡Oh, la lluvia! Y voy a la echadora de cartas. Y vamos a la echadora de cartas, ella nos dirá del mañana. Mujer de los rezos oscuros tira las cartas ¿Vendrá la lluvia? Ella con el desgarro de voz paciente enlazada a la calma y una mirada segura, firme. Vendrá la lluvia, vendrá con su corpulenta sencillez y humildad y vuestros campos reverdecerán. El día está soleado, el día sin más comienza con una brisa fresca. El viento del norte. El viento del norte traerá las nubes grises y alimentará vuestras tierras. Cantad, cantad a la lluvia. Cantad, cantad para que huyan los campos yermos. Cantad, cantad… Y la noche ha pasado. Y las cosechas pierden su belleza ¡Lluvia! ¡lluvia! Ven hasta aquí con la suavidad de tu tacto, de tu caricia surcando nuestra hambruna. Tememos nuestros vientres vacíos. Tememos que la enfermedad se apodere de este pueblo, de nuestros hijos. La precariedad, la pena nos invade con sus cuchillos, con los gallos cantando al son de la muerte… de la muerte ¡Ay! Dime echadora de cartas si tendremos un mañana. Sí, un mañana donde nuestras barrigas, nuestras bocas puedan alimentarse ¡Ahuyenta la desgracia! ¡Aleja las penas! Y la noche ha pasado. Y las cosechas pierden su belleza.