90. La lluvia I. Conchy Rivero

LLUVIA EN LA MAÑANA

Conchy Rivero

Un mar de nubes camina 

y sobre mi ventana flota.

Su peso en mi interior siento. 

Oculto se ha quedado el sol.

Nubes abiertas, 

desgranando vida,

gotas cargadas de rocío frío,

 mueren sobre un pecho dormido.

Sonido sereno, acompasado, oigo.

Bálsamo para el alma que redime.

Pequeñísimos brillantes, 

el pretil de la ventana cubren.

Manos y dedos, barcos de papel, 

navegan sobre los charcos mojados.

Tez incolora, apenas palpitas,

el frío cortante, te tiñe de roja manzana.

Las nubes siguen abiertas y sueño, 

destilan cristales de humo y exhalo.

Presurosas descienden,

 inundando el asfalto marchito.

La mirada fijada en el húmedo cielo.

Las gotas raudas, el pelo atraviesan. 

La frente, los ojos, 

la nariz, la boca…

Inundas la cara, el pecho…

Agua que despreocupada corres.

Despreocupada llegas 

con el pan bajo el brazo.

El trigo alegras,

los pinares retozan,

las lagunas alimentas, 

los sueños refrescas…

¡Minúsculas gotas de VIDA!

Vida que amanece y anochece. 

Reloj que desmarcas las horas sin tiempos.

Rescatas arduas pasiones que laten

y zarandeas los vientos insípidos.

El pelo anegado y la cara mojada.

Gotas cristalinas sin ritmo persisten 

y riegan el pecho fértil que tirita.

Alborozadas despiertan 

las mañanas doradas y azules.

Las nubes, siguen regalando una fecunda lluvia.

89. Las tuneras. Tomás Armas Armas

LAS TUNERAS

Tomás Armas Armas

Tuneras. Tunos. Rajando la cáscara con una púa de la propia tunera. Rojos, amarillos, blancos. Aulagas. Surcando las montañas entre tuneras, aulagas, tabaibas. Jugando, siempre jugando.

Y al fondo, niñas jugando al corro. 

Cantando:

                        “ La chata virigüela, güi, güi, güi;

                        como es tan fina, trico, trico, tri;

                        como es tan fina, lairó, lairo, lairó, lairó, lairó, lairó.

                        Se pinta los colores, güi, güi, güi;

                        con purpurina, trico, trico, tri;

                        con purpurina, lairó, lairo, lairó, lairó, lairó, lairó.

                        Que va a venir su novio, güi, güi, güi;

                        a darle un beso, trico, trico, tri;

                        a darle un beso, lairó, lairo, lairó, lairó, lairó, lairó.

                        Y su madre le dice, güi, güi, güi;

                        quítate eso trico, trico, tri;

                        quítate eso lairó, lairo, lairó, lairó, lairó, lairó.

                        Y su novio ha venido, güi, güi, güi;

                        le ha dado el beso, trico, trico, tri;

                        le ha dado el beso lairó, lairo, lairó, lairó, lairó, lairó ”.

Y cantando:     

“ A chúmbale la catachúmbale,

                        a chúmbale la coliflor, 

                        a chúmbale los caramelos,

                        de naranja y de limón”. 

“ A  esa que está en el centro,

                        se le ha caído el volante,

                        y no lo quiere coger,

                        porque está el novio delante ”. 

“ A chúmbale la catachúmbale,

                        a chúmbale la coliflor, 

                        a chúmbale los caramelos,

                        de naranja y de limón”.

“ A esa que está en el centro 

le vamos a regalar 

un lindo traje de seda 

para que aprenda a bailar ” .

“ A chúmbale la catachúmbale,

                        a chúmbale la coliflor, 

                        a chúmbale los caramelos,

                        de naranja y de limón”.

                        “ A esa que está en el centro 

le vamos a regalar

un lindo juego de té 

para que aprenda a jugar ” .

“ A chúmbale la catachúmbale,

                        a chúmbale la coliflor, 

                        a chúmbale los caramelos,

                        de naranja y de limón”.

Y cantando, para decidir a quién le tocaba en el centro:

“Tín Marín, 

de dos pingüé, 

títere mate, 

títere fue, 

a la plaza del cuartel, 

número cuarenta y trés”.

Y cantando, y jugando, y disfrutando, como la habrá hecho Antonio Padrón en su niñez.

88. Paisaje. Sebastián Quintana

CAÑAS EN EL SUR

Sebastián Quintana

Foto fija que cimbrea en mis recuerdos de niñez. Tórridas mañanas de brisa y sequedad camino de un día de playa en agosto. En el horizonte, mientras el viejo coche familiar atravesaba la carretera general, en aquellas casetas de indio imaginaba escenas de aventura, bailes en torno a  hogueras, gritos de armisticio y guerrea.

Creía ver niños jugando a pintarse líneas en la cara, con plumas en la cabeza y trotando al viento de siroco, asidos fuertemente a la crin de un caballo. 

Imaginación de un niño con pensamientos limpios de  rostro pálido. Desconocedor de aquella realidad que, años después, se revelaría. Los trazos de Antonio Padrón descubren la soledad, la propia y la que le circunda; la marginalidad, la vida de supervivencia de mujeres, hombres y niños que vegetaban con sus congéneres. Es probable que también la suya propia. Lo servido por lo comido. Migajas. La esclavitud en forma de invernaderos de cada verano. Una tierra yerta de seres con surcos tan profundos como su propio silencio. 

Padrón rasga así con su pincel una verdad enterrada bajo la polvorienta tierra del sureste. Su agreste cromatismo muestra el designio de la denuncia. Vidas planas de subsistencia en manos henchidas por las ataduras de terrateniente. Y desgarra queriendo sin querer la idílica escena de un infante que pasaba por allí cada verano, con la ventanilla baja, mientras el viento lagrimaba su atisbo en su tribu de rostros pálidos en pie de paz.

87. La tienda. Ina Molina

COMPRA FIADA

Ina Molina

Preocupación en rostros de alborada,

¿alcanzará el jornal para acallar el hambre?

¿para dormir el llanto en su cuna y su almohada?

Sueños cubiertos bajo pañuelos campesinos,

manos callosas que desgranan la jornada…

Oro amarillo, dulce fruto,

sangre isleña en rojos tunos,

sabroso queso de cabra… y

el vientre abierto de una papaya,

se ofrecen en rapsodia de colores,

mientras esperan bocas hambrientas en casa,

escudillas vacías en resecas estancias.

Y aunque la vergüenza selle labios,

quizás una lágrima ruega otra compra fiada.

Miradas incoloras imploran la pitanza,

rombos de tristes historias,

con aristas de esperanza.

86. Niñas de las mariposas. Margarita Otero

RESPUESTA

J. Margarita Otero Solloso

(Marotsy)

Cuencas de ríos vacías

y paralizadas alas

impactan mientras señalas,

observas bien y escudriñas.

No son muñecas, son niñas

con las manos muy abiertas.

Parecen estar despiertas

a lo que hay alrededor,

y se percibe el amor

tras sus miradas desiertas.

Varias dudas persistentes

acerca de esta pintura,

¡esas caras de amargura

y esos ojos tan ausentes!

¿Por qué rostros invidentes

y esa dermis verdeada,

que nos miren sin ver nada

siendo mujeres valientes?

Y un susurro contundente

escuchó mi alma callada:

Mejor es no ver el mundo,

sentir solo mariposas

y estar ciegas a las cosas

que hieren en lo profundo.

Es un símbolo rotundo

y en su pincel la enseñanza,

con un mensaje que lanza

cuando pinta a la mujer

¿qué más se puede ofrecer

que la piel de la esperanza?

85. Campesina. Sari López

CAMPESINA

Sari López

Se colgó  el bolso en bandolera y salió sin más. Atrás, en los 88 metros de piso gris y techos blancos, todo en su sitio, todo perfectamente ordenado. Estaba sola, opaca, gris, sin ilusión, sin ganas. Al cruzar la calle, el color negro y caliente del asfalto la atrapaba. Se enredaba en sus zapatos, no avanzaba. Al otro lado, la puerta estaba cerrada y ella muy cansada. Empujó el madero y se cruzó de lleno con sus pies, sus manos, su mirada…

  Caideros de Gáldar ,17 de agosto de 2020.

84. El pescador. Rosa Mª Martinón

TRÍPTICO

Roas Mª Martinón

Te recuerdo

Como al viejo pescador

en su barquilla, 

siempre envergando en silencio

tus sueños junto a mi orilla.

……………. O ……………

Silencio.

Se despierta la mar.

He pasado la noche a su vera,

plenilunio de amor y de espera.

Caminé por sus viejos caminos

erizados de lunas y de estrellas,

por sus charcos de plata,

por senderos de conchas y arena,

por sus rocas rugosas

con sabor a marisco y ausencias.

Buceé mis amores perdidos

sin temor por las viejas Almejas.

En el fondo, sagrada, La Guancha,

con su manto de espuma y de leva.

Silencio. 

Se despierta la mar.

He pasado la noche a su vera,

plenilunio de amor y de espera.

……………. O ……………

Volverán a nacer las horas quedas,

silenciosas, en paz, junto a La Guancha,

el libro a medio abrir y sobre el mar

un camino que invita a la esperanza.

No digas que se fueron los amigos,

están todos aquí, solo uno falta,

pescador de ensueños infinitos

se perdió para siempre en la mañana.

83. Mujer con Jaula. Teresa Delgado Duque

MUJER CON JAULA

Teresa Delgado Duque

            Papá tenía un don especial para con todos los animales, pero se relacionaba especialmente bien con los perros y los pájaros. En casa siempre hubo un loro gris de cola roja que se dormía sobre su pecho mientras veían la tele juntos (lo juro). Pero lo suyo con los canarios ya era cosa seria. Yo no sé cuantos pájaros desfilaron por la casa y por mis ojos durante nuestra vida. Criarlos, buscarles pareja, preparar los nidos, seguir el proceso de eclosión de los huevitos, ver crecer a aquellos delicados seres, disfrutar de su canto en la galería después del almuerzo era un placer indiscutible para él. 

            Papá se fue demasiado joven y algo dentro de sí sabía que se acercaba esa posibilidad, yo también lo supe cuando vi que empezó a regalar a los animales que tanto amaba (y lo amaban, también lo juro). Cuando regaló casi todos sus canarios tuve la certeza de que algo gordo intuía. Desgraciadamente no se equivocó. 

            A mamá nunca le gustó aquella costumbre de mi padre, porque según ella los pájaros daban mucho trabajo pero, de la noche a la mañana,  aquellas dos parejas de canarios de la que le costó deshacerse a su marido y le dejó en custodia, se volvieron su más preciado tesoro. Aquellos cuerpecitos vivos que a mediodía se volvían pura algarabía eran como si un poco de él  se hubiera quedado en la casa.

            Con el tiempo fueron muriendo excepto uno, aquel que más fascinaba a papá, como si supiera que era su preferido sobrevivió a los otros tres y aún continua haciendo las delicias de mi madre, han envejecido juntos y como si ninguno quisiera irse antes para no darse la pena que saben que es que se te vaya alguien a quién tu amas, ahí siguen vivitos y coleando. 

            Ella le da las gracias a la vida cada mañana por un día más y después de su cortadito, limpia la jaula y provee a su amigo de agua y alpiste. Se miran y se acompañan.  

            Realmente creo que las personas pueden quedarse un poco en quien elijan y mi madre dice que papa se quedó en ese canario pa’ vigilarle los cafés que se toma al día (no vaya a ser que se le suba la tensión) y pa’ volverla loca de la cabeza hablando, bueno, cantando que ahora canta. 

            Yo, viendo que ya tiene 17 años esa avecilla que vive 15 todo lo más, ya empiezo a pensar que tiene razón.

82. Echadora de cartas I. Fernando Fernández

LE PESABA LA VIDA

Fernando Fernández Fuertes

En su casa todas las mujeres le cuidaban y le querían, pero no era suficiente, algo faltaba y hacía que su sueño no cuajara, que anduviera inquieto y que sus ocres fueran más pardos.

No estaba bien, aunque todo le fuera bien. 

Sus tías ya desde pequeño se lo decían a todos los hermanos, que no se acercaran a casa de Rita, que aunque no fuera bruja, cerca andaba de ellas. Que si la veía por si acaso cantase en bajo: 

Canta el gallo blanco, cal y canto.

Canta el gallo rubio, cal y entullo.

Canta el gallo negro,

¡juria para el infierno! 

Pero a él le llamaba aquella mujer callada de ojos de ámbar demasiado claros, como de fiera o de loca, que decían que te echaba las cartas para decirte lo que te iba a pasar

Cuando Rita te miraba no te veía, te traspasaba, miraba hacia delante y tú estabas allí pero no importaba, porque ella cogía un poquito del mañana en el que tú estuvieras y te lo enseñaba. Que te gustara o no, eso no iba a cambiar su forma de actuar, tú habías ido a su casa y ella te enseñaba lo que las cartas le decían.

Aquella tarde de septiembre se decidió, subió por La Atalaya y entre tuneras llenas de cochinilla llegó a la casa de Rita. Entró en su patio blanco, abierto a la ladera y al mar, y en un silencio en el que solo se oía el zumbar de las moscas la mirada dorada de Rita le invitó a sentarse en el suelo junto a ella. Sacó la baraja y sin palabras mezcló las cartas y empezó su tirada.

La primera carta, el cuatro de espadas. Rita no decía nada, miraba la carta como si fuese las cuatro esquinas de una cama, o de un féretro pensaba él, pero empezó a decir lentamente: “Debes descansar porque necesitarás tus fuerzas. Crear te está secando”

Él no dijo nada, casi no respiraba.

Echó la segunda carta. El dos de oros. Rita se hizo madre, sus ojos dorados reflejaron algo de amor, de caricia: “Mi niño, hay muchas piedras en tu camino, pero tu trabajo brillará como el sol”.

Y siguió con su tirada, sería, concentrada. El seis de bastos. Rita miró la carta, sin decir nada varios minutos, a él su corazón galopaba como un cabello, pero escogió otra carta sin decir nada. 

El tres de copas. 

Respiró lentamente y mirando a la nada a través de la puerta de su patio dijo: “Serás recordado siempre”.

Enigmática, como flotando entre la cal de las paredes y los geranios plantados en latas de aceite. 

No sabía que pensar, no era nada malo, ni bueno.

Pero algo dentro de él hervía y se revolvía como el rabo de una lagartija.

Su futuro parecía claro, con trabajos y baches, pero saldría adelante, saldría bien, le conocerían, pero él también quería saber de familia, de viajes, de amores… Y Rita no había dicho nada de eso.

Él no sabía qué pensar, qué decir, su mente estallaba como el mar en la costa. Mirando las cartas le preguntó: “Rita, todo esto… está bien, pero ¿qué va a ser de mi vida?”

En ese momento el gallo negro de Rita se paseó por el patio, lentamente, con la cabeza estirada y su cresta roja. Y le miró.   

Y en ese momento lo entendió, hundió su cara entre sus rodillas ovillándose y Antonio lloró por una vida que no tendría.

En la mano de Rita estaba la sota de copas, la mujer de tez clara que necesita el amor para vivir.

Ella misma.

81. Paisaje. Echedey Medina

UN VIAJE DEFINITIVO A VECINDARIO

Echedey Medina

            El viaje como estructura interna desestabiliza la quietud del alma. Los picos de la nieve de la cumbre no pueden sentir el riesgo y el fuego que rodea la simiente del monte, y el que emprende el viaje no puede esperar de él tal o cual beneficio, tal o cual meta. Sin propósito como sin esfuerzo, el viaje empieza siendo uno y acaba siendo muchos, otro o ninguno.

            La rutina de la quietud del alma se mece en el espejo de la laxitud que se muestra a veces en la desidia de las bocas, en ciertos silencios y en un encorvarse hacia abajo, hacia la tierra como un ovillo de sol. Por eso el viaje desestabiliza los cuerpos momios e inertes en el sentido de que es un querer apropiarse o acapararse en el paisaje como algo interno e íntimo. No es la certeza de que el paisaje le pertenece a uno, sino que uno ha sido puesto y salpicado en el paisaje como un acrílico salpica el lienzo y deja su rastro en la lámina. La revisión de los paisajes conocidos propicia un nuevo desconocimiento. La coronación del misterio de una nueva incertidumbre. La debilidad o la quiebra de un ego, o de un fragmento del ego. El misterio sume al viajero en una niebla de pesadilla que es tan sorda como evidente. Sin embargo, el viajero no quiere reconocer su debilidad y puede ocasionar un choque entre los paisajes interiorizados y los nuevos paisajes, tanteando las paredes sin fin conocido como un ciego tantea las avenidas.

            Una cosa es clara. El viaje cambia al viajero y transforma sus hábitos. Por su naturaleza errante, el nomadismo del viaje es la más eficiente prueba de que nunca se es más que para un instante. Ni para uno mismo ni para una tierra propia. Una vez leí la historia de un buque fantasma que cada noche hacía el mismo error de romperse en una escollera y cada noche un muchacho trataba en vano de corregir el rumbo del viejo buque escorado para que no fuera hacia su destino, la travesía hacia la muerte. De la misma manera, la búsqueda mística me ha hecho subir a la montaña eternamente desde que empecé. Aún no he parado. Durante años me he empeñado en subir y subir, Dios mío, hasta arriba, para liberarme de algo que creía que no existía en las alturas. Pero no hallé arriba más pureza que abajo, ni un aire más limpio, ni siquiera sentí la famosa satisfacción del trabajo realizado, la estafa esa de la meta y su recompensa. Al ver que arriba no hay nada que no haya abajo, he vuelto a los topónimos, a la tierra cuyos ojos me habían sido negados antes de irme de la isla. Volví de Chile en agosto pero realmente no había ido volviendo del todo hasta el viaje definitivo a Vecindario. Fue el cúmulo de un regreso a la isla que había olvidado; cuando alcé mi caminar, antes encorvado hacia la tierra, descubrí un paisa(na)je en el que había sido botado nadie sabe por qué, pero que sin duda era mío, era parte de mi mundo de una forma extraña.

            Por eso, la estética del viajero es inédita, siempre confusa. A los lectores se nos suelen ir desvelando como una tela de cataratas los misterios que tenemos ante nuestros ojos solamente cuando entramos en la crisis de la desidia y la depresión, cuando la poesía no es sino el recuerdo de una vieja amante que ya no nos conmueve. Entonces el trasfondo está delante de nuestros ojos, en la aparente superficie. Así, provisoriamente, la expresión es la forma más inútil de desear algo; dicho de otro modo, no hallé nada útil en la poesía hasta que no esperé nada de ella. La poesía ni paga guaguas ni otorga recompensas a sus nómadas usuarios. Errantes y condenados a las escolleras, como el buque fantasma, los artistas casi nunca se sienten satisfechos. Para mí, la poesía llega cuando la satisfacción es plena, es decir, cuando el deseo es nulo. Para mí, la belleza es este ir y venir perpetuo cabizbajo al paisaje de pasos esféricos y bajadas sin vuelta.

 He iniciado el viaje porque me fui de la isla y luego la recorrí bordeándola. Por eso he podido ver el paisaje.