153. Santiguadora II. Marisa García

SANTIGUADORA II 

Marisa García

Tras tres meses de malos días y peores noches, decidió hacer caso a su suegra. Ella, mujer de la capital, no era dada a creer en costumbres pueblerinas. 

Incrédula, pero a la vez exhausta decidió adentrarse en las prácticas del pueblo costero donde habitaba. 

En realidad, era una ciudad, pero la gente mayor de los barrios se refería a esta como el pueblo. 

Era una mujer culta, refinada, trabajaba o mejor impartía justicia en la ciudad más cercana. 

Ese día fue terminante ¡Ya no podía más! 

Su suegra la conocía bien era una persona en el trato cariñosa, afable, aunque en apariencia parecía altanera. 

Después del parto estaba retraída e incluso parecía ausente. 

Habían visitado médicos y especialistas pediátricos, donde estaban los mejores de la isla allí́ habían ido. 

Nadie acertaba con lo que le pasaba a hijito del alma. Su suegra temía por su salud mental. 

Así pues, ese día subieron al coche y se dirigieron a casa de Sagrario la Santiguadora. 

Tila, su suegra, le había dicho que no temiera, no era para nada rituales de santería o brujería.

Esta le explicó que solo cogería a su bebé en brazos si ella lo permitía y solo le iba a rezar. 

Al llegar a casa de Sagrario y apearse del coche la acarició una brisa fresca y reconfortante. 

La entrada era un diminuto bosque de helechos suspendidos desde el techo, flores coloridas en las paredes en macetas, en el suelo había macetones con 

pequeños arbustos frutales y verdes plantas ornamentales, esta linda entrada formaban un pasillo hacia la casa. 

Era muy agradable el olor que se percibía. Su suegra le hizo saber que se debía también a las hierbas medicinales que ella cultivaba con mucho mimo. 

Toronjil, hierba huerto, manzanilla …eran algunas de las hierbas sanadoras. 

Tila le comento que, en cierta ocasión, Sagrario le había hecho saber, que las «agüitas guisadas» eran para sanar el cuerpo y el alma de las personas. 

ꟷ¿Agüitas guisadas?ꟷ Preguntó ella extrañada, Tila sonriendo asintió, ꟷsi mi niña infusiones, así se le llama hoyꟷ. 

Los asientos eran de piedra, quizás por el aspecto podrían ser volcánicas. 

Tomaron asiento. El bebé seguía en su habitual e incesante llanto, unas veces más fuerte otras más suave. 

Había tres mujeres y dos hombres, esperando para pasar.
Tardó aproximadamente media hora en salir la chica que estaba dentro. Se percató que era una cueva al fondo con habitaciones a ambos lados. Sagrario había oído al niño llorando desde que llegó. 

Salió y se dirigió a los allí presentes, rogándoles que dejasen pasar al bebé, ella no sabía de qué familia era, pero el llanto del niño era muy desgarrador. La gente no dudó en ceder su turno. 

Pasaron al interior del aposento donde se percibía una paz y armonía muy acogedora. 

Se acomodaron en unas sillas de mimbre. 

Sagrario preguntó el nombre del niño, ꟷCristoꟷ le contestó Tila. Ella bendecía al niño mientras pronunciaba una letanía casi inaudible. 

Su suegra le dijo en un susurro que el rezado debía ser en números impares, si no, no haría efecto. 

Cuando iba por el quinto rezado el niño comenzó a relajarse, mientras Sagrario lloraba, bostezaba y tenía arcadas. Ella se preocupó y le pregunto a la Santiguadora si se encontraba mal, ésta con mueca de media sonrisa le dijo lo que le pasaba. Era el mal que tenía su niño en el cuerpo y ella se lo sacaba de esa manera. 

Siete veces le santiguó, siete veces rezó los credos. 

El aposento quedó en silencio, ella no daba crédito, su bebé no lloraba dormía plácidamente, las lágrimas caían por sus mejillas. 

Sagrario en tono amable le dijo, ꟷhija mía no comiences a llorar tú ahoraꟷ, mientras sonreía. 

Ella le prometía el salario de un mes, le contó de todas las visitas a médicos, se desahogó con ella y también le dijo de su incredulidad ante estas prácticas. 

Volvió́ a sonreír la Santiguadora, le negó́ cualquier dinero que quisiera darle, así no funcionaba, le ofreció́ unas hierbas para guisar agüita para ella y el niño. Al bebé tenía que dárselas a tomar solo la cantidad precisa de hierba en el agua, debía darle una cucharita, no más, pues era un bebé. 

Luego le indico la dosis para ella, pues al alimentarlo de la teta, le pasaba a la leche e iba a tener efecto en el bebé. 

Le aconsejo ponerle la ropita del revés y alguna cinta roja, así evitaría el mal de ojo. 

No sería mala idea que ella también la usará como protección. 

Tila tomo el niño en brazos mientras ella se fundió en un abrazo con Sagrario. 

Al salir del mini bosque como ella lo llamo, el niño seguía plácidamente dormido. 

Ella miró a su suegra y le dijo ꟷdesde ahora creeré sin verꟷ.

Tila se emocionó pues sabía de sobra cuan impactada estaba por lo ocurrido. 

El beb´r estuvo un día dormido solo abría la boquita para comer cuando su madre lo estimulaba al poner el pecho en sus labios. 

El mal de ojo existe, daba fe de ello. 

152. Cuevas. Sonia Sánchez

“MUJERES EN LA CUEVA”

Sonia Sánchez 

De nuevo aparece la gran Magec por el pico de la Atalaya… ¡y cómo me gusta sentirla! A veces es más caliente, a veces se va antes, a veces sale más tarde, otras veces se esconde detrás de la gran bola blanca y de pronto todo oscurece… Pero todos los días, es el punto de partida para una jornada más. 

Hoy no es un día cualquiera. Hoy, clavo mi mirada al valle de Agaete mientras sostengo la leche recién ordeñada de las cabras. A mi alrededor están mis compañeras felices y tranquilas preparando las ramas, la manteca y la leche: hoy, tenemos que suplicar a nuestro gran Dios Alcorán que envíe las aguas del cielo. Nuestro Faycan lleva todo el día rezando y realizando las pinturas en la cueva para proteger a todo el guanartemato de Gáldar. La puerta del invierno está cerca y necesitamos más energía que nunca para que nuestras gentes no mueran de hambre y nuestros campos vuelvan a reverdecer. 

Con la mirada perdida mientras sostengo el recipiente lleno de leche sobre mi cabeza, recuerdo cuando mi abuela le dijo a mi madre que ya tenía la edad y la capacidad para ser Harimaguada. Enseguida percibieron mi habilidad para curar con las plantas; tenía sensibilidad especial para captar algún mensaje desde el mundo de los invisibles y sentía cuándo era necesario acercar el Ídolo de Tara a la entrada de la cueva, porque algún lanudo Tibicenas estaba cerca. 

El día que mi padre fue a hablar con nuestro Faycan para decirle que estaba preparada, no podía entender que no volvería a la cueva con mi familia, recuerdo que lloré tanto que mis ojos no pudieron ver durante tres días. Ahora miro la montaña, siempre fijo la mirada en el punto de la cueva, y entiendo que mi lugar es este, comprendo que mi don para proteger a mi familia se encuentra aquí́ y ahora sé, que tengo que sacrificar poder sentir su presencia para poder protegerles. 

Hoy subimos a la Tirma, subimos con las ramas ahuyentando a Galiot. Es una gran responsabilidad, pero mi mente, por algún motivo, no para de pensar en que mí principal deseo es poder ver en el descenso a mi madre, como en el anterior solsticio. Tal vez aún tengo mucho que aprender…, o tal vez aún no estoy preparada para la unión, ¡pero me hizo tanto bien verla! Cruzamos las miradas y pude sentir su orgullo hacia mí y también, pude apreciar el respeto que tienen a mi familia. Solo por eso, merece la pena el sacrificio de estar encerrada en la cueva. Se me eriza la piel al recordar cómo, con la cara de mi madre en la cabeza, sacudía mi rama en el mar. Me llené de energía, coraje y orgullo. Descargué toda la rabia de no entender por qué tenía que estar encerrada en la cueva… Los días de subida son mágicos, son los días por los que todo cobra sentido. 

Después, cuando todo acabe, volveremos a la cueva, y un día tras otro despertaré sintiendo el calor de la Magec en la cara, seguiré curtiendo pieles y tejiendo ropas para proteger a nuestra horda y ofreciéndoselas a las gentes, quienes con tanta generosidad nos traen frutos y semillas para que no nos falte el alimento. Seguiré representando mis visiones en la cueva de esas noches de insomnio, en las que no paro de pensar en la mirada de mi madre. Y seguiré́, esperando a que llegue mi día, a que llegue mi futuro, ese tan incierto sobre el que nadie me preguntó, por el que he tenido que renunciar a todo y para el que me estoy preparando. Estar lista para ser: una mujer en la cueva. 

En Madrid, 29 de septiembre de 2020 S.O.S: seguimos renunciando. Seguimos en la cueva. 

Glosario: 

Alcorán: deidad suprema para los aborígenes canarios. Creador de cielo y tierra.
Faycan: sacerdote y especie de segundo poder, el mágico-religioso, en el que estaban 

jerarquizados los pueblos de Gran Canaria. 

Galiot: principio maligno que salía de las entrañas de la Tierra y estaba acompañado por dos grandes canes lanudos denominados Tibicenas. 

Guanartemato: La isla de Tamarán (Gran Canaria) fue dividida en dos Guanartematos o reinados. El de Gáldar y el de Telde. Pertenecientes a los hijos de Atidamana y Gumidafe, matrimonio creado para unir poderes apoyándose en el patriarcado matrilineal tan característico de los pueblos paleolíticos indoeuropeos. 

Harimaguada: figura de mujer cuya misión principal genera controversia. Puesto que, para algunos expertos en Historia Canaria, como Abreu Galindo, son sacerdotisas, mujeres sagradas. Pero historiadores como Pérez Saavedra se apoyan en la teoría de mujeres premestruales, vírgenes, entiéndase el término en el sentido más literal y primitivo; protegidas en cuevas donde se preparan para el matrimonio a servicio del hombre y para la maternidad. 

Ídolo de Tara: Figura prehistórica con forma de mujer donde están resaltados los atributos femeninos que hacen referencia a la reproducción y a la importancia que la mujer tenía principalmente en el Neolítico, donde la sociedad era más matriarcal. Era considerado como un símbolo protector. 

Magec: Nombre que los aborígenes canarios daban al sol. Para ellos era una divinidad que además tenía carácter femenino por ser quién daba origen a las almas. 

Pico de la Atalaya: o montaña de Gáldar. Se trata de un volcán situado en la Isla de Gran Canaria, separando los municipios de Santa María de Guía y Gáldar. 

Tibicenas: grandes perros lanudos considerados maléficos puesto que acompañaban al señor de las tinieblas Galiot.

Tirma: Roque sagrado de la Isla de Gran Canaria. Bibliografía: 

ABREU GALINDO, Juan de. 1977 (d. 1676 < ca. 1590). Historia de la conquista de las siete islas de Canarias. Edición crítica con introducción, notas e índice por A. Cioranescu. S/C de Tenerife: Goya. 

PÉREZ SAAVEDRA, Francisco. 1997 (1982). La mujer en la sociedad indígena de Canarias. Tenerife: CCPC, 4a ed. 

151. Arlequines. Carlos Delgado

FUERA DEL TIEMPO

Carlos Delgado Mujica

La noche ha caído sobre la Gáldar de principios del siglo XX. Dos figuras avanzan en tono casi procesional, entre oscuros cercados de plataneras en dirección al Casino. Es Carnaval, y por ello los dos personajes se han ataviado de la mejor forma para asistir al baile que ha organizado la Sociedad de la ciudad. Sus ricas medias de personajes de la commedia dell’arte, se han salpicado por el barro abundante de las lluvias de los meses de invierno. Sus rostros permanecen cubiertos por máscaras blancas que apenas dibujan gesto.  

Al entrar en el gran salón, advierten que el entorno se muestra perfecto para su dicha. Todos los participantes del festejo bailan de forma alocada y dispersa, entre copas de vino, vasos de ron, carcajadas, y una atmósfera vestida de humo y serpentina. Es una estampa que roza lo carnavalescamente selvático. 

Nuestros protagonistas, la han encontrado entre el bullicio. Saben que tienen poco tiempo para su gesta y que la misma podrá pasar desapercibida por el alto revuelo del salón. Ella viste un elegante disfraz de dama de corte, portando consigo un abanico color azul que ayuda a sofocar el cargado aire del lugar. Uno de los arlequines ha entrado en la escena solicitando un baile a la dama. Ella ha aceptado gustosa la petición de ese desconocido que al sostener su mano para comenzar la danza, ha alertado su identidad. La fría mano que sobrepasa el guante del arlequín, no deja duda. 

– Estás aquí –alentó la dama en voz baja sin parar el baile. 

– Es el momento, tenemos que marcharnos – exclamó el arlequín, mientras ella asentía con un semblante de tranquilidad.

Tras finalizar la pieza musical, los danzantes se dan la mano y marchan del lugar, esperando el segundo arlequín en la puerta del recinto que al salir, también da su fría mano a la mujer.                                                 

Mientras avanzan calle abajo, el frío se apodera de la mujer que entra en un estado febril, cuyo ambiente está acompañado de la música de la fiesta que se ha vuelto más pausada, al tiempo que estos sones se van perdiendo poco a poco en la lejanía de las calles. 

– Tu momento ha llegado -aseveró con voz seria uno de los conductores de la dama.

– Sí, estoy preparada y perdida al mismo tiempo. Antes de que ocurra quiero saber quiénes conducen mis destinos en esta fría noche. 

– La codicia y la envidia que han definido tu vida. Los lujos y riquezas que ahora no te servirán de nada. Nosotros somos la sabiduría que has rechazado, la mentira que has creído, la inhumanidad de tu camino y la melancolía del ayer. Somos la lástima y la alegría. Somos la vida que has vivido y la muerte que todavía no conoces. 

– Siento tanto todo, que ya no puedo sentir nada – solloza la mujer mientras mantiene sus dos manos agarradas a los arlequines.

Los personajes sueltan las manos de la mujer al ritmo que desenmascaran sus rostros y se quitan los guantes. Dos limpias calaveras quedan al descubierto bajo los sombreros de los disfraces, así como unas esqueléticas manos quedan desnudas.                                                                           

 En una extraña tranquilidad, la mujer toma de nuevo las heladas manos de los arlequines mientras uno de los cadavéricos personajes susurra:

– Tú, como nosotros, ya estás fuera del tiempo.  

Seguidamente los tres personajes emprenden un camino entre la oscuridad de la noche que baila entre tapias dormidas de plataneras y cercados. 

A lo lejos se intuyen desde el baile, los sosegados acordes del canto de La Barcarolle de Offenbach:

 ‘’Bella noche, oh noche de amor…’’

Puerto de Sardina de Gáldar, septiembre 2020.

150. La piedad. Félix Hormiga

LA PIEDAD

Félix Hormiga 

  –Madre, dijo con la voz apagada, triste pero sin dolor, al contrario, con un gozo que hasta en la noche más oscura ofrecía donde asirse.

Las palabras rotas, cada sonido un brote de sangre. Un temblor casi sin pálpito.

La madre lo acuna contra su regazo. Le habla desde la tristeza, con un gesto que recoge en su rostro un dolor insondable.

Él, logos hecho carne dolorida, íbase en barrancos y ríos desde las hendidas heridas del flagelo y las espinas que laceraban sus sienes, corona del carnero de Abraham, en su trampa del zarzal hirientes (Gen. 22:13).

Y ahora, Él, mientras gira la cabeza hacia su madre mortal, comedora de trigo, apoya su espalda dolorida contra su regazo buscando una brizna de amor entre la epifanía del dolor. Y ella, madre, le entrega su dolor en campos sembrados de sosiego, porque el llanto se ha  evaporado y solo queda el gesto profundo de un grito que no sale de su cuerpo.

Bajado del instrumento de muerte, lo ha dejado Antonio en un suelo sin hacer…

A la madre aún sin ultimar, su rostro viéndolo todo, como quien tiene todos los mundos atados a un eclipse que despertará a la luz…

Es tarde, Antonio está cansado, agotado del dolor que ha ido naciendo de sus pinceles. Hora de parar, mañana será otro día, tiene muy claro como quedará al final. Es su tributo a la más alta esencia del dolor.

Se levanta, camina y todo se vuelve oscuro, pero pronto se ilumina la costa, como en un sueño, las olas que vienen de tan lejos a besar las orillas de la isla, y traen sones de canciones; un artilugio simple de maderos se alza enlazado de liñas donde cuelgan luminosas jareas, marcada su carne con lañados surcos. Una bóveda de luz azulina es ahora su mirada, allí está todo cuanto ha brotado de sus manos y de su afán por dejar huellas de su tierra, de sus gentes, de sus creencias, de la sed, de la lluvia, de la luz, de la oscuridad. Palabras hechas  arte, arte hecho vida. Se quedó jugando entre huertas, camellos, gallos, peces y olas, barajas, curanderas y brujas hechizantes, creencias y ritos del mundo antiguo. Una riada de magia ocupa cada rincón de su piel, cada mirada a su mundo.  

La Piedad se ha quedado en un tránsito de amor. No hay dolor en lo no terminado, por el contrario, hay un enorme espacio para la esperanza.

149. Mujer con jaula. Nauzet González

ODA A LAS MUJERES CANARIAS, A TODAS LAS MUJERES Y MADRES DE TODOS LOS PUEBLOS.

Nauzet González

…Mujer digna y recia que amamantaba a sus hijos en el alpende, junto a las cabras que como hermanas las acurrucaban en las noches frías, bajo la sombra cariñosa de los dragos y las palmeras ellas lloraban sus penas, mujeres fuertes y valientes como los valerosos guerreros que lucharon contra los que vinieron a ocupar sus cuevas y robar sus tierras.

Dulces como los dátiles que caían de las palmeras mientras tejían y lloraban sus penas, transmisoras de valores universales, enseñanzas imperecederas,
mi niño, pórtate bien que viene el brujo corujo y te llevará,
mi niño, como me saqué la chancla te vas a enterá,
mi niño, cierra el grifo que el agua no se puede tirá,
lo que pica cura. 

Canciones susurradas que calmaban nuestros enralos y nos dejaban adormecidos,
arrorró mi niño chico que tu madre no está aquí que fue a misa a San Antonio y ella pronto ha de venir… 

Mujeres fuertes y valientes como los valerosos guerreros que lucharon por la libertad de sus hijos, por ellos entregaron sus vidas solo a cambio de los besos agradecidos de sus hijos y los hijos de sus hijos, para que ellos pudieran comer adelgazaron hasta casi desaparecer casi fundidas con los alisios.

Gofio y leche de cabra para seguir en la batalla y no desfallecer, y por su sacrificio y a pesar de las miserias sus hijos se pusieron gorditos.

Potaje de berros para diez y gofio escaldado, se hicieron fuertes y robustos como en la reseca tierra los lagartos, por la libertad de sus nietos y los hijos de sus tataranietos abrazaron a otro Dios que nunca les tendió la mano en las batallas.

Todos sus sacrificios los hicieron por sus hijos, por la libertad de sus nietos y los hijos de sus tataranietos, lucharon como soldados, trabajaron de sol a sol y resistieron, levantaron sus casas con sus manos, se partieron la espalda lavando en las acequias, araron, cargaron agua desde el mar hasta las casas.


Los hombres a morir en la guerra, las mujeres a luchar en la guerra de la vida,
Desde el Risco San Nicolás hasta Venezuela buscando el sustento de sus hijos,
Desde Fataga hasta la Argentina, abandonaron su cercado con todos los arritrancos en la maleta grande de madera, como la del gran Pedro Lezcano, todos estos sacrificios los hicieron por sus hijos, por la libertad de sus nietos y los hijos de sus tataranietos:
NOSOTROS, LIBRES Y ACOMODADOS 

EL DOLOR GUARDADO

….Hace diez años años mientras hacía una habitación en el Hotel en el que trabajaba se sintió mal se mareó y casi se desmaya, no le dio importancia, al día siguiente, mientras me preparaba para llevarme al colegio le dio un mareo bastante fuerte y cayó sobre la cama, yo asustado estuve dos minutos preguntándole si estaba bien, y en un gesto instintivo intenté salir corriendo a avisar a mi padre, ella me agarró del brazo y me dijo que sólo estaba un poco mareada, que no era nada, que no le dijera nada a papi para no preocuparlo, me terminó de preparar la mochila metiendo una bolsa con un zumo, una manzana y un bocadillo de Nocilla. Durante el trayecto hacia el colegio con mi padre me mordí la lengua para no contarle lo que pasó y no preocuparlo, solo le dije que mami se había mareado un poco, y su respuesta fue; ¨tendrá algo que le pasa a las mujeres todos los meses¨, ante mi insistencia en saber que le ocurría a las mujeres todos los meses, mi padre me despachó con un; nada grave, pierd en poquito de sangre.
Estuvo dos meses haciendo un esfuerzo tremendo para disimular el malestar que sentía para no preocupar a nadie de la familia hasta que el doctor le dijera el resultado de las pruebas, y llegó el día, el Doctor Méndez la miró serio a los ojos, estaba triste, porque era un buen hombre, y se conocían desde hace 20 años , ella enseguida supo que le iba a dar una mala noticia,
-tiene usted una insuficiencia renal y a partir de ahora su vida no va a ser la misma, pero no se preocupe, tendrá que someterse a dos sesiones de hemodiálisis diarias durante un tiempo-, -¿pero me curaré Doctor?; -mejorará su calidad de vida y vivirá mas tiempo-. Mi madre me dijo que aquello fue como si le dieran una puñalada en el centro del alma, pero lo que más le preocupaba es que su familia no sufriera por ella y poder verme crecer, y al menos tuvo el consuelo de verme cumplir dieciocho años y la alegría de verme con carnet y coche, incluso conoció a Yani, mi primera novia. Ella habló con su jefa y le pidió que le cambiara el horario para poder someterse a las sesiones de diálisis y no tener que dejar el trabajo porque su marido estaba en paro, ¨como mujer comprendo la situación y haré todo lo posible¨, dos días después recibió la carta de despido por bajo rendimiento y una pequeña hipócrita y vergonzosa nota de disculpa; siento tomar esta decisión pero es evidente que una mujer enferma no va a rendir; que te mejores y mucha suerte. Con el trabajo que consiguió mi padre conseguimos ir aguantando económicamente, ella al principio trató de ocultarnos la gravedad de su enfermedad, nunca perdía la sonrisa, ni cuando empezó a demacrarse, pero con los años se fue apagando, hasta que aquel aciago día de carnaval, paradojas del destino, se despidió de nosotros, solo me dio tiempo de darle un beso y darle las gracias por haber existido.

148. Casa y ruletas. Mª Elena Padrón

CASAS Y RULETAS

Mª Elena Padrón

El frente de mi casa siempre me esperaba.
Con sus ventanas de bocas abiertas y luces parpadeando como si de una fiesta se tratase.
Me gustó desde siempre el color de sus paredes, con azules de añil, rosas de sueños inacabados y grises que me recordaban a mí querido mar cuando enfurecía por las tardes.
Las sillas puestas por algún vecino perdido en el tiempo, para las tardes de verano, en que los niños correteaban y reían dibujando nubes en el aire.
Llegaba el olor a café y el dulzor de alguna mermelada que daba vueltas danzando en la cazuela de la abuela.
La ropa tendida impregnada de vida.
Las camisas de Elías que olían a romero y el delantal con historias en los bolsillos, aleteaba a laurel y tomillo a partes iguales.
Cada vez que regreso a este patio de mi niñez, revivo cada migaja de felicidad que aquí viví. Y lo llevo en la retina a cada nuevo patio azulado que conozco.
e evento.

147. Paisaje con aulaga. Inma Flores

EL SENDERO QUE DESCIENDE DESDE EL CIELO

Inma Flores

Cae abismal la tarde, el cielo cierra

con su ténebre luz, alzando el canto

del ave de mi pecho su quebranto,

abrazado al dolor al que se aferra.

Las gaviotas retornan a la tierra

mientras tú estás tan lejos, tanto, tanto…

Reniego de tu amor, envuelta en llanto,

mi latir se detiene y te destierra.

Se mece la mirada  con el cielo

como un clamor del alba. Hoy la vida

se ciega, temerosa, de la luz.

Álzame, corazón, álzame en vuelo,

para apagar mi voz que late herida,  

sobre ese verde rayo  y su trasluz.

© septiembre 2020

146. La vendedora de flores. Chessie Nan

LA VENDEDORA DE FLORES 

Chessie Nan

Cada día en el mercado vende 

el aroma más preciado de la tierra,

rosas, azucenas, alhelíes, violetas,

estiradas strelitzias de vivos colores. 

Del otro lado blancas calas, anturios, 

perfumados lirios o sutiles orquídeas.

Iris azules, jacintos, alegres gerberas 

o sencillas y limpias margaritas. 

Un flor cortada es como el amor efímero,

aunque dure poco es toda una vida. 

Con cuidado engalanaba los ramos 

con papel celofán, lazos y flor de lluvia. 

Y se preguntaba para quién será esta vez.

Las flores siempre tienen un destinatario. 

Amanecía temprano para traer las flores 

más bellas y frescas a su rincón de madera.

Las colocaba en sus jarros como si quisiera

una a una contagiarlas de misterio y de magia. 

Ya sean pétalos bendecidos para tu mesa

o ardientes para tu cama. 

En su mirada siempre hay un halo de esperanza.

Sus pacientes manos saben que una de esas, 

la flor verdadera, le será devuelta. 

Mientras tanto juegan con una pequeña flor de jazmín…

145. Casas y Ruletas. Nauzet González

Casas y Ruletas

Nauzet González

…. Yo, mi casa, y los muebles que mal la habitaban en un soliloquio de síndrome de Diógenes comedido, en un desorden para mi familiar, se reagruparon por tamaños, utilidades y colores. La colada en el tendedero desprendía un olor floral que se mezclaba con un olor fétido a soledad por todos los rincones. Entré en pánico, de repente me sentí muy cansado y me quedé dormido viendo un reportaje sobre las víctimas del maldito virus. Me levanté a las 7 34 con el sonido de Yaiza, la tórtola verde y blanca que se posaba en mi balcón todas las mañanas a las 7 30, y a la que yo espantaba con el palo de la escoba, no porque tuviera nada en contra de ella, sino porque siempre me dejaba en la ventana un recuerdo en forma de asquerosa, amarillenta y corrosiva cagada, pero ese día Yaiza convirtió su lenguaje de ave en perfecto español con acento canario, me contó que ella también había estado enjaulada un tiempo, pero que pudo escapar un día que Jonay, el niño de la casa abrió la jaula para acariciarla, y que le había cogido tanto cariño al niño que un tiempo después volvió para visitarlo, pero ya no estaba: se habían mudado. – ¿Ahora ya sabes lo que es estar enjaulado, preso?, me preguntó el ave señalándome con el pico la jaula con una pareja de canarios que colgaba de la pared, reflexiona Nau, reflexiona, me insistió mientras se iba, no sin antes cagarme en la ventana. Abrí la jaula de los canarios esperando que se fueran, pero se negaron a marcharse, – estamos acostumbrados a estar encerrados y que nos des de comer, fuera no sobreviviríamos dos días, dijo el más amarillo. Los muebles seguían jugando conmigo al despiste, sobre todo la vieja nevera y la lavadora que me vacilaban intercambiándose sus lugares, la nevera abría y cerraba su puerta cuando le daba la gana, y la lavadora me escondía siempre un calcetín sucio en el fondo al que nunca le encontraba su pareja.

144. Niñas de las mariposas. Tere Marrero

CRISÁLIDA DE ESPERANZA

Tere  Marrero

Hacía tiempo que su aventurera hija desde ese nuevo destino, Australia, no le daba señales de vida y la incertidumbre rondaba sus pensamientos. Aunque nunca había creído en la echadora de cartas, cada día iba abrigando esa posibilidad. Se preguntaba qué  podrían significar cada una de las cartas que tantas veces ella había jugado  para pasar el rato sin visionar futuro alguno. 

-Lo que te puedo decir es que tan lejos no está. ¡Mira!  ¡Tu suerte está marcada por copas!

Vaya vaticinio el de esta harimaguada moderna, -pensó- válido para todas las realidades. Australia también está cerca…si miramos que está en el planeta Tierra. Y lo de las copas… ¿qué? ¿Debo emborracharme para olvidar las penas o para brindar de júbilo? 

Con estas cavilaciones de incrédula, regresó a su casa sin esperanzas  en menos que canta un gallo y fue directa a la cocina a preparar su preciada merienda.

Aquella tarde de febrero se escuchaba un aleteo de colores en aquella sala donde solía saborear trocitos de plátano, papaya y fresas que colocaba meticulosamente en su cuenco. Acomodada en su mecedora cerca del balcón, observaba como el alisio empujaba las nubes estacionadas durante varios días y como, poco a poco, los rayos de sol  iban iluminando su alma. Entre las tuneras de la vereda los lagartos se asomaban a sentir el calorcito. Mientras su mente tarareaba “al salir el sol, te quisiera ver, pero veo, niña, que no puede ser”,  se fijó en la corola amariposada de una aulaga que se había quedado enganchada entre las flores de mundo.  

Este atardecer de aulagas le trajo a su memoria recuerdos de su arcadia feliz: en este salón con su ganchillo,  su marido Ángel descansando de la jornada y su hija Abril siempre releyendo “La vuelta al mundo en ochenta días”. Así, como tres cosas hay en la vida.

El mejor momento del invierno era cuando la acurrucaba en su regazo y le contaba La leyenda de la mariposa azul  o La lección de la mariposa que acababan representando de una manera muy divertida.  Ya en la primavera se hacía realidad y disfrutaban correteando por el campo viendo como esas delicadas criaturas  se alimentaban, sin discriminación, de todas las flores que la naturaleza les ofrecía.

En esta larga ausencia miraba y le servía de consuelo aquel cuadro que Antonio había pintado para ellas porque apreciaba la libertad y el desapego con el que criaba a su hija siendo ella una joven madre y sin marido cerca. 

– Ojos que no ven, corazón que no siente…así representó nuestros ojos, como esas mariposas  que viven el desapego sin magua. ¡A ver si me voy a arrepentir ahora de haberla educado  en el valor de la libertad para elegir su propio camino de vida! Esas manos abiertas habían sido un ofrecimiento a  que disfrutara libre como aquella mariposa que le cedí para que fuera feliz. 

También recordaba a su marido cansado de trabajar en las plataneras desde  el canto del gallo … se embarcó y no volvió más.

-Bueno…Hasta ahora – se decía.

Esta sentencia de “hasta ahora” le ayudaba a aliviar su pena y su soledad y se convertía en una ventana semiabierta a la ilusión, con eso de que nada es para siempre.

Pero ahora la tristeza del doble vacío era inmensa. Echaba tanto de menos a su pequeña que ya no sabía cómo ilusionarse. En esto estaba cuando le pareció divisar a lo lejos a una persona enfilando el camino por el que antes había pasado ella con tanto desasosiego. Por lo que podía apreciar, su silueta era elegante y su vestido blanco bailaba al son de sus andares y el alisio ponía la música de fondo. Se le hacía una eternidad…Parecía que no avanzaba sino que se alejaba… le llamaba la atención su cabeza pues parecía triangular con un pañuelo cuidando su peinado.

Con ese espejismo diluyéndose en la puesta de sol, admitió que aquella carta del tres de copas que el azar le había asignado,  representaba  sus vidas. El tiempo de compartir  había acabado y  aquella mariposa que voló tan lejos permanecerá  en su mente cual crisálida de esperanza.