143. El Pescador. Nauzet González

DE CUANDO EL MAR ERA MAR Y LAS MADRES NOS CURABAN CON UNA SOLA FRASE Y UN BESO

Nauzet González

..Hubo una época no demasiado lejana, donde el mar se juntaba con las montañas,
y enormes lagartos cabezones bajaban a observar a los peces nadar en la orilla,
donde los niños jugaban a enredar sus piececitos con los rejos de los pulpos y aprendían a nadar persiguiendo gueldes de colores, que ahora se han vuelto marrones, la brisa del mar olía a cardones, aulagas y marisco, ahora huele a piche y basura, los viejos salían de noche con sus barquitas a pescar para hacer el caldito pescao para la familia, solo iluminados con la luz de la luna clara que llegaba desde un cielo limpio y cristalino como el mar antiguo y no contaminado, no hace tantos años que se podía correr descalzo por la playa, bañarse, subir la montaña persiguiendo a las pardelas, y jugar a las carreras con los lagartos hasta que se escondiera el sol, y luego volver a la casa o la caseta echa a mano con caña, bloques, arena y callaos, con el cuerpo magullado de heridas mágicas que no dolían, sino que nos hacían maravillosas cosquillas al sentir las manos de nuestras madres curándonos con mercromina, agua oxigenada, y un «sana, sana, culito de rana», heridas que se cerraban en dos días gracias a la salada brisa fresca, no hace tanto que te sentabas en los charcos y los cangrejitos salían de las hendiduras del suelo rocoso, volcánico, y te pellizcaban el culo cariñosamente para que les despejaras las entradas de sus casas, y había tantos caracoles, que se organizaban en filas para ir a comer el plancton de las rocas, que eran verdes como lechugas y ahora son grises como las moles de cemento erigidas sobre montañas ancestrales y sagradas para nuestros antepasados, y masacradas por el progreso de unos pocos.

142. La madeja. Chessie Nan

LA MADEJA

Chessie Nan

La madeja tiene enredos y nudos 

como, así mismo, los tiene la Vida. 

Mi infancia transcurre entre ovillos, 

carretes y bobinas de lana y seda. 

Un conjunto de vueltas de colores,

al pasar cada hebra de lado a lado

se aquietan mis sentidos de una forma 

casi imperceptible, sosegada, callada. 

Meditación hilada entre mis manos

cordón umbilical, escucha silenciosa

del legado artesano de nuestras 

bisabuelas,madres y abuelas. 

Las manos el ancho de mi pecho, 

mantengo los hilos de la Vida, 

pongo en orden mi mente, esas cosas

escondidas adentro que nunca miro. 

 Entre madejas y una taza de malta 

pasa la tarde, momentos compartidos, 

casi sagrados, de risas, complicidad, 

también, lágrimas cálidas y acogedoras.

El hilo tiene memoria, secretos y futuro, 

nos une de manera irreversible, es una

brújula sin espacio entre generaciones 

para crear algo nuevo entre nosotras. 

Cuando tiras del hilo pueden salir 

todos los demonios para que los despidas.

Si eres capaz de tirar hasta el final 

puedes encontrar tu alma deshilachada, 

cansada y vieja que necesita reposo.

Siempre nos queda la esperanza,

el valor de este mundo silencioso, 

              !Arte antiguo! 

 historias y cantares entre hilos 

donde mujeres desenredan la Vida. 

141. Los ídolos guanches. Marco Moreno

ÍDOLOS GUANCHES O COMO NO OLVIDAR DE LO QUE FUIMOS

Marco Moreno

Paul Feyeraben, filósofo de la ciencia, defendió que cualquier método era válido para alcanzar la verdad y aportar conocimiento. Y como tal la pintura, y en este caso la de Antonio Padrón ayuda a entender parte de nuestro pasado más antiguo, de una forma tan sutil que a veces se nos escapa.  Siempre he pensado que la Arqueología tiene mucho de relato, de cuento, con sus causas y consecuencias, con sus personas y personajes, no como una disciplina netamente cartesiana y dogmática. La considero un espacio donde hay hueco y necesidad de incorporar, o al menos intentarlo, otros estudios y enfoques que generen explicaciones más ricas, poliédricas, incluso emocionales, pero sobre todo históricas, es decir, hechos por una sociedad concreta, a lo largo de un devenir, en un momento concreto.

Independientemente, de lo que yo piense, que ni valor ni importancia tiene, sí es cierto, que en los últimos años la Arqueología Canaria ha experimentado un auge y un reconocimiento no conocido hasta el momento. El Museo y Parque Arqueológico Cueva Pintada o el reciente nombramiento de parte del paisaje de Gran Canaria como Patrimonio de la Humanidad por parte de la UNESCO son simples eslabones de una cadena que empezó hace más de un siglo (¡por poner una fecha!), pero de la que es parte importante la propia pintura, a través del movimiento indigenista canario. ¿Por qué? Muchos artistas entre ellos Antonio Padrón acercaron nuestro pasado, indígena a veces, cotidiano siempre, a nuestra mirada. Hicieron del pasado un presente continuo y continuado. El antiguo aborigen estaba vivo, en cada cueva, en cada tumba, en cada ídolo, pero sobre todo en el ámbito rural. El “guanche” quedó como una reserva de nuestros orígenes: de lo que fuimos, de lo que perdimos, y de lo que conservamos. Recuperaron la esencia de Viera y Clavijo, no del buen salvaje, ya que nunca hubo salvajes, solo ojos que así los retrataron, sino el del mundo idílico, tranquilo, con sus penas y oscuridades, pero alejadas de las complicaciones de la vida moderna.

Quizás una de las obras que reúne todas estas características es “Ídolos Guanches” (1967). Esta creación pertenece a su fase más tardía, y con ella y otras anteriores se incorpora al movimiento indigenista en Canarias. Esto adquiere todo su sentido a partir de la propia vida del autor, que no es otra cosa que la riqueza arqueológica existente en el norte de Gran Canaria. No solo desde el conocimiento de las formas e historias aprehendidas de lecturas varias, sino en el intento de dar una explicación a veces simbólica, siempre plástica, de aquellos ídolos, cuevas y cerámicas que conoció. La propia geografía norteña le pertrechó de las herramientas necesarias para la interpretación y creación de una visión personal del mundo indígena.

En cuanto a este cuadro es quizás una gran lección de historia, o al menos así lo interpretamos. Padrón, Desde su subjetividad y conocimiento, intentó mutar nuestra mirada. Enseñarnos a ver más allá del registro arqueológico que se recogía y se exponía en los museos. Los pequeños ídolos de barro guisado dejan de ser imágenes inertes para de forma conjunta, aparecer no en vitrinas sino transformados en mujeres en su lugar de residencia, revelándonos de forma meridiana su significado y funcionalidad. Ya no hace falta la explicación fría, aséptica y medianera de la Arqueología. Este cuadro se nos antoja similar a aquellas pinturas románicas que intentan explicar la vida y milagros de Jesús al campesinado ignorante. Y aquí, los incultos somos nosotros, la sociedad canaria que olvidó su pasado y sus huellas.

En esta pintura Padrón define el concepto de ídolo femenino que hoy conocemos mucho antes que la propia ciencia arqueológica moderna. Ya en el año 67, cuando el proyecto de Cueva Pintada era aún un sueño por determinar y ejecutar, hace una lectura de los ídolos muy personal, pero a la vez tan integral y arraigada a la fuente arqueológica original que cuesta determinar qué es interpretación y qué es original. La propia naturaleza del ídolo, entre lo orgánico de sus formas y materiales, y su subjetivación en la obra del pintor galdense nos lleva a confundir el uno con el otro.

La reinterpretación de las figurillas aborígenes en sus ídolos guanches es ante todo un intento de contextualizar, que dirían los arqueólogos modernos, la pieza a través del espacio donde se localizó. Para ello el autor ubica estás imágenes en una cueva, como símbolo de lo antiguo, pero quizás también de lo sagrado.

Los ídolos guanches parecen representar al menos a cuatro mujeres: dos en un primer plano que preside la escena, y dos más retiradas, en el fondo del cuadro. Estas mujeres se separan, pero no en demasía, del monocronismo de los ídolos originales. Sin salirse de los colores terrosos que permiten a estas figuras conservar su nexo con los ídolos, y a través de aquellos, con la propia tierra. Mantienen cierto hieratismo que se relajado con la simple existencia de brazos y manos. Unas veces entrelazadas y pasivas en un compas eterno de espera, de forma similar a la sostenida por la que se asemeja al ídolo de Tara; otras de forma activa moliendo el grano en molinos naviformes. 

Finalmente genera, ex novo, una mujer con los brazos alzados, así como un gran cuerpo, que al lado de aquella y con tonos blanquecinos aparece colocado de forma retrasada en el espacio central de la imagen. El gran tronco blanquecino se articula a partir de dos aletas adosadas a ambos lados del cuerpo, a modo de brazos, que se asemeja mucho a la parte posterior de varios ídolos. Este se correspondería con la representación trasera del cabello trenzado de algunos ídolos de terracota. El pintor galdense le incorpora una cabeza que la hace adquirir una proporción desmesurada, casi titánica, frente a las geometrías más serenas y proporcionadas de las figuras de los primeros planos. ¿Estamos ante una harimaguada? ¿Aquellas que vestían de blanco tal como describía Abreu Galindo?  ¿Cómo su cuadro “Harimaguadas”  de 1961? Como curiosidad, quizás no tan casual, es que el pintor haga desaparecer los ombligos de los ídolos, representación manifiesta de la vida. Quizás innecesarios en esta reinterpretación porque estas mujeres, vivas y vestidas, tapan con sus ropajes de color diferentes, tal y como se aprecia en la diferencia entre los vestidos y sus cabezas.

Presuponemos que discurre dentro de una cueva que viene encarnada en las figuras geométricas pintadas que representan la Cueva Pintada que tan bien conocía por sus estudios previos. Fuera de la misma, un gran verol, como marca de la naturaleza indígena precolonial, estirando sus brazos al igual que el otro ídolo hacia el cielo, sin que sepamos, si están simplemente rezando o pidiendo agua, o ambas cosas a la vez.

Dentro de la cueva nos encontramos con las dos mujeres que con sus cabezas y cuellos estilizados presentan diferentes elementos clásicos del mundo aborigen, cerámicas troncocónicas decoradas o elementos de molienda. Y una cabra con sus ubres llenas. 

 Y todo cobra sentido. 

Como en otras obras de Padrón se repiten símbolos y significados. La mujer como símbolo de la fertilidad y condensadora del mundo de lo cotidiano, pero también de lo sobrenatural. Estamos ante el intento de contextualizar y explicar los ídolos y a las mujeres aborígenes, y a través de éstas, a las mujeres rurales. Como diría Celso Martín de Guzmán, estamos ante la Madre Nutricia, que no solo nos da el alimento y la vida necesaria, sino que nos acoge, arropa y protege. De ahí la cabra, como símbolo del alimento y representación de lo Sagrado, que junto con las semillas molturadas, o la cerámica que se intuye llena de leche dan el sustento y  vida a quien lo necesita. Relaciones e ideas repetidas en obras similares. Tan potente y sencillo es su mensaje que rápidamente se incorporó al imaginario colectivo. Sin embargo, debemos apostillar que la Arqueología de los últimos años ha enriquecido tal lectura, yendo más allá de la relación mujer:fertilidad:ídolo. Incorporando nuevos escenarios, matizando significados y concretando cronologías.

Quisieron las Nornas vikingas o las Moiras griegas hilar el destino y muerte de Padrón al 8 de mayo, fecha que en la actualidad se conmemora el día de la mujer trabajadora. Pero sería injusto solo recordarlo por eso. Intentó con sus herramientas dar a conocer al gran público, consiguiéndolo sin argucias ni artificios, el pasado aborigen a un momento en el que tales temas empezaban a despertar de su letargo. 

Padrón, como Feyeraben sabía que llegar al conocimiento-mensaje no dependía en si mismo del método-estilo, sino de su adecuación al problema que quisiéramos resolver-comunicar. Quizás debemos aprender de él, buscar la dignidad en el pasado, a través de su memoria, para así salvar el presente. Al menos hay que intentarlo.

140. El estudio. Luis Alberto Serrano

ROBO EN EL MUSEO

Luis Alberto Serrano

            Candy, ya llevaba cinco misiones secretas para el World Bank of Confidential Information WBCI y estaba creciendo mucho su reputación en la organización. Pero cada vez pensaba más que le habían arrancado de los placeres de tener una vida intrascendente. Eso conllevaba sacrificios como el de no pasar más tiempo con Ricardo, que no paraba de crecer y hacer preguntas. Tras finalizar el último de los encargos, en el que tuvieron que convencer “por la fuerza”, a un magnate del petróleo a construir escuelas para los hijos de sus sirvientes, pidió que le dejaran disfrutar de su hijo durante dos meses seguidos. Justo los que él niño no tendría que ir al “college” privado en el que le había inscrito la propia organización.

            Por ser la justa reivindicación, le fue concedida la petición. Lo primero que hizo fue buscar un lugar en el mundo donde poder estar tranquila, sin agobios y gozando de lo que más le importaba en este mundo: su hijo. Puso en Google una frase a buscar: “paraíso en la tierra” para ver que lugares paradisiacos le sugería al azar. No tardo ni un minuto en saltarle el wasap. Era un mensaje de su jefe “secreto”, el señor de negro, que simplemente ponía: “Islas Canarias”. Sabía que la organización controlaba todos sus movimientos, pero siempre le alucinaba la eficacia que tenían. Por un lado, pensó en ir a un sitio donde ellos no supieran encontrarla. Aunque lo desechó, porque la encontrarían. Así que, decidió hacer caso y que, por si pasaba alguna desgracia, la tuvieran localizada.

            Ricardo estaba encantado del viaje y todos los días buscaba en el mapa de la isla de Gran Canaria, lugares que visitar. Se le notó ilusionado en el avión de saber que pasaría un tiempo con su madre. Los dos solos. Habían elegido un hotel rural en la zona del Valle de Agaete. Naturaleza, piscina, y sitios que visitar. La sugerencia del señor de negro no podría haber sido más acertada. Pasaron unos días visitando enclaves paradisiacos de la isla y algunos centros de arte en la capital. El niño, que destacaba en dibujo en el colegio, le pidió a la madre ir a un museo que estaba a pocos minutos en coche desde el hotel. Allí se encaminaron un martes, después de comer, por quinto día consecutivo, las papas arrugás que tanto le encantaron al chaval.

            Entraron al museo de Antonio Padrón. Ricardo, entusiasmado, le iba contando a la madre las cosas que iban viendo, como si hubiera estado investigando antes. Se lo preguntó abiertamente. “Claro, mamá. Tu juegas a tus juegos en la tablet y yo busco información para saber lo que vamos a ver”. Por eso quería pasar más tiempo con él, para disfrutar de esos momentos de verlo crecer físicamente, y como persona. “Este museo se hizo en el propio estudio de autor, mamá. Y en sus cuadros refleja todas las formas de vivir de la gente de este lugar”. Su interés le despertó a Candy la curiosidad y empezó a atender un poco más a lo que estaba viendo. De repente, sonó una alarma y se cerraron todas las puertas.

            La incertidumbre entre los visitantes fue evidente. Algo había pasado. Un miembro del cuerpo de seguridad les tranquilizó. “Sólo serán unos minutos. No se preocupen. Hemos tenido una incidencia y necesitamos hacer unas comprobaciones”. El murmullo de los presentes denotaba incredulidad. Pero los minutos prometidos se convirtieron en casi una hora. Empezaron las protestas. “Seguro que han robado un cuadro”, dijo Ricardo, medio de broma. El mismo miembro de seguridad les pidió, a todos, reconcentrarse en el patio para aclarar lo sucedido. Todos, empezando a perder la paciencia, accedieron de mala gana. En lo alto de la escalera salió el propio director del museo a contarles que había desaparecido un cuadro. Ricardo miro a su madre con ese gesto de “te lo dije”.

            El gerente, cuando constató que estaban todos los visitantes, trabajadores, incluidos los de seguridad y limpieza, contó que el “Bodegón de papayas y peces” había desaparecido. No sabían cómo, pero no estaba. En su lugar habían puesto una copia serigrafiada. Demasiado chapucero para ser profesionales, se dijo Candy. Les informaron que habían mirado las cámaras de seguridad y determinaron que por la puerta nadie había sacado ningún paquete que pudiera contener el tamaño del cuadro. Por lo tanto, se podría deducir, que el cuadro todavía no había salido del museo. Un enfurecido turista alemán, en su peculiar versión de español, dijo que porqué tenía que ser uno de los visitantes. Si estaban todos ahí, y ninguno lo tenía, porqué no los dejaban marchar. Además, se atrevió a acusar a alguno de los trabajadores. Todo eran especulaciones y la trifulca dialéctica la paró la llegada de la policía. Les tomaron los datos y su localización en la isla, uno a uno. Y los dejaron partir.

            Por la noche, después de tanto alboroto, madre e hijo decidieron cenar en la habitación hablando de lo que había ocurrido. No se les ocurría nada a ninguno. Pero estaban de acuerdo en que, el que lo hiciese, tenía un plan. Lo de poner un cuadro tan evidentemente falso no era por falta de pericia, seguro que era para desviar la atención. Alguien quería que se formara el revuelo y lo había conseguido. Pero, ¿para qué? Tranquilos se acostaron a dormir en la misma cama. Cuando el niño se había quedado completamente dormido, una mano tapó la boca a Candy y le hizo una seña para que saliera de la habitación lentamente. Cuando la poca luz le dejó ver la imagen de la persona, vio que era su doble. ¿Qué hacía allí?

            Despacio salieron las dos a la terraza hablando en susurros. La chica le contó que había llegado una información de que la policía había tomado sus datos y la WBCI montó el sistema por si había que rescatarla de algo. La tranquilizó y le relató, con pelos y señales, lo acontecido en el museo. Las dos se relajaron. Entre ellas había mucha confianza. A Candy le encantaba como trataba al niño en sus secretas ausencias, cuando le encargaban una misión. Aunque le advirtió que el chaval, a veces, hacía preguntas de sospecha. Tendrían que extremar las medidas cuando la doble sustituyera a Candy para que el niño no notara nada. Estaba madurando y tenía el coeficiente intelectual heredado de la madre. Se despidieron y quedaron en estar cerca por si pasara algo en los próximos días. La chica le dijo que no se preocupara y que informaría de todo al hombre de negro del WBCI.

            A la mañana siguiente estaban desayunando en la terraza de la habitación. Sin avisar, un ave lanzó un pequeño huevo que impactó en el vestido de Candy. Tras maldecir, y las risas del niño, decidió ir cambiarse de ropa. Al llegar al dormitorio se encontró, de nuevo, a su doble. Incrédula, le preguntó que qué hacía allí. Le indicó que la estaban esperando en el Museo Antonio Padrón por orden del señor de negro. El WBCI había tomado cartas en el asunto. Le dijo que no se preocupara que ella se quedaba cuidando a Ricardo. “No me digas que lo del huevo has sido tú para obligarme a venir al dormitorio”, le inquirió la espía con tono ligeramente enfurecido. “No, eso podría haberlo hecho más fácil. Pero ¿Cómo justificaría que te cambies de ropa, así, sin más? No tengo copia de tus trajes aquí. Recuerda que estamos improvisando. Y el niño no tiene que notar el cambio”. La indignación paso a risa y le dijo que era buenísima en su trabajo. La chica contestó que, por eso el WBCI recluta a los mejores, cada uno en lo suyo.

            Se encaminó y llego pronto al Museo. La estaban esperando. Un policía secreto la abordó antes de que entrara. La llevo a una cafetería y le contó como estaba la situación. Ella entraría en el museo como técnica de video para revisar las imágenes. La policía la ha recomendado como experta. Sin nombrar a la organización, debería recabar toda la información para descubrir al ladrón. Así sería. Y la dejo marchar para que entrara en el museo. Al despedirse, le deseo suerte y le entregó un dossier sobre la obra de Antonio Padrón.

            Cuando Candy entró y se presentó, rápido le explicaron cómo funciona el sistema de videovigilancia. Una vez al mes, cada una de las cámaras se resetea y hace copia de seguridad de las imágenes captadas. Pero sólo una cámara cada día y por un cuarto de hora, como máximo. Le orientaron de que el robo se produjo en el cuarto de hora en el que la cámara de esa zona estaba inoperativa. Ella comentó que el que lo hizo, posiblemente supiera de los horarios de las grabaciones. Los demás asintieron. Con lo que ella puso en la mesa lo que todos pensaban. O es alguien del museo o de la empresa de vigilancia. En eso estaban todos de acuerdo. Y preguntó: “¿una persona o varias?”. Nadie supo qué decir.

            Háblenme del cuadro, les pidió. El director le dijo que no era de los más grandes, que tenía unas medidas de 40×46 centímetros y que era un óleo pintado sobre cartón. Empezaron a visionar de nuevo, con ella, lo que veían todas las cámaras en el mismo horario en el que la de esa sala estuvo apagada. Al poco de empezar entraron, sobresaltados, dos policías encargados de la investigación. “Ya ha aparecido”, sentenciaron sonrientes. Corrieron a la estancia donde estaba expuesto y encontraron, recogiendo, a un equipo de la policía científica. El inspector le dijo que fue simple. Aprovechando el parón de la cámara. Quitaron el cuadro de la pared y lo ocultaron detrás de otro de los cuadros. Por eso no había señales de que hubiera salido de la habitación. Caso resuelto.

            A Candy no le terminaba de convencer nada. La única explicación que veía era que lo quisieran mantener oculto hasta que pudieran evadirlo. Pero para sacarlo tendría que estar desconectada la cámara de salida, y se supone que en ese momento tiene que estar conectada la de esta sala. Algo no le cuadraba. Se llevó al director a un apartado. El hombre estaba que no cabía de contento. Ella determinó meterle el miedo en el cuerpo, al rector, con sus conjeturas.

            Al día siguiente, el director reunió a todo su personal. Les comentó que las inspecciones policiales seguirían un tiempo hasta descubrir a la persona que había tramado el plan para robar el cuadro y que tan mal le había salido. Y, por supuesto, informó que el listado de los horarios de desconexión de las cámaras había cambiado y que, desde ese momento sólo él y la empresa encargada de la videovigilancia sabrían los días y horas de las copias de seguridad. Todos se fueron a trabajar con la certeza de que alguno de ellos era culpable.

            Candy se volvió a su hotelito a disfrutar de su hijo. Esta vez el cambiazo fue más cómodo. Su doble estaba bañándose en la piscina y ella le hizo una seña. La mujer, salió del agua y, mojada, le dijo a Ricardo que prepararía dos zumos de naranja. Fue a la habitación y le dio un bañador nuevo igual al que llevaba puesto. “He estado de compras con el niño”, le dijo riendo. Candy se puso el bañador, hizo los zumos de naranja, se metió en la ducha para volver mojada, y volvió a su vida de madre. Recibió una llamada pactada y al colgar le contó a su hijo que había aparecido el cuadro. Este se alegró y le contó que algún día él sería un pintor también, y que pintaría cuadros de la gente que le rodea. La madre casi llora cuando le dijo “Y a ti te pintaré la primera, mamá”.

            Ya estaban preparando las maletas para regresar a casa cuando vino el director del museo a verla al hotel. Le contó que había sido muy efectiva la idea que ella había sugerido. Le pidió que les dijera a los trabajadores lo del nuevo detalle de horarios de las cámaras y que, tras esto, instalara una cámara en su despacho. El que fuera, tenía que tener la nueva lista para poder saber a que hora y que día, sacar el cuadro del museo. Y que tal, y como ella había predicho, no era el robo de ese cuadro el fin principal. El cuadro lo habían escondido detrás de otro llamado “Bodegón de jareas”, mucho más grande. Eso ya lo sabía ella, porque lo vio en directo. Lo que nadie se percató, por la euforia del momento, es que ese cuadro, que estaba colgado en la pared, era falso. O sea que, cambiaron el original de uno por uno falso y detrás de ese pusieron el original del otro más pequeño. Con lo cual, emplearon un robo de señuelo para robar el otro más grande. “¿Y como lo descubrieron?”. El director le dijo que gracias a la cámara que ella dijo de poner en su despacho y la falsa lista de nuevos horarios de los cortes de cámara, cercaron el ámbito de sospechosos a una sola persona. “La limpiadora”, dijo Candy, interrumpiendo al hombre. Alguien que accede al despacho del director sin levantar sospechas y que puede sacar material de desecho con aparente naturalidad. Se rieron los dos y siguieron comentando el desarrollo. Era la única persona que entró en el despacho y se la captó revolver los papeles, cosa que no es su función. Cuando encontró la lista, le sacó una foto con el móvil. Luego todo fue fácil. La policía estaba esperándola en el horario falso en que la cámara se supone que no estaría grabando. Pero está todo grabado. El original del cuadro que pretendía robar había estado todo el tiempo adherido debajo del carro de limpieza. Por eso no había salido del recinto. 

            Tras un abrazo enorme, el director le regalo un paquete con productos de la tierra. Buen vino y quesos premiados en medio mundo. Cuando regresó, el niño que lo había visto todo, le preguntó a la madre: “Mamá, ¿Qué quería el director del museo?”. A lo que la madre contestó titubeando, porque le incomodaban esas preguntas, que nada, que solo le pedía disculpas por haberlos retenido en el museo y que nos invitaba a la próxima vez que vinieran para enseñárselo el mismo, en persona. El chiquillo, receloso, le insistió en que si eso lo haría con todos los visitantes que había ese día ahí y ella le contestó con un esquivo “Si, hijo, si”.

139. Harimaguada. Chessie Nan

HARIMAGUADA

Chessie Nan

Una mujer preside la ceremonia, 

santiguadora, visionaria, sabia,

mano creadora de la fertilidad.

Vestales de roca envueltas de blanco,

voces y cantos bajan de los pinares

en lo alto de Inagua, Agaete y Cuatro puertas. 

Virgenes de sal y los altares

desde los ocho años de edad, 

casta sacerdotal del pueblo guanche. 

Mujeres escogidas, misteriosas, mágicas, 

doncellas encerradas de singular belleza,

preparadas para las artes amatorias.

Escapan de los tamogantes, casas y conventos, 

se dirigen desde el pico de la montaña al mar.

derraman leche y manteca en la cumbre.

Azotan el mar con varas y hojas de palma,

se escuchan plegarias,cantan, lloran, rezan, 

danzan la alegría en señal de abundancia. 

Mujeres de amplia sonrisa y mullido pecho.

cuidan de la sangre que mana de la tierra,

esparcen su pureza e inocencia en el aire. 

Dueñas de la montaña del sol y de la luna, 

de la lluvia, del ondear de las mareas.

Cambian los ciclos de la naturaleza.

  Dueñas de la vida y de la muerte.  

Harimaguada, !Mujer Sagrada!, !Sacerdotisa!

A ti es la única que escucha el mar 

para verter sobre nosotros la fresca lluvia. 

Eres tan exquisita, cultivada y efímera que nadie

puede observarte mientras te bañas en la orilla. 

Quien traspase ese velo se irá contigo, desaparecerá,

se fundirá como estatua de sal para siempre. 

Chessie Nan

Antigua Harimaguada

138. El estudio. Pedro Lavado

DE TÍTERES Y FANTASMAS EN LA CASA MUSEO ANTONIO PADRÓN EN GÁLDAR

Pedro José Lavado

Confieso mi atracción e interés por las marionetas y títeres desde hace años, y por ello cualquier cosa relacionada con este tema me seduce y arrastra sin remedio. Hace unos años me encontraba en Gáldar por un tema turístico y laboral, vinculado con museos y naturalmente acabé haciendo una visita a la Casa Museo de Antonio Padrón. Desde el patio cuadriculado con los suelos enchinarrados y un recorrido que invitaba a los recovecos y a realizar una visita un tanto imaginada, me dirigí a la casa y cuál no sería mi sorpresa al encontrarme una enorme marioneta de tamaño casi humano, de las conocidas como marotte en el argot de titiriteros, en el inicio de la escalera. Obvié de entrada la sala de la parte baja y me encontré en unos momentos entablando una conversación, no sé, si real o imaginaria, con ese gran personaje que presidía y guardaba el paso de la escalera. 

“Hola”- le saludé. Quizás el primer paso para romper el hielo y entablar una conversación. 

Pareció no oírme.

“¡Hola, Antonio!”- Creí oportuno dirigirme a él por su nombre y algo más de énfasis. 

“Hola, Buenos días, turista curioso…”– me contestó. Por un lado, me agradó que entrara al diálogo, pero me molestó su apostilla de “turista”. Decidí no hacer ninguna observación al respecto.

“Quería ver tu casa y la colección de obras de arte que la decoran”. No iba con segundas, pero algo debió de entender cuando me espetó: 

“No son obras decorativas. Es mi trabajo diario y en estas pinturas o cerámicas se muestra cuanto he podido experimentar. ¿No sé si conoces la gente y los paisajes de esta isla?”

“Un poquito”…– le respondí, mientras de un golpe de vista recorría el entorno y las obras que colgaban en la escalera… “Veo que te gustan las cabras o los camellos… y esos niños montando una cometa… son deliciosos”.

“Bueno, ya veo que te fijas en algo. También habrás observado o verás ahora que prefiero representar a gentes del campo en sus trabajos. Que mis colores nacen de la tierra y de los ocres mismos que pintaron la Cueva Pintada de Gáldar…, bueno, es cuestión que tú mismo lo descubras…”

Decidí seguir subiendo la escalera, pero me paró su voz: “¿A dónde crees que vas?”

“Al piso alto”- respondí.

“Ni se te ocurra entrar en mi estudio, estoy pintando una Piedad y no quiero que nadie me interrumpa. He bajado un momento a respirar”.

Un tanto sorprendido, contesté con un “Vale”.

Arriba me asomé, como despistadamente hacia el fondo del estudio del pintor, y en ese momento se apagó la luz y quedó tan solo una vela junto al caballete. 

“Ni se te ocurra entrar”, volví a oír una voz desde abajo, a la vez que la luz empezaba a titilar y la llama de la vela temblaba. Un olor a flores marchitas se superpuso a todo y me encontré corriendo escaleras abajo. Algo había roto yo del encanto de la sala y del trabajo del pintor. 

Ahora ya no encontré esa marioneta de tamaño natural en el arranque de la escalera… ¿Habría soñado yo esta conversación? No quería imaginar que hubiese hablado directamente con la figura real del artista que yo identifiqué con una marioneta. ¡Quién lo sabe!

Gáldar, Casa Museo Antonio Padrón, 8 de mayo de 2017

137. Maternidad canaria. Pino Rosa Suárez

MATERNIDAD CANARIA 

REFLEXIÓN DE MADRE

Pino Rosa

Fui joven, hermosa, con una lozanía típica de mis dieciocho años, con los ojos llenos de luz y alegría. Mi piel era tersa, repleta de vida, mis senos turgentes, desafiantes…estaba preparada para dar y recibir mucho amor. 

Cuando te concebí en mis entrañas hijo mío, me sentí la mujer más dichosa de la tierra, yo iba a dar una nueva vida… ¡qué bella realidad! 

Mi cuerpo se fue deformando con el paso de los meses, tenía los pies hinchados, debido a la inflamación de las varices, pero era inmensamente feliz; te hablaba, te cantaba dulces nanas y te acunaba meciéndote en mi vientre. 

Y llegaste un día al amanecer, sí, naciste con la bella aurora, anunciando la llegada del astro rey. Fue hermoso. Te vi tan indefenso, tan pequeñito…tu llanto me sacó del letargo en el que me había sumido, ¡cuánta felicidad! 

Los años fueron pasando muy rápido, los días se me hacían muy cortos, casi no tenía tiempo para mirarme en el espejo y observar cómo se iba deteriorando mi imagen. Mi piel ya no era tersa, se formaron muchas estrías en ella como consecuencia de tu crecimiento cuando estabas dentro de mí. Mis ojos ya no brillaban, su brillo se fue apagando de tantas noches sin dormir, pendiente de tus desvelos y de tu llanto. Mis senos ya no eran turgentes, ahora estaban flácidos, y es que mi niño extraía de ellos el calostro desde el primer momento, luego te amamanté durante algún tiempo y así hasta un total de seis hijos. 

Mi deterioro físico aumentaba con el paso de los años, pero mi amor de madre crecía con la llegada de cada uno de mis niños. 

Cada embarazo me estriaba más la piel, apagaba más la luz de mis ojos, se escurrían más mis pechos…pero mi alegría era mayor, mi amor de madre aumentaba por mis hijos. Sus alegrías eran mis alegrías, sus tristezas eran mi gran pena. 

Ahora, echando la vista atrás, me doy cuenta de que soy vieja y cada vez me siento más inútil, me duele todo el cuerpo…pero ¿sabes lo que más me duele? el corazón, este corazón que sigue latiendo lleno de amor de madre, a veces ignorado, otras, marginado, pero quiero que sepas una cosa hijo mío: el amor de una madre no muere jamás. 

Desde la soledad de mi pequeña habitación, en donde me paso las horas tejiendo mi labor, pienso en mis hijos, en sus trabajos, en el poco tiempo que disponen para venir a verme y entonces, me embarga la nostalgia y espero con ilusión el regreso de sus hijos, que son mis nietos, mis niños pequeños, ellos llenan de luz y alegría mi pequeño cuartito con sus risas contagiosas…y yo me vuelvo a sentir la madre más feliz del mundo. 

136. El pescador. Macamen Alonso

EL PESCADOR 

Macamen Alonso

Cada mañana, al alba, el pescador 

            Deja su cama.

-Sus hijos y su mujer duermen-.

El mar le espera. 

                 Remando se adentra.

El mar no es azul. 

              Es negro. 

El mar sin luz no es amable. 

                Remando se adentra.

Echa y recoge redes.

                       Frío. Soledad. 

Los canastos llenos.

La pesca hoy ha sido buena. 

-Sus hijos y su mujer esperan –

                 Remando regresa. 

135. Figuras y mariposas. Nauzet González

LA DESPEDIDA DE MI ABUELA

Nauzet González

…..Para el resto de mi familia mi abuela Lucía se había ido para siempre hacía unos dos años, pero para mi ella no se había ido porque todas las noches se acercaba muy despacito, como flotando envuelta en una bruma que dejaba entrever su silueta, oliendo a naftalina y a medicina, se sentaba a los pies de mi cama y me rezaba un Padre Nuestro y un Ave María, luego me daba un beso baboso en la mejilla y se marchaba despacito. Abuelita ya se fue me decía mi madre, lo que pasa es que como la querías mucho sueñas con ella todas las noches, y yo me enfadaba y le decía que no eran sueños, que yo la escuchaba y con su beso me dormía. Aquella noche mi madre decidió dormir a mi lado para demostrarme que las visitas de mi abuela solo eran sueños, y apareció, rezó, y dijo que era el momento de irse de verdad, mi madre estaba muy asustada, pensé que le había dado algo, luego nos quedamos dormidos, pero ella siguió diciéndome que solo fue un sueño, y que casualmente esa noche habíamos tenido el mismo sueño,-¡ay mi niño!, tan pequeño y ya se te está yendo el baifo, me solía decir. Años más tarde le tocó despedirse a mi madre, pero mi madre no era muy creyente así que simplemente me dio un beso y se marchó.

134. Alfarera. Javier Jiménez

LOCERAS

El viaje iniciático

Javier Jiménez

El niño acunó con sus breves manos al delicado pajarillo y acercando tímidamente sus labios lo hizo sonar, emitiendo un trino similar al del canario que tenían a la entrada del zaguán. Un éxtasis extraño que solo una inocencia así puede alcanzar, invadió aquel pequeño y grácil cuerpo. 

La minúscula ave siempre tan  hierática, súbitamente desplegó sus alas y tras un breve titubeo alzó el vuelo ante la mirada atónita y cándida del infante, que se debatía entre sus ansias de atraparle y el deseo de admirar la belleza de su vuelo perfecto. Sin embargo, algo le susurró que la dejase, que  simplemente la siguiera.

Revoloteando en un ascenso que describía lentas espirales sobre la arboleda del patio, cruzaron la villa señorial, reparando en la visión de cada una de las azoteas que, desde lo alto y a modo de policromado tapiz, constituían el mosaico de aquella vida pobre y sencilla, cuya única divisa era espiritual.

Cruzaron la fértil Vega deleitándose en la belleza de los campos de cultivo. Era notable el ahínco de aquella gente trabajadora, que desde tiempos inmemoriales regaban la tierra con su sudor para ganar el preciado fruto de la generosa madre nutricia. Sus rostros morenos, con la piel llena de surcos, reflejaban los siglos de penurias y sometimiento que llevaban sufriendo los de su clase. No obstante, la armonía y sincronicidad del humano y su entorno, en una adecuada proporción fondo/figura, se apreciaban desde las alturas con inusitada nitidez y de un plumazo se esfumaban todos los afanes y aflicciones. Era el milagro que operaba el cambio de perspectiva y el motivo de que los seres alados disfruten de una visión de conjunto que nos está vetada a los que vivimos a ras del suelo.

Sin avisar, con un vertiginoso giro y aprovechando el empuje de los alisios, el ave enfiló barranco arriba en la abrupta geografía insular, hasta la cordillera que marcaba la divisoria entre las tierras bajas y altas del municipio. La lluvia pertinaz de incontables siglos había tallado en la redonda isla innumerables barrancos que, desde la cumbre hasta el mar, dibujaban una simetría radial de abismos y montañas, de hondonadas y promontorios que brindaban diferente estampa según la posición del astro rey. Todo el espectro cromático que haría las delicias de un pintor, se hallaba allí.

En menos que canta un gallo y cuando más disfrutaba de la cenital contemplación, fue a aterrizar con el ave sobre el roso de una cueva, encaramada en lo alto de la montaña, que le proporcionaba una vista panorámica de todo el poblado. 

El pequeño Antonio no daba crédito a lo que veían sus voraces ojos, en un desconocido y prodigioso efecto de zoom que jamás hubiera podido concebir.  “Qué clase de mundo era aquel, tan en las antípodas de la pequeña, ordenada y rectilínea vida abajo en el pueblo”, debió preguntarse.

Su retina no tardó en acomodarse a aquella exaltadora visión de líneas sinuosas, de pétreo estallido de formas, que los lugareños habían conseguido mínimamente domesticar  abriendo pequeños agujeros aquí y allá, arrebatando a golpe de picounos escasos metros a la escarpada montaña. Exangües cadenas de tierra donde arrancar un pedazo de pan al risco. 

Se quedó perplejo meditando sobre aquella suerte de milagro, o tal vez, de imperiosa necesidad, que llevó a estas personas a vivir donde únicamente podrían habitar guirres, cuervos y aguilillas. 

Y pensar que unos kilómetros más abajo; para un puñado de privilegiados entre los que se contaba, la vida discurría plácida y confortable por anchas calles adoquinadas, mientras aquí arriba se aferraban a una existencia funambulista al borde del precipicio.

El olor a humo de los alfares  cautivó de inmediato su atención, saturando su cavidad nasal con evocadores recuerdos de algún remoto pasado, de origen desconocido.  Hombres, mujeres y niños subían y bajaban como hormigas aquella montaña con cabeza de Titán, conocida por los lugareños como el Cabezo. Era este sin duda un mundo antediluviano, más propio de la Gigantomaquia que alguna vez  devoró con fruición en sus vespertinas lecturas de verano, tumbado en la arena de la playa.Pequeños hilillos de humo se divisaban por doquier, exhalados al cielo azul desde las oquedades, cual fumarolas de un volcán apenas dormido.

“Pero, qué querrá mostrarme este pájaro”, pensaba, pues tenía la intuición de una motivación más profunda que justificara tan insólito viaje. La finalidad de aquella odisea permanecía aún oculta a su entendimiento.

Le pareció cosa singular que el ocio y el trabajo  fueran uno y lo mismo, sorprendido de ver aquellos seres agradecidos con sus pesadas cargas, recitando décimas y repitiendo ancestrales tonadillas, cuyo origen se perdía en la noche de los tiempos. Un grupo de mujeres, de diferentes edades, cargaban grandes haces de leña, mientras otras amasaban con garbo insistente y parsimonioso el adánico elemento que anchas espaldas transportaban desde la cumbre.  El barro era extraído una y otra vez de la materia gris de la cabeza del gigante, y era creencia común entre el paisanaje que entre más sacaban más había. Tal era la naturaleza dadivosa de la montaña.

Por su parte los niños se apresuraban a acarrear el agua desde la fuente con una alegría esencial, propia de esa edad que no ha enajenado el juego del trabajo.

Sin sombra de duda, y como si de una repentina revelación se tratase, entendió que estaba ante un pueblo de demiurgos. Demiurgos que por supuesto no sabían que lo eran y nunca lo sospecharon, pues es cosa habitual entre los creadores esa cierta distancia, ese inocente desapego respecto a su creación. 

De cueva en cueva y con atávico gesto, sabias manos modelaban la sustancia informe, que se transformaba en preciosos objetos, destinados a servir a las múltiples necesidades humanas de la isla toda. Llegado el momento crucial de la guisá, todos se arremolinaban en torno al horno comunal, mientras el guisandero introducía las piezas, con exquisita delicadeza en el interior de la caverna crepitante.  Aquel acto sencillo y puro, se le antojaba una especie de epifanía, revelándole el mismísimo principio alquímico de la Creación. En aquella suerte de clarividencia que le ofrendaba su mirada de pájaro, el universo entero se le mostró como un inconmensurable horno, donde el noble acto primigenio se había estado repitiendo por toda la eternidad, dando lugar a las infinitas creaciones. 

En un instante sospechó que aquella mujer con aire de esfinge, aquella maga que daba forma a la masa para luego someterla al poder calorífico del útero ígneo, también había engendrado al pájaro que sus padres le habían regalado años atrás, y que ahora le guiaba en el fabuloso viaje iniciático hacia parajes ignotos. Y así lo corroboró cuando, entre el montón de loza y de brasas incandescentes, pudo entrever otros pájaros, que serían a su vez el juguete de otros niños. Una imagen inquietante acudió como un resplandor a su mente: él mismo, aquel chiquillo curioso que aún no vestía de largo, no era sino otra figura más en el laberinto intemporal de metáforas diez mil veces repetidas. 

De repente todo cobró sentido, un velo se rasgó y quedó estupefacto, pues desfilaban ante su vista la miríada de seres que durante años había imaginado. Era su imago mundi particular, con la que siempre se representó en su cabecita aquella sociedad isleña. Y comprendió que todas esas personas ajetreadas y hacendosas, que tan familiares le resultaban, eran a la postre los personajes de sus cuadros. 

Pero entre todas las visiones que agitadamente se proyectaban, había una que persistía más vívida, imponiéndose en el torrente de instantáneas que de forma febril se sucedían en su “pantalla” interior. Ese recuerdo de la mujer silenciosa sentada en la cueva, absorta en su trabajo, no podía quitárselo de encima. Estaba como embelesado con su dulce gesto maternal, dando vida a la criatura con el intenso rojo de un almagre casi bermellón. No había rastro de artificio, ninguna actitud impostada en ella. Solo absoluta entrega y devoción hacia su trabajo. Ese jeito con que habilitaba cuidadosamente la obra se le quedó grabado a fuego. 

Antonio cerró fuertemente los ojos para que no se esfumara la profética quimera y sin más demora, despidiéndose  de su alado amigo, dirigió lentamente sus pasos hacia el taller.