104. En la exposición. Mª José Corachán Galindo

EN LA EXPOSICIÓN

Mª José Corachán Galindo


Una lagartija fuera de lugar en el pavimento añil del verano. Un desorden en el camino que conduce a las tres mujeres, impasibles, a contemplar la muestra de pintura de los artistas locales.

Pero ella no está allí, ya no. No puede concentrarse en el cuadro que sus compañeras admiran. Tiene poco tiempo, pronto es la hora de abrir la tienda y todavía no ha colocado el queso que tanto le gusta a Mario, su nuevo amor.

Nadie lo sabe todavía, Maday no piensa más que en agradarle, quiere coger una cuña de majorero para deleitarle. Él llegó aquí hace hoy tres meses, se enamoró de la isla al mismo tiempo que de ella. No conoce esta tierra y Maday ha asumido una misión: enseñarle a apreciar sus paisajes, sus sabores, todo lo que puede dar este lugar.

Se dice que nadie notará que falta un trozo de ese queso, su favorito. No es importante, se lo toma como parte del salario, a veces el trabajo es duro y no le pagan bien. Le pesa ya en la conciencia, fiel reflejo de lo aprendido de su padre, el recto campesino en el que todos confiaban.

La visita a la exposición ya está terminando. Maday sigue con la mirada lejos de allí, ahora se pregunta cómo le habrá ido a Mario el día de pesca. Es nuevo en el oficio, se hace un lío con las redes, teme el cambio en los vientos y las tempestades imprevistas. Pero le encanta el mar y eso lo compensa todo.

Claro que la cultura es otro aspecto a considerar, si lo que pretende es que él conozca sus costumbres. Es hora de irse, tendrá que volver otro día, ella sola, para captar esa atmósfera que se refleja ahora en los ojos de sus amigas.

Se anuda el pañuelo, se coloca el delantal.


– ¿Qué desea?
Con las prisas, no se da cuenta de que el cliente es Mario.


– De momento, me conformo con tu sonrisa, Maday. Ya habrá tiempo para quesos y pintura. Tenemos toda una vida para conocernos.

Azuqueca de Henares (Guadalajara), 25 de agosto de 2020

103. Mujeres sentadas. Isabel Expósito

QUIETUD

Isabel Expósito Morales

QUIETUD es un lagarto 

agazapado entre las zarzas 

alfombra de contiendas

marchitas bajo el árbol 

sin cosecha

siesta de abuela 

que descansa en olvidos 

que oscurecen la casa

una rabia adormecida

bajo la suela de un zapato

Inmóvil memoria de la lluvia 

estancada en los patios

Un pacto silencioso con el ruido 

que fuimos.

Una tregua

102. Mujer con Jaula. Ángeles Hernández Cruz

MUJER CON JAULA

Ángeles Hernández Cruz

María lleva el luto embadurnado

en su piel y en sus ropas

desde hace tanto tiempo

que no puede acordarse

de los tonos brillantes de su risa.

Ha ido encadenando los difuntos

que uno a uno se iban,

dejando a las mujeres

el llanto y la negrura en el tejido:

mangas largas y faldas bajas.

Con el pañuelo bruno

que acorrala su rostro hermoso y joven,

en el patio preñado de macetas

que sirven de testigos sordomudos,

canturrea al canario sujetando su jaula.

Para que no se entere nadie

de su voz melodiosa,

susurra al pajarillo,

su único y fiel cómplice,

cómo se van ajando sus quimeras,

porque los dos están entre barrotes.

101. Paisaje. Emilio González Déniz

CUCAÑAS: EL SUR DE ANTONIO PADRÓN

Emilio González Déniz

Aliados

(Poema precapitular de la novela Tiritaña)

Azufre y sol aliados

con el agua evadida

con el surco que aguanta la caña

ya podrida

de otros años.

Los ojos escondidos

en la pamela sucia

miran de vez en cuando

al niño

en la cucaña.

                                               Tira de platanera,

lazo al tallo que sube,

mano agreste

                                   que corta

el fruto

que enrojece.

            Este poema pertenece a mi libro Mariposas imposibles, inspirado en el cuadro de Antonio Padrón Niña de las mariposas, que fue el motor de mi primera participación en Escritos a Padrón y que luego lo sería también de mi único poemario, por ahora. Es decir, Padrón ha tenido mucho que ver con mi literatura, aunque es verdad que a veces de ida y vuelta, porque el poema con que abro este trabajo es muy anterior a que yo conociera el cuadro Cucañas, que es el que  ahora me ocupa.

            Hace medio siglo, atravesar las llanuras del sur era perderse en un paisaje entre inhóspito y acogedor, porque la desnudez de los pedregales se mezclaba con las cucañas formadas por los manojos de cañas que luego sostendrían a los tomateros, pero que también servían de refugio sobre todo a los niños que jugueteaban bajo el sol sin piedad mientras sus padres clavaban horcones y sus madres ataban los tallos con tiras de platanera a las latadas, auténticas obras de arte que el campesinado improvisaba para separar los tomateros del suelo y hacerlos crecer hacia el aire y la abundancia.

            Padrón es un hombre del Noroeste, tierra de plataneras, frutales y cultivos tradicionales. Los tomateros pertenecen a uno de los tantos monocultivos de explotación que tal vez se ideaba a muchas millas hacia el norte, pero que eran la vida del Sur de la isla de Gran Canaria, cuando la única referencia era la altivez del Faro de Maspalomas.

            Antonio Padrón fue un pintor muy especial. Su apego a la tierra fue elevado a arte sublime, de la sencillez hizo una obra única y poco dada a comparaciones. Fue un hombre de platanares, pero sin duda quedó grabada en su mente la imagen del sur de la isla, cuyo emblema de entonces era la cucaña como anuncio de las plantaciones de tomateros.

            Y ese ambiente sureño quise reflejarlo en mi novela El Baile de San Pascual, cuyo nombre viene de una vieja tradición que también ya se perdió:

            “…Nadie lo hubiera dicho aquel diecisiete de mayo, día de San Pascual Bailón. La costumbre mandaba que se parase el baile para que se invirtieran los papeles. Obligadas por una tradición secular, las mujeres sacarían a bailar a los hombres durante el tiempo que tardara en consumirse una vela desde su comienzo hasta la señal de un lazo azul de raso que Lucrecia Toledo había atado a la blanca esperma…” 

            Ese es el Sur que yo veo en el cuadro Cucañas. Un Antonio Padrón que lleva su arte fuera de las ensoñaciones de su espacio físico habitual.

            No es este uno de los cuadros que se consideran representativos en la obra de Padrón, que se mueve entre el paisaje, los oficios y el interior de sus personajes que se me antojan más profundos que el trazo especial que él quiso darles. Esa geometría característica del pintor endurece los rostros, que dejan de ser meros campesinos o cotidianas mujeres en sus tareas para representar otras vertientes del ser humano y de las preguntas que nunca encuentran respuesta. 

            Para el pintor sí que había una respuesta, siempre la misma: la vida. Me refiero a la vida no en el sentido de impulso hacia adelante, ese vitalismo que no suele tener explicación. En la obra de Padrón, la vida es obligatoria porque es la única certeza de sus personajes. “Esto es la vida y tu deber es vivirla porque no sabes ni cuánto va a durar ni qué habrá después”, parece decir a sus figuras con sus trazos recios innegociables.

            Cucañas, tiene todos esos trazos. No hay figuras humanas, pero se adivinan en su obra, esas cucañas que esperar el sol de mediodía para convertirse en refugios, para guardar el porrón del agua, para dejar que duerma a la sombra el niño del poema del principio. Todo está ahí, incluso ese cordón umbilical con la naturaleza, que parece desaparecida en la aridez del secano. Está esa unión representada por dos cabras que rumian entre el campo de cucañas y los cardones que los turistas llaman cactus. 

            La verdad es que El mundo de Antonio Padrón es inabarcable, distinto, casi diría que único y difícilmente etiquetable, aunque le hayan puesto todas las etiquetas. Se podría decir que cumplía una misión, y por eso le importaba tan poco la difusión de su obra, su cometido era hacerla, ya vendrían después quienes la mostraran. Y vinieron, sobre todo un hombre, César Ubierna, que es tan profundo como Antonio Padrón y sale a la calle embozado en un sentido del humor especial, también distinto y único. Creo que había que destacar su labor, porque gracias a él la Casa-Museo del pintor es un organismo vivo, que nunca deja de hacer brotar ideas y creatividad. Los escritos a Padrón son solo una leve muestra de todo ese ingente trabajo.