4. Tres mujeres con talla. Paco López

MUJERES QUE SON PILARES

Paco López

Tres mujeres de pie, juntas, casi de la mano, de brazos robustos como troncos que salen de un solo árbol o como tres árboles que forman un bosque, están a punto de partir, de regreso a casa, después de estar toda la mañana lavando la ropa. 

Sorprendidas en plena faena las tres mujeres se vuelven hacia el pintor, que busca como siempre detener ese momento de serena relevancia que acaece invariablemente en el transcurso del día a día, en el acontecer rutinario marcado por el duro trabajo cotidiano. 

Atada a la cintura, la tela escurridiza del delantal, empapada por el agua, recupera la original geometría rectangular y se despliega con proporción áurea sobre los cuerpos que se yerguen adoptando, de nuevo, la posición vertical, después de tantas horas encorvadas, restregando la ropa blanca, con azul añil sobre el basalto gris de las lajas de la acequia. 

Tres mujeres descalzas como si echaran raíces en el barro del suelo, que rezuma fresco y húmedo entre los dedos de los pies. 

Tres mujeres ocupadas, sin tiempo casi de estirar la espalda, cargadas a la cabeza con los bernegales que parecen flotar como si apenas el agua pesara nada. 

Tres mujeres escultóricas, como columnas firmes que soportan todo el tiempo, impasibles, la carga de los elementos estructurales sobre los que se asientan los cimientos de la sociedad rural. 

Esa imagen del cuadro se mezcla como una interferencia fluctuante, que ondea en la misma frecuencia que la imaginación y se confunde con la Acrópolis de la Atenas de Pericles, justo en la Tribuna de las Cariátides del templo del Erecteion. 

En mi pensamiento las seis mujeres atenienses esculpidas en impoluto mármol blanco se convierten en tres mujeres galdenses de piel dorada por el sol en el cuadro de Antonio Padrón. Sobre sus cabezas veo canastas con ábacos almohadillados o bernegales y pañuelo a la cabeza conforme pienso en el edificio heleno o en la pintura de Antonio, respectivamente. 

Voy y vengo desde el ondulado drapeado de los peplos de las cariátides a la ropa mojada de las aguadoras. 

Los bloques pétreos del entablamento del templo se convierten en un grupo de humildes casas asentadas en las laderas de las montañas de las medianías isleñas según pienso en Fidias o en Padrón. 

Y así́, quiero imaginar que el cuadro de Antonio Padrón es el pórtico de acceso a un templo expresionista dedicado a las diosas llamadas Aguadoras. 

3. Echadora de cartas. Martín Mederos

LA ECHADORA DE CARTAS

Martín Mederos Ruiz

01 01 20

Era cerca del mediodía y en Gáldar no había nadie en la calle, solo yo vagaba por ahí. Al llegar frente a la casa de Antonio Padrón escuché el ruido de una lata, giré la cabeza y al volver a mirar hacia enfrente, la puerta del Museo estaba abierta y delante había una mujer sentada en el suelo con un manojo de cartas en su mano.

            —¿Quieres conocer tu destino? —me dijo. Yo, lleno de suficiencia le contesté: Mi destino ya está escrito, según el lema de los de mi estirpe: «Hasta el éxito y más allá». Señora, hace cinco años que tengo un plan de pensiones agresivo. Hace dos meses me presenté a unas oposiciones que garantizarán mi vida y hace como cuatro meses conocí a una mujer de apellido ilustre de los de después de la Conquista de la isla que me ha abierto su corazón y su abanico de amistades. El 4 de abril, por su cumpleaños, le regalaré un pasaje a Nueva York, allí le pediré su mano y colorín colorado. ¿Qué desconozco yo de mi destino?

            La señora me miró amenazante y me dijo muy seria: el destino es caprichoso y cuando choca con el azar no sabemos por dónde nos lleva. Atrévase a enfrentarse a él. Yo, que nunca he sido un cobarde, me senté frente a ella y le dije: Eche esas cartas a ver.         
                      —Ummmm! No se ve oro, ni incienso, ni mirra, claro que estos no son los Reyes Magos. Señor, es usted afortunado. La vida en los próximos meses le va dar la más importante lección de su vida, la que no viene en los manuales de éxito en los negocios o la ascensión social.
                     A los dos días ya no recordaba aquel episodio, luego llegó marzo, el estado de alarma y hoy día 23 de junio aquí estoy, son las 23:57 y me encuentro en el jardín del Museo oyendo cómo el agua de esta fuente que dicen Antonio diseño con una geometría basada en sus creencias, me habla y me recuerda esa lección de la vida.

            ¿Las oposiciones? Con suerte saldrán sus resultados provisionales para marzo del 21. El plan de pensiones ya lo rescaté, que no está la vida pa mirar tan lejos, y en cuanto a ella… era mi gran amiga, pero también lo era de un reputado médico casado, y en plena fase 1 se fueron a la zona turística a unos apartamentos teóricamente cerrados (ellos, como yo, creían que el dinero está en la cima de la «cúspide»), y a la vuelta los cazó la Policía Autonómica.

            El azar, siempre el azar, hizo que la esposa engañada me enseñara copia de la denuncia de la policía.           
            En fin, para no cansarlos, fue hace unos meses que descubrí que cuando alguien entra a este museo, traspasa el umbral de lo cotidiano y lo rutinario y en este lugar hay normas no escritas como las que a mí la vida me enseñó después de aquella conversación con ella, LA ECHADORA DE CARTAS.

            El valor de las cosas casi nunca tiene que ver con su precio.

            La vida se construye día a día.

1. La lluvia III. Dunia Sánchez Padrón

LA LLUVIA

Dunia Sánchez Padrón

Y la noche ha pasado. Y las cosechas pierden su belleza. Miramos el crepúsculo como quien observa los pajarillos en la maravilla de su revoloteo y su trinar ante la venida de la lluvia ¡Oh la lluvia! Estamos uno frente al otro, el otro frente al uno. Tu hombre de la tierra. Tu mujer de la tierra. Arrimados a las súplicas de nuestras tierras que se secan, que se agrietan en las desavenencias, en la tiranía, a veces, de la madre tierra. Nuestros ojos oscuros mirando las luces del amanecer, nuestros brazos tendidos a un cielo que no nos escucha.  La sequía responde. Sí, responde rajando gargantas que al filo de la siembra la empobrece, la enferma. Y la noche ha pasado. Y mis manos danzan con las pinceladas geométricas de la desesperación ¡Qué será de nosotros querida! ¡Qué será de nosotros querido!  No hay que apegarse a nada. Sí, la nada… la nada encubriendo nuestras oraciones. El cielo no atiende. El cielo no escucha. Las nubes pesadas de agua se ahuyentan con el maleficio de algún desgraciado ¡Oh, la lluvia! Y voy a la echadora de cartas. Y vamos a la echadora de cartas, ella nos dirá del mañana. Mujer de los rezos oscuros tira las cartas ¿Vendrá la lluvia? Ella con el desgarro de voz paciente enlazada a la calma y una mirada segura, firme. Vendrá la lluvia, vendrá con su corpulenta sencillez y humildad y vuestros campos reverdecerán. El día está soleado, el día sin más comienza con una brisa fresca. El viento del norte. El viento del norte traerá las nubes grises y alimentará vuestras tierras. Cantad, cantad a la lluvia. Cantad, cantad para que huyan los campos yermos. Cantad, cantad… Y la noche ha pasado. Y las cosechas pierden su belleza ¡Lluvia! ¡lluvia! Ven hasta aquí con la suavidad de tu tacto, de tu caricia surcando nuestra hambruna. Tememos nuestros vientres vacíos. Tememos que la enfermedad se apodere de este pueblo, de nuestros hijos. La precariedad, la pena nos invade con sus cuchillos, con los gallos cantando al son de la muerte… de la muerte ¡Ay! Dime echadora de cartas si tendremos un mañana. Sí, un mañana donde nuestras barrigas, nuestras bocas puedan alimentarse ¡Ahuyenta la desgracia! ¡Aleja las penas! Y la noche ha pasado. Y las cosechas pierden su belleza.