136. El pescador. Macamen Alonso

EL PESCADOR 

Macamen Alonso

Cada mañana, al alba, el pescador 

            Deja su cama.

-Sus hijos y su mujer duermen-.

El mar le espera. 

                 Remando se adentra.

El mar no es azul. 

              Es negro. 

El mar sin luz no es amable. 

                Remando se adentra.

Echa y recoge redes.

                       Frío. Soledad. 

Los canastos llenos.

La pesca hoy ha sido buena. 

-Sus hijos y su mujer esperan –

                 Remando regresa. 

135. Figuras y mariposas. Nauzet González

LA DESPEDIDA DE MI ABUELA

Nauzet González

…..Para el resto de mi familia mi abuela Lucía se había ido para siempre hacía unos dos años, pero para mi ella no se había ido porque todas las noches se acercaba muy despacito, como flotando envuelta en una bruma que dejaba entrever su silueta, oliendo a naftalina y a medicina, se sentaba a los pies de mi cama y me rezaba un Padre Nuestro y un Ave María, luego me daba un beso baboso en la mejilla y se marchaba despacito. Abuelita ya se fue me decía mi madre, lo que pasa es que como la querías mucho sueñas con ella todas las noches, y yo me enfadaba y le decía que no eran sueños, que yo la escuchaba y con su beso me dormía. Aquella noche mi madre decidió dormir a mi lado para demostrarme que las visitas de mi abuela solo eran sueños, y apareció, rezó, y dijo que era el momento de irse de verdad, mi madre estaba muy asustada, pensé que le había dado algo, luego nos quedamos dormidos, pero ella siguió diciéndome que solo fue un sueño, y que casualmente esa noche habíamos tenido el mismo sueño,-¡ay mi niño!, tan pequeño y ya se te está yendo el baifo, me solía decir. Años más tarde le tocó despedirse a mi madre, pero mi madre no era muy creyente así que simplemente me dio un beso y se marchó.

134. Alfarera. Javier Jiménez

LOCERAS

El viaje iniciático

Javier Jiménez

El niño acunó con sus breves manos al delicado pajarillo y acercando tímidamente sus labios lo hizo sonar, emitiendo un trino similar al del canario que tenían a la entrada del zaguán. Un éxtasis extraño que solo una inocencia así puede alcanzar, invadió aquel pequeño y grácil cuerpo. 

La minúscula ave siempre tan  hierática, súbitamente desplegó sus alas y tras un breve titubeo alzó el vuelo ante la mirada atónita y cándida del infante, que se debatía entre sus ansias de atraparle y el deseo de admirar la belleza de su vuelo perfecto. Sin embargo, algo le susurró que la dejase, que  simplemente la siguiera.

Revoloteando en un ascenso que describía lentas espirales sobre la arboleda del patio, cruzaron la villa señorial, reparando en la visión de cada una de las azoteas que, desde lo alto y a modo de policromado tapiz, constituían el mosaico de aquella vida pobre y sencilla, cuya única divisa era espiritual.

Cruzaron la fértil Vega deleitándose en la belleza de los campos de cultivo. Era notable el ahínco de aquella gente trabajadora, que desde tiempos inmemoriales regaban la tierra con su sudor para ganar el preciado fruto de la generosa madre nutricia. Sus rostros morenos, con la piel llena de surcos, reflejaban los siglos de penurias y sometimiento que llevaban sufriendo los de su clase. No obstante, la armonía y sincronicidad del humano y su entorno, en una adecuada proporción fondo/figura, se apreciaban desde las alturas con inusitada nitidez y de un plumazo se esfumaban todos los afanes y aflicciones. Era el milagro que operaba el cambio de perspectiva y el motivo de que los seres alados disfruten de una visión de conjunto que nos está vetada a los que vivimos a ras del suelo.

Sin avisar, con un vertiginoso giro y aprovechando el empuje de los alisios, el ave enfiló barranco arriba en la abrupta geografía insular, hasta la cordillera que marcaba la divisoria entre las tierras bajas y altas del municipio. La lluvia pertinaz de incontables siglos había tallado en la redonda isla innumerables barrancos que, desde la cumbre hasta el mar, dibujaban una simetría radial de abismos y montañas, de hondonadas y promontorios que brindaban diferente estampa según la posición del astro rey. Todo el espectro cromático que haría las delicias de un pintor, se hallaba allí.

En menos que canta un gallo y cuando más disfrutaba de la cenital contemplación, fue a aterrizar con el ave sobre el roso de una cueva, encaramada en lo alto de la montaña, que le proporcionaba una vista panorámica de todo el poblado. 

El pequeño Antonio no daba crédito a lo que veían sus voraces ojos, en un desconocido y prodigioso efecto de zoom que jamás hubiera podido concebir.  “Qué clase de mundo era aquel, tan en las antípodas de la pequeña, ordenada y rectilínea vida abajo en el pueblo”, debió preguntarse.

Su retina no tardó en acomodarse a aquella exaltadora visión de líneas sinuosas, de pétreo estallido de formas, que los lugareños habían conseguido mínimamente domesticar  abriendo pequeños agujeros aquí y allá, arrebatando a golpe de picounos escasos metros a la escarpada montaña. Exangües cadenas de tierra donde arrancar un pedazo de pan al risco. 

Se quedó perplejo meditando sobre aquella suerte de milagro, o tal vez, de imperiosa necesidad, que llevó a estas personas a vivir donde únicamente podrían habitar guirres, cuervos y aguilillas. 

Y pensar que unos kilómetros más abajo; para un puñado de privilegiados entre los que se contaba, la vida discurría plácida y confortable por anchas calles adoquinadas, mientras aquí arriba se aferraban a una existencia funambulista al borde del precipicio.

El olor a humo de los alfares  cautivó de inmediato su atención, saturando su cavidad nasal con evocadores recuerdos de algún remoto pasado, de origen desconocido.  Hombres, mujeres y niños subían y bajaban como hormigas aquella montaña con cabeza de Titán, conocida por los lugareños como el Cabezo. Era este sin duda un mundo antediluviano, más propio de la Gigantomaquia que alguna vez  devoró con fruición en sus vespertinas lecturas de verano, tumbado en la arena de la playa.Pequeños hilillos de humo se divisaban por doquier, exhalados al cielo azul desde las oquedades, cual fumarolas de un volcán apenas dormido.

“Pero, qué querrá mostrarme este pájaro”, pensaba, pues tenía la intuición de una motivación más profunda que justificara tan insólito viaje. La finalidad de aquella odisea permanecía aún oculta a su entendimiento.

Le pareció cosa singular que el ocio y el trabajo  fueran uno y lo mismo, sorprendido de ver aquellos seres agradecidos con sus pesadas cargas, recitando décimas y repitiendo ancestrales tonadillas, cuyo origen se perdía en la noche de los tiempos. Un grupo de mujeres, de diferentes edades, cargaban grandes haces de leña, mientras otras amasaban con garbo insistente y parsimonioso el adánico elemento que anchas espaldas transportaban desde la cumbre.  El barro era extraído una y otra vez de la materia gris de la cabeza del gigante, y era creencia común entre el paisanaje que entre más sacaban más había. Tal era la naturaleza dadivosa de la montaña.

Por su parte los niños se apresuraban a acarrear el agua desde la fuente con una alegría esencial, propia de esa edad que no ha enajenado el juego del trabajo.

Sin sombra de duda, y como si de una repentina revelación se tratase, entendió que estaba ante un pueblo de demiurgos. Demiurgos que por supuesto no sabían que lo eran y nunca lo sospecharon, pues es cosa habitual entre los creadores esa cierta distancia, ese inocente desapego respecto a su creación. 

De cueva en cueva y con atávico gesto, sabias manos modelaban la sustancia informe, que se transformaba en preciosos objetos, destinados a servir a las múltiples necesidades humanas de la isla toda. Llegado el momento crucial de la guisá, todos se arremolinaban en torno al horno comunal, mientras el guisandero introducía las piezas, con exquisita delicadeza en el interior de la caverna crepitante.  Aquel acto sencillo y puro, se le antojaba una especie de epifanía, revelándole el mismísimo principio alquímico de la Creación. En aquella suerte de clarividencia que le ofrendaba su mirada de pájaro, el universo entero se le mostró como un inconmensurable horno, donde el noble acto primigenio se había estado repitiendo por toda la eternidad, dando lugar a las infinitas creaciones. 

En un instante sospechó que aquella mujer con aire de esfinge, aquella maga que daba forma a la masa para luego someterla al poder calorífico del útero ígneo, también había engendrado al pájaro que sus padres le habían regalado años atrás, y que ahora le guiaba en el fabuloso viaje iniciático hacia parajes ignotos. Y así lo corroboró cuando, entre el montón de loza y de brasas incandescentes, pudo entrever otros pájaros, que serían a su vez el juguete de otros niños. Una imagen inquietante acudió como un resplandor a su mente: él mismo, aquel chiquillo curioso que aún no vestía de largo, no era sino otra figura más en el laberinto intemporal de metáforas diez mil veces repetidas. 

De repente todo cobró sentido, un velo se rasgó y quedó estupefacto, pues desfilaban ante su vista la miríada de seres que durante años había imaginado. Era su imago mundi particular, con la que siempre se representó en su cabecita aquella sociedad isleña. Y comprendió que todas esas personas ajetreadas y hacendosas, que tan familiares le resultaban, eran a la postre los personajes de sus cuadros. 

Pero entre todas las visiones que agitadamente se proyectaban, había una que persistía más vívida, imponiéndose en el torrente de instantáneas que de forma febril se sucedían en su “pantalla” interior. Ese recuerdo de la mujer silenciosa sentada en la cueva, absorta en su trabajo, no podía quitárselo de encima. Estaba como embelesado con su dulce gesto maternal, dando vida a la criatura con el intenso rojo de un almagre casi bermellón. No había rastro de artificio, ninguna actitud impostada en ella. Solo absoluta entrega y devoción hacia su trabajo. Ese jeito con que habilitaba cuidadosamente la obra se le quedó grabado a fuego. 

Antonio cerró fuertemente los ojos para que no se esfumara la profética quimera y sin más demora, despidiéndose  de su alado amigo, dirigió lentamente sus pasos hacia el taller. 

133. La máscara. Maisona Massieu

LA PALOMA Y LA MÁSCARA II

María luisa Massieu Cambreleng

¿Dónde estás paloma que no te encuentro? 

¿Esa paloma que siempre trae buenas nuevas,

lindos presagios, habla de paz y vuela alto? 

¿Dónde estás arrullo que no te veo en los lienzos

ni en el blanco, ni el gris, ni el negro de tus ojos?

¿Dónde estás amor que hace caer toda máscara,

que deshace soledades,

que quita amarguras y anula la tristeza?

 ¿Dónde estás  espíritu que todo lo reaviva,

 y reconstruye toda realidad por más muerta que aparezca?

 Limpiaste los pinceles, miraste tu obra….

 y la firmaste con un sueño ¡solo uno!  devolverle la vida. 

132. Alfarera. Manena Juan

AZULES, OCRES, ROJOS/AGUA, TIERRA, FUEGO

Manena Juan

En la cueva, como dentro de una vasija, la artesana rememora el ciclo metamórfico. 

Sus manos recias amasan dando forma intencionada al uso requerido.

Manos amorosas cuidadoras de su prole, de enérgico agarre y seguridad,  preparan la arcilla para la fase del fuego, proceso ardiente de llegar a ser el objeto duradero que sostiene el alimento físico y sutil de su cuerpo y espíritu.

131. Paisaje urbano. Mª Alejandra Domínguez

TURRONERA LAURITA MEDEROS

María Alejandra Domínguez

            Era una ciudad de por sí piadosa, que se moría a las tres de la tarde con la siesta. Ya nadie se atrevía a salir y menos cuando el padre Pascual había sugerido en la misa que la población debía permanecer en sus casas. “El horno no estaba para bollos”, así que en Gáldar todos los buenos cristianos debían tomar en cuenta lo que las autoridades habían dispuesto: tapiar ventanas, echar cerrojos, y vivir puertas adentro lo más posible. Todo hasta que pasara la llamada gripe, influenza o trancazo de 1919 que había llegado a las islas por la culpa de algunos marineros provenientes de Cádiz. 

            Esto era una verdadera desgracia, pensó Laurita Mederos, la turronera. ¿Qué había hecho ella para merecer tanto encierro? ¿El castigo divino no le vendría a la ciudad por haber importado a aquella cubana que se había presentado en el Teatro Municipal con su baile profano? No le parecía justo. Además, ella no tenía otro sustento para su madre enferma que vender sus turrones de almendra. ¿Ahora quién le compraría sus dulces si la gente tenía miedo de salir a la calle? El único movimiento constante era el de la ambulancia negra, ese carro que era como un zopilote con ruedas, recogiendo restos humanos.

Al principio, para los ricos había sido tentador abandonar la ciudad y migrar hacia la península, pero las noticias del periódico local les advirtieron: se decía que había tantos infectados en Madrid que el gobernador tuvo que poner pabellones Docker en los hospitales para recibir a los enfermos. 

Laurita se identificaba con los pobres que lo habían perdido todo; Doña Carmen, su madre, de 60 años, ya parecía aulaga: en los huesos y con las margaritas del patio que ella se encargaba todos los días de colocar en su plateada corona. Su situación era crítica: se había casi agotado el maíz y los tomates del huerto estaban secos. 

Entró a la habitación soleada: de la ventana caía un rayo brillantísimo que iluminaba la pañoleta blanca que cubría las canas. A su madre, como a ella, les gustaba acomodarse esa prenda de manera triangular, así eran distinguidas por su oficio. Se ubicaban en la Plaza de Santiago con sus cajones de madera para vender sus productos, con su impecable delantal de algodón fino.  Presintió que su madre se consumía en un misterio de melancolía. Le pidió un favor: —Hijita, ve donde los Padrón; dile a Doña Josefa que te acepte una de las dos gallinas por dos racimos de plátanos. A ellos les sobran y yo estoy de un hambre que no me cabe en el cuerpo. —Pero madre —brincó Laurita— dos racimos no equivalen a la gallina. Además, la mujer de Padrón es muy elegante. No aceptará ese animal flaco. —Puede ser mi último antojo, Laura. A estas alturas ya no aguanto las piernas, los calambres me matan. Hazlo por tu madre. Quizá no alcance el invierno. Laurita se quedó muy pensativa: definitivamente, el trueque que le proponía su madre no era conveniente. 

Se metió a la cocina y bajó las ollas de barro que habían permanecido limpias durante meses. Puso los escasos ingredientes que le sobraban sobre la mesa larga. Pasó toda la mañana conjurando la alquimia de sus antepasados; preparó agua rezada, puso en el caldero el azúcar con el cremor tártaro, añadió las claras y posteriormente las almendras y matalahúvas, así como la ralladura de limón y la canela. Finalmente, el pan bizcochado para darles forma. Como último paso, los envolvió en celofán amarillo. Los puso en la canasta y salió para la casa de Doña Josefa de Padrón. 

Al llegar al domicilio, tocó la campana. No acudió a la puerta alguna moza como era la costumbre de las familias acomodadas, sino que fue la propia Josefa quien la hizo pasar y sentarse en la salita del recibidor. Le sorprendió verla en estado de gravidez, pues hacía tiempo que no sabía de su vida. Se veía divina, con el cabello más brillante y los ojos iluminados. Le explicó el motivo de su visita. Doña Josefa la veía con gesto bondadoso mientras se sobaba el vientre abultado de cuatro meses. —¿Sabes, Laurita? Este niño es un primor. No me ha dado ningún problema. Adivino su rostro, va a ser un hermoso varón como su papá; auguro para él un futuro maravilloso. No sabes cuánto antojo tenía desde hacía meses de tus deliciosos turrones, pero me parecía una imprudencia ir a buscarte. Si no vendes, ¿de qué has vivido todo este tiempo, mujer? Laurita se quedó callada; le daba mucha vergüenza explicarle a Josefa las estrecheces de su vida. —Nos ajustamos mi madre y yo, señora. —Nada de eso, dijo Josefa. Aquí lo que sobra es comida. Afortunadamente, tenemos pan en la mesa todos los días. Hagamos trato: yo te doy las almendras y los ingredientes y tú me preparas los turrones. Pasa a la bodega por los plátanos, no faltaba más y lleva también jareas, pan y millo para tu madre. 

Laurita salió de aquella casa de grandes balcones donde abundaba la comida y el amor. En su canasta llevaba los dones que le había dado Doña Josefa. Atravesó el pueblo hasta alcanzar su casa. Entró y en la penumbra de la tarde descubrió a su madre yacente en la cama. Trató de despertarla para compartir su felicidad, pero ya no la escuchaba. En esos momentos, Carmen soñaba con el platanar: era una niña de nuevo corriendo en medio de ese campo dorado, aspirando el olor delicioso de la tierra nueva. 

130. Paisaje con aulaga. Marina Casado

PAISAJE CON AULAGA

(Ante la obra de Antonio Padrón)

Marina Casado

Me desangro agitando el pañuelo

igual que si te fueras,

igual que si ese barco que habita solo en tu conciencia

levara anclas hacia la eternidad.

Las gaviotas agitan nuestra historia

Sobre la cresta temblorosa de las nubes.

Una luz verde carboniza

finales en mis ojos.

Quiero aferrarme a esta inocencia indómita

y a tu adiós invisible.

Que cuando vuelvas a mirarme

te hayas alejado para siempre.

129. La máscara. Rubén Mettini

EMIGRAR

Rubén Mettini Vilas

La ciudad quedó devastada, pocos edificios se mantienen en pie. El plan para arrasar la humanidad que diseñaron los antagonistas se consumó con precisión y, ahora, el silencio impregna el aire de un horror callado. En la contienda, todos hemos perdido.

Se acumulan los desechos en los andurriales. El basural alberga alimentos fermentados, estiércol, despojos. Tal vez hallemos algo para comer. La paloma abatida por un disparo y sus plumas blancas manchadas de sangre constatan que la paz fue una utopía ilusoria. Entre los escombros se amontonan columnas de mármol partidas, fragmentos de estatuas, rostros inertes de yeso. Los duraderos combates lograron aniquilar las huellas de nuestra cultura.  

La máscara oscura, resquebrajada, con los ojos vacíos, prefiere la ceguera para no presenciar tanta destrucción. Nosotros, los pocos supervivientes, también deseamos ser ciegos.

En medio de la cochambre de la existencia humana, crecen doradas espigas de trigo y pequeñas flores. La vida se empecina, nace, brota, germina y seguirá haciéndolo, aunque ya no haya nadie para contemplarla. Nosotros, los pocos supervivientes, debemos emigrar.

128. Las Molineras. Tere Perera

LAS MOLINERAS

Tere Perera

¡Qué suerte poder acercarnos al esplendor de la obra de Antonio Padrón! Sus prodigiosas pinturas están bañadas por imágenes sugerentes y profundas que, en su cotidianidad, ponen en valor el papel desempeñado por el icono de lo femenino en la sociedad canaria. Pinturas que nos susurran al oído historias sobre mujeres de carne y hueso, de cuerpo endurecido, de ocupación constante, tan humanas en su feminidad que solo pueden ser reales. Pinturas que forman parte de nuestro bagaje histórico y de nuestra identidad, que son el testimonio que visibiliza la voz de esas mujeres  inmortales.

Como muestra, observemos simplemente una de ellas: Las Molineras. Una arrebatadora creación que enternece y enamora sorbiendo la piel desde la primera  mirada. Cuando me abandono entre sus formas, mis ojos se convierten en arena que se pierde en el recuerdo y mi corazón cabalgando con fuerza entre los muros de otros tiempos. Me quedo mirándola y descubro en estas dos figuras femeninas  a nuestras madres, abuelas, tías… ¡Nuestras heroínas! Mujeres que emergen llenas de amor, fuertes, elegantes y repletas de tradición. 

Las Molineras muestran el murmullo del pasado de nuestras mujeres en esta hermosa tierra. Una vida sacrificada —prácticamente en la sombra—  empeñadas en sacar a la familia adelante labrando la vida a diario. Mujeres que, aunque muchas veces no tenían  nada  que llevarse a la boca, no permitían que los suyos pasaran hambre. 

Esta pintura nos hace sentir a esas mujeres silenciosas que, antes del amanecer —sin siquiera esperar a que se fuese la luna— ponían sus pies en el camino, como si un resorte invisible las empujara a ello. Mujeres de piel tostada por el sol y por el fuego, cuyos  ojos son cielo, volcán y mar.

Descalzas en su natural sencillez, cubren su cuerpo de lienzo con la vestimenta típica de faldas hasta el tobillo, confeccionadas con telas de colores profundos: marrones, violetas y terrosos oscuros. Igual que sus blusas. Ambas adornan su orgullo con un delantal, blanco de nieve para una, negro volcánico para la otra.

Ellas salen cada día, como el sol, preparadas para el trabajo, dispuestas a todo. Sus pasos han marchado por caminos polvorientos y senderos de lava. Mujeres que han pasado su vida sumidas en la vendimia de estrecheces y carencias, y que llevan tantos empeños sobre su  mente. Toda una vida marcada por el esfuerzo y la entrega.

Las molineras extienden y levantan los brazos como largas ramas, portando sobre sus cabezas robustas piedras de molino que sujetan con ambas manos y que, aunque son pesadas,  no están dispuestas a soltarlas.  Las dos mujeres, juntas, resisten el embate de  esas piedras de molino, mientras saborean el silencio, formando una única pieza plástica de una fuerza candente que se intuye en la dureza del basalto. Son mujeres que han parido y han amamantando a sus hijos con sus pechos de sal. Esas manos elevadas al cielo han acariciado, secado lágrimas, lavado las ropas en los lavaderos, han alimentado a los animales, han zurcido y puesto remiendos a los ropajes de toda la familia, han tostado los granos de irichen,  ahoren y millo, han utilizado esas piedras para moler los granos ya tostados y han ofrecido el gofio —uno de los alimentos básicos de nuestras islas— a los suyos; ese alimento que ya usaban los aborígenes, moliendo los granos de cebada tostados con molinos de basalto: un trabajo anónimo pero imprescindible para la supervivencia de todos. Eso, sin olvidar que el gofio sigue estando presente en nuestra mesa canaria.

Lo cierto es que lo que más me maravilla de esas molineras es que, cuando cierro los ojos después de contemplarlas, descubro en mi retina fragmentos de mi madre. Y, desde muy lejos, me llega todavía su voz, cantando mientras molía aquellas coplas que yo escuchaba embelesada. 

MUJERES MOLINERAS

Mujeres de piel tostada

al calor del fuego y el sol

bordando sueños al viento:

mujeres molineras.

Delantal negro

delantal blanco.

Mujeres de saliva callada

y pañuelo en la cabeza,

de cara volcánica

y esperanza taladrada. 

Delantal blanco

delantal negro.

Mujeres serenas

de piedra basáltica

y alma desbordada.

Delantal oscuro

de un negro mar profundo.

Mujeres basalto

zurciendo escaseces,

cargando el pan y la sal

al palpitar

de la madrugada.

Delantal níveo

de un blanco perpetuo.

Mujeres valerosas

en la falda del silencio

dejando huellas

por caminos polvorientos

donde el gofio y el aire

sirven de alimento. 

Delantal negro…

delantal blanco.

                                                                                     18/08/2020

 

127. Quesera. Eusebio Marrero

QUESERA

Eusebio Marrero

Juana se levantó a las cinco, al primer toque del despertador y empezó a preparar el almuerzo de Manolo, su marido. Para ello, puso en una fiambrera los trozos de costilla que habían quedado de la cena. Las acompaño con dos papas guisadas y un trozo de piña, lo rego con un poco de mojo de cilantro y la cerró bien, no se fuese a derramar. Partió un trozo de queso que envolvió  con un paño y un pan que había quedado del día anterior. Con todo esto, cerró el bolso en el instante en el que Manolo terminaba de desayunar su taza de leche con gofio, con el tiempo justo de darle un beso, coger el bolso y salir al punto en el que lo recogía el camión para llevarlo a la obra a trabajar.

Una vez que Juana se quedó sola, desayunó su taza de leche con café y se puso su ropa de trabajo. Lo primero fue poner un poco de millo a las gallinas, luego fue al corral de las cabras, sus niñas como ella las llama. Les abrió la puerta y las guío a la huerta de abajo, la hierba estaba más frondosa y “las niñas” se encargarían de limpiarla. Regresó a la casa, hoy tenía que ir a lavar la ropa de cama, iría a los lavaderos en la finca de al lado. Esto le llevó casi toda la mañana, por lo que regresó con el tiempo justo de poner al fuego un caldero con unas verduras; dos bubangos, cuatro papas, unos dientes de ajo, un trozo de calabaza que le quedaba y se iba a estropear, dos zanahorias y las dos hojas de col que había cogido en la mañana cuando sacó las cabras del corral.

Salió y fue a recoger las cabras, las entró al corral y les dio un puñadito de millo. Se fue a almorzar, se le había pasado la hora y se había olvidado. Tomó un trozo de queso con pan y luego se preparó un café, colado que es el mejor. Ya era casi a media tarde, cogió la garrafa y el caldero de ordeñar y fue a los corrales. Empezó a ordeñar la cabra gris, es la más arisca y cuando la ordeñan levanta la pata y hay que estar atentos porque vuelca el caldero y derrama la leche. Con sumo cuidado Juana les fue acariciando las tetas a las cabras quienes le dieron su leche. 

Ya en casa preparó lo necesario para hacer el queso; puso un paño dentro del caldero sobresaliendo por los bordes con el propósito de colar la leche, le añadió una uñita de cuajo y la dejó reposar. Mientras, se calentó una taza de café del que le había sobrado antes y se sentó un ratito a descansar en el patio.

Cuando la leche empezó a cuajar, Juana preparó la quesera y ajustó el aro. Puso un trozo de leche dentro y lo empezó a apretar como con todo el cariño del mundo. Por las ranuras de la quesera empezó a salir el suero líquido y, poco a poco, el queso fue tomando forma dentro del aro, parecía ir saliendo del cariño con que Juana presionaba la leche. Al mismo tiempo, su mente volvió a los quince años cuando su Manolo le dio el primer beso detrás de la valla del cercado y, no pudo evitar sonreír.

Una vez terminado, le puso un poco de sal gorda, lo tapó con un paño y lo dejó en reposo. En ese instante Manolo entraba por la puerta, regresaba de su trabajo, muy cansado pero contento, Le dio un beso a Juana y se fue a la ducha. Ella aprovechó y empezó a pelar las papas  para la tortilla de la cena.