Diario de un guía de museo que quiere ser visitante.

Día 11.

«Pisaba más hondo, pesaba más gravemente en esta tierra que los demás». Así explicó el poeta Pedro Lezcano la dimensión que tuvo para él la muerte de Antonio Padrón. Como la muerte de alguien que había puesto en la vida todo el dolor del corazón auténtico, esto es todo su empeño por trascender el dolor y hacerlo arte, cruzar el umbral del infierno del yo y plasmar esta sanación en personas, en ritos, en animales y paisajes que están llenos de soledad, de misterio y esperanza. Cuando se trasciende el dolor parecen insignificantes por vacías algunas cuestiones que protagonizan a veces el panorama artístico: exponer, ganar premios, dinero o fama se vuelve para Antonio Padrón un desengaño superado, una mentira aprendida. Inconsolable por consciente, nada puede hacer nadie para salvar el peso grande de un corazón sobre la tierra como el de Padrón. Un corazón que presiente el retorno a la azul infancia en un sueño de pelar tuneras y en la fe de una madre cuyo niño está enfermo. Precisamente él, enfermo para siempre por la vacuidad del panorama artístico (que no comprende) hace su redención personal y nos pide a todos Piedad.

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