Diario de un guía de museo que quiere ser visitante.

DÍA 12

Meditábamos esta mañana mi compañera Lali y yo sobre el paso del tiempo y cómo uno lo percibe. El tiempo, y esto es ley probada, se desdobla y nos permite establecer una relación entre lo que vivimos y los recuerdos que tenemos de nuestras memorias. Cosa extraña, el tiempo. Lali me contaba con palabras aproximadas a estas:-Yo vivo las cosas y las cuento como si tuviera quince años más.Ahora mismo y para probar mi propio relato, no recuerdo con exactitud las palabras que usó Lali para expresarme lo que me expresó. Y de eso no tengo dudas: me quiso decir que la distancia física o la distancia en el tiempo amplía y cambia nuestra forma de contar las cosas que hemos vivido. Aquí lo importante no es que sea verdad o mentira lo que se diga, sino la credibilidad con que lo dice. Con un virtuosismo narrativo del que ella probablemente no sea consciente, yo veía pasar como fotos antiguas sus palabras: una plancha de acero calentándose, una casa apenas iluminada en el Risco o un viaje de tortura en el coche de hora. El hábito de la narración nos precede a todo. La buena costumbre de conversar, de platicar (hermosa palabra que suena a hacer plata con el paladar o algo así) es algo que las mascarillas no pueden impedir que suceda. Como el hábito de escribir mucho o no escribir nada no impide que se pueda ser un narrador excelente… Retumban las palabras que repitió Lali una y otra vez: «La realidad supera a la ficción».Sin pretender corregirte, Lali, yo diría que la realidad es tan difícil de abarcar que tenemos que volverla ficción.

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